Las elecciones internas del domingo pasado ratificaron la intención de una importante porción de la sociedad de participar en la selección de los candidatos a ocupar cargos provinciales y locales: de ahí que nuevamente la concurrencia de ciudadanos independientes haya superado incluso a la de los afiliados al partido del gobierno.
El peronismo pampeano se demostró a sí mismo una vez más -y de paso advirtió al resto- su impresionante capacidad de movilización: los independientes que se volcaron a votar en su interna tienen la noción de que el domingo se eligió mucho más que el candidato por un sello partidario, convencidos de que el ganador de esa pulseada tiene reales chances de ser el próximo gobernador pampeano.
Tanto esos independientes como los afiliados también dieron un mensaje en las urnas: obviamente, ninguna elección puede ser leída de manera automática y deja lugar para interpretaciones múltiples, pero a grandes rasgos -y a partir de los planteos de los propios protagonistas de la campaña- pueden establecerse algunas líneas esenciales.
Pegó más fuerte entre los votantes el discurso que se presentó como la defensa de una suerte de “federalismo”, el planteo de que había que evitar la “intromisión” de los dirigentes nacionales en la elección vernácula: así como el candidato oficialista sin dudas repuntó tras la visita presidencial, está claro que ese respaldo no fue suficiente para convencer a una porción de la sociedad pampeana que cree defender intereses provinciales cuando impide que “se metan los de afuera”, aun cuando esa postura encierre cierto chauvinismo.
El caudal de votos y el capital político con el que el vernismo parte como base, y el hecho de que su postulante a la gobernación sea un líder caudillesco conocido y reconocido, lo presentan como claro favorito en las elecciones de octubre.
Pero en política nunca dos más dos es cuatro ni nadie tiene la vaca atada: lo puede contar mejor que nadie, en estas horas, Francisco Torroba, quien se quedó sin su candidato a intendente en la propia Santa Rosa, que es la ciudad donde ha demostrado que tiene mayores adhesiones populares.
Y sin embargo, por aquello de que los votos no son transferibles, su apadrinado Pedro Salas perdió contra Leandro Altolaguirre, en un batacazo que les puso un poco más de realismo a las bonitas palabras proselitistas sobre el “trasvasamiento generacional”.
En el PJ, el oficialismo repasa ahora con cierta desazón determinados errores estratégicos que lo llevaron a la derrota: la designación de un candidato que estaba poco instalado en un tiempo demasiado cercano a la elección que evitó que Fabián Bruna creciera un poco más; la trayectoria y los antecedentes de algunos de sus referentes principales que les impedían mostrarse como genuinas caras del “proyecto nacional y popular”; la decisión de dar pelea contra todo el viejo PJ, desde Verna y hasta Tierno, pasando por Marín y Robledo, como si fuera jugar un partido contra carmelitas descalzas y evitando la búsqueda de acuerdo con algunos de esos sectores para tratar de emparejar la partida.
Otro mensaje de los votantes es que prefieren a los políticos que han sido condenados por el Poder Judicial lejos del manejo de los asuntos del Estado, incluyendo los presupuestos: los tres postulantes a distintas intendencias que fueron sentenciados por distintos delitos mordieron el polvo de la derrota, ya que Juan Carlos Tierno en Santa Rosa, David Bravo en 25 de Mayo y Omar Ávila en General Acha, estuvieron entre los fracasados en su intento de postularse por el PJ.
La elección se enmarca en y ratifica una tendencia: el mapa político, en la provincia como en el país, está derechizado, a consecuencia de un proceso que ya podía advertirse hace un par de años, cuando en las elecciones legislativas el voto popular diseñó un escenario en el que dejó las mejores posibilidades divididas entre liberales y conservadores.
En el caso de La Pampa, esa derechización consiste en una suerte de restauración del viejo PJ y sus caudillos, los que comandan la provincia desde hace tres décadas y que aunque en los últimos años perdieron parte del manejo del presupuesto y de los aparatos, permanecieron agazapados, ocupando espacios neurálgicos de poder, y a esperas de lo que ellos mismos definen como “el regreso”.
La “vuelta” supone poner en primeros planos a dirigentes y personajes que resultaron íconos de los ‘90: no es una casualidad que la boleta que el PJ presentará en octubre tendrá los mismos apellidos de la época menemista, desde Verna y Marín, hasta Jorge, pasando por Durango si es que los resultados del domingo facilitan un arreglo con las cúpulas nacionales, que además se ramifique en el Poder Judicial.
El vernismo además está aprovechando ese contexto para reinstalar la figura de Juan Carlos Tierno, bajo la pretensión de que hizo una buena elección: un análisis sin pánico ni paranoia permite detectar que la figura de Tierno está presente en la capital provincial, pero con un limitado caudal de votos.
Los menos de 7.000 sufragios que cosechó el condenado le ponen un techo a su real volumen político y hablan a las claras de su verdadera representatividad: la misma que tiene, por ejemplo, Luis Larrañaga.
Es decir que si en el nuevo contexto político se le otorga a Tierno algún sitio de preponderancia en la toma de decisiones, no será la consecuencia del voto popular, sino de la estrategia de los dirigentes que prefieran asumir el riesgo de tenerlo al lado con tal de tener a mano un chivo expiatorio que pueden usar y tirar en el momento en que crean oportuno.
Los resultados reafirmaron el poder de los que mandan y gobiernan en los territorios lugareños: salvo excepciones, algunas de ellas de peso pero excepciones al fin, en cada población de la provincia ganaron los referentes de los sectores que ejercen la gestión local, una lógica que se dio tanto entre los postulantes mayoritarios de Compromiso Peronista como entre los de Peronismo Pampeano.
En ese sentido, el vernismo vio las cosas bastante temprano: ya desde que Verna era gobernador el espacio promovió la llamada “descentralización”, que consistió en contar con los favores de los jefes comunales como consecuencia de leyes y decisiones que extendieron su área de influencia y les otorgaron más poder político y económico.
De ese modo, y repasando la historia del peronismo, es como se entiende la rápida voltereta que algunos intendentes dieron con premura y sobreactuación.
El alineamiento con el ganador es lógico y comprensible, pero eso no disimula las incoherencias ni el oportunismo: el intendente Facundo Sola ahora hasta renegó públicamente del Frente Para la Victoria y lo considera una coalición de partidos ajenos, cuando hasta hace unos días nomás proponía públicamente a Juan Grotto como candidato en ese mismo espacio.
La fantasía publicada a modo de “análisis político” en algún medio, según la cual hay plafón para una especie de “venganza” jorgista en la Legislatura, bordea el ridículo pero sobre todo ignora la real correlación de fuerzas que surge de lo ocurrido el domingo 5 de julio, aunque eso no cierra las puertas a que se reformule el escenario como consecuencia de la dinámica de lo impensado, y de lo pensado también.




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