Fernando GonzalezQuizás sea el poder el que vuelve a las personas más desconfiadas. Esta vez es el caso de Mercedes Marcó del Pont, una de las economistas más respetadas del país y presidenta desde hace casi dos años del Banco Central, quien se dejó atrapar por la debilidad más común de muchos dirigentes argentinos: la visión conspirativa. El tema de la inflación también se usa con fines de desestabilización, le dijo ayer a la mañana a la agencia oficial Telam como si estuviera hablando de algún movimiento político insurreccional y no de la variable económica más descontrolada de toda la gestión kirchnerista.
La solvencia y la experiencia de Marcó del Pont no permiten otorgarle el beneficio de que pueda haberse dejado llevar por el contexto de un encuentro de comunicadores del kirchnerismo, movimiento político en el que las conspiraciones son un alimento filosófico diario. La titular del BCRA avanzó sobre su argumento en torno a la inflación y explicó que también los movimientos alrededor del dólar en los últimos tiempos están relacionadas con supuestas presiones desestabilizadoras impulsadas por sectores a los que nunca identificó.
Es interesante recordar que fue la Presidenta la que hace dos semanas reconoció a la inflación como uno de los temas importantes a discutir en el mandato que comienza mañana. Esa mención fue uno de los indicios de la preocupación oficial por algunos aspectos de la economía argentina, que arrancará el 2012 a la sombra de la crisis internacional que sigue preocupando a Estados Unidos y aterroriza a Europa. La eliminación sin anestesia de los subsidios a las tarifas y el anuncio de un recorte presupuestario para achicar el déficit de Aerolíneas Argentinas son las otras señales de una nueva etapa bien diferente del boom de consumo que eyectó a Cristina hacia esa victoria tan impactante del 23 de octubre.
La inflación es el único efecto económico inmune a las batallas mediáticas y al barniz del relato que el Gobierno ha logrado imponer en otras discusiones. Ni la manipulación de las estadísticas del Indec; ni las acusaciones (a veces válidas) a los formadores de precios; ni las canastas navideñas armadas de apuro en cada final de año logran convencer a la población de que la inflación es apenas un mal menor que viene a matizar las bondades del crecimiento. El Gobierno ganó las elecciones a pesar de las subas de precios pero haría mal en creer que a la sociedad, y sobre todo a los sectores más pobres, no les preocupa la reducción paulatina de su poder de compra.
Marcó del Pont dijo ayer que serán los empresarios y los trabajadores los encargados de ponerle límites a a la inflación. Es lo que a veces en publico, pero mucho más en privado, viene anunciando la Presidenta cuando planta la bandera de un 18% como cifra ideal para las paritarias del año próximo.
Sería muy atinado que la negociación salarial se pudiera resolver en esos términos pero, para poder hacerlo, Cristina sabe que debe impulsar una baja sustancial de la inflación real. Y para lograrlo hacen falta políticas sinceras y audaces que ataquen el fondo del problema. Las apelaciones conspirativas tal vez cosechen algún aplauso en las tribunas pero no aportan ninguna solución concreta para salir del encierro.

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