Por Jorge FontevecchiaLos sindicatos pueden defender de la inflación a la mitad de los trabajadores, no así a los de empleos informales y a los autónomos, que siempre pierden.
Quizá el secretario de Comercio, el ministro de Economía o la Presidenta no recuerden esta fábula, pero el mapa como representación del territorio más real que el territorio mismo podría ser una premonición borgeana de los intentos del Indec por dibujar una inflación más real que la real de la búsqueda –en palabras de Baudrillard– “de algo real sin origen en la realidad”.
El sostenimiento de la alucinación del Indec implica tácitamente no temerle a la inflación o que no sea el temor prioritario. Lo reflejan los líderes de la CGT oficialista que reiteradamente sostienen que su monstruo tan temido no es la inflación sino la recesión.
Los sindicatos, después de haber pasado por la traumática experiencia de los últimos años de la convertibilidad, cuando los salarios de quienes trabajaban era altos y no estaban expuestos al deterioro inflacionario pero cada vez había menos personas con trabajo y menos afiliados, desarrollaron una hipersensibilidad a cualquier medida que “enfríe” la economía y están dispuestos a soportar una inflación creciente. Tienen razón; nada es peor que la recesión, pero la pregunta es si una inflación continuamente creciente no desemboca en alguna forma de recesión, salvo que antes de que sea irremediable –¿en 2012, después de las elecciones?– un plan antiinflacionario resulte imprescindible para propio beneficio de los trabajadores.
La mirada de los sindicatos no está puesta en el total de los trabajadores sino en los que tienen un empleo formal, que representan cerca del 50% del total de los ocupados: 7,5 millones de personas. Pero hay otros 7,9 millones de ocupados que no tienen esa suerte (como extremamente pudo verse en los casos de “trabajo” esclavo). Hay 4,2 millones de personas con trabajo informal en la Argentina y 3,7 millones de autónomos (el setenta por ciento de ellos, informales). Estos 7,9 millones de ocupados están expuestos a la puja distributiva del libre mercado y, obviamente, en su mayoría consiguen incrementos en sus ingresos menores que aquellos que están protegidos por un sindicato fuerte. Llegado a cierto punto, de alguna forma comparable con lo que sucedía al fin de la convertibilidad, en la puja distributiva hay cierta transferencia entre los ocupados no sindicalizados hacia los sindicalizados, ya sea vía aumento de la desocupación (en los 90) o por aumento de la inflación, que obviamente afecta siempre a los más pobres. Los trabajadores no sindicalizados son los más pobres y quienes gastan la mayoría de sus ingresos en alimentos, los cuales, mientras la inflación general se estimó en 25%, aumentaron el 31% (es un problema mundial).
La tendencia de aumento de ventas de televisores de plasma y otros electrodomésticos simultánea a la disminución del consumo de carnes es una luz amarilla. Señala que la inflación cruzó el límite donde todavía podía beneficiar a los trabajadores.

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