Emilio y Analía Maya recibieron ayer garantías especiales, luego de que un legislador solicitara un estatus especial. Iban a ser deportados.
Los Maya, que llegaron a Estados Unidos como turistas en los años 90 y se quedaron, manejaban un pequeño café en el poblado de Saugerties, cerca del río Hudson, ubicado en el distrito de Hinchey, que los conocía porque solía ir a tomar café al establecimiento de los hermanos argentinos.
"Después de haber sido tratados injustamente por largo tiempo y haber sido amenazados con la deportación inmediata, la familia Maya recibió esperadas buenas noticias", dijo Hinchey cuando el aplazo fue anunciado el jueves. "Esas son noticias fantásticas", aseguró Analía y empezó a planear una celebración en el café, llamado Tango.
Emilio era un bombero voluntario y Analia hacía de intérprete para la Policía local, lo que supuso que iniciara el contacto con los servicios de inmigración, conocidos como ICE, por sus siglas en inglés. Los hermanos se introdujeron en el mundo de los informantes confidenciales a través de un amigo, el agente de policía Sidney Mills.
Con la esperanza de obtener documentos legales, Mills los presentó a otros agentes del ICE en el 2005 y estuvo presente en algunas de sus operaciones como informantes encubiertos. Según el pacto, el ICE los ayudaría a conseguir visas S, un tipo de documento poco común que se concede a personas que ayudan a las autoridades.
A Emilio nunca le convenció mucho lo que estaban haciendo, pero los agentes eran cordiales, aunque parecían interesados únicamente en asuntos de drogas, pandillas, tráfico humano, prostitución y venta de documentos falsos. Dijeron que no buscaban indocumentados, sino "pescados grandes, delincuentes" y dejaron claro que no pagarían por la información y que los hermanos no podían contarle a nadie acerca de su trabajo como informantes. Así, los Maya se internaron en el submundo turbio de los "informantes confidenciales", un mundo plagado de sospechas, engaños y peligros.
Durante los siguientes cuatro años, los Maya arriesgaron su seguridad personal trabajando muchas horas como informantes encubiertos. Llevando micrófonos bajo la ropa, se infiltraron en una red de prostitución, trabajaron en una fábrica que contrataba empleados indocumentados y ofrecieron información en operaciones de tráfico de personas y pandillas. Hacia mediados de 2007, Emilio no podía con los nervios. "Les habíamos dado información sobre una pandilla, sobre una operación de contrabando y ellos no nos daban nada a nosotros", se quejó.
Los agentes exigían cada vez más. En 2008, les pidieron que informasen sobre terrorismo y venta de armas. No consiguieron esa información. Continuaron ofreciendo datos sobre las actividades en el pueblo, pero no fueron usados nuevamente en operaciones encubiertas. El gobierno de los Estaods Unidos les dijo el año pasado que su información ya no servía y que podrían ser deportados. Pero ayer, la historia tuvo un nuevo giro.
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