La increíble historia del yihadista danés que espió para la CIA

La increíble historia del yihadista danés que espió para la CIA

Tras sumergirse en el mundo de Al Qaeda y vivir como un islamista radical durante 10 años, Morten Storm se convirtió en un agente doble al servicio de las agencias de inteligencia de los EE UU, Gran Bretaña y Dinamarca. Hoy su paradero es secreto y acaba de escribir su historia, publicada por Ariel, junto a los analistas Paul Cruickshanck y Tim Lister.

EPÍLOGO: LUGAR SECRETO 

EN EL REINO UNIDO, 

PRIMAVERA DE 2014

El primer artículo publicado en el Jyllands-Posten, el 7 de octubre de 2012, causó sensación en Dinamarca. Relataba mi papel en la búsqueda de al-Aulaki por órdenes de la CIA y el PET, con el objetivo de eliminarlo mediante un ataque con drones: tal imputación resultó explosiva en Dinamarca, donde el Gobierno tiene prohibido participar en acciones semejantes. Posteriormente, los periodistas del Jyllands-Posten fueron galardonados por este artículo con el Premio Europeo de Periodismo en su primera edición.

La noticia circuló por todo el mundo. En diciembre de 2012 fui a Estados Unidos para aparecer en 60 Minutes, el famoso programa de noticias de la CBS, en una entrevista centrada en mi participación en la búsqueda de al-Aulaki. Después de tantos años trabajando en la sombra, me pareció surrealista ver mi nombre en los periódicos y en la televisión, y que mi trabajo para la inteligencia occidental fuera de dominio público. Fue satisfactorio sacar a la luz lo que yo consideraba que era tanto los éxitos como los fracasos en mi actividad como espía. Pero lejos de las cámaras, me sentía vulnerable. Y mi esposa, Fadia, todavía estaba tratando de digerir el hecho de que le hubiera ocultado la verdad durante tanto tiempo.

Un par de semanas antes de que el Jyllands-Posten publicase mi historia, le propuse que fuéramos a dar un largo paseo por el campo. Elegí un hermoso día de verano; la cosecha de cebada y trigo perfumaba el aire. Nos sentamos en el borde de un campo; incluso preparé un picnic. Le conté todo mientras contemplábamos el vuelo de las alondras: cómo me reclutaron, mi trabajo en Yemen y en Kenia, en el Líbano y en Birmingham, en Dinamarca y en Suecia, mi disputa con la CIA y el PET, mi papel en el asesinato de al-Aulaki, el dinero, la cocaína y la misión en el sur de Yemen para ver a Wuhayshi.

La tensión ya había afectado a nuestro matrimonio; le advertí a Fadia que, cuando mi historia saliese en prensa, la presión no haría más que aumentar. Que no podía esperar ninguna protección de las agencias de inteligencia y un montón de gente me querría ver muerto...

En el momento en que el Jyllands-Posten salió a la venta el 7 de octubre, me convertí en un hombre marcado. En los foros y las páginas de Facebook yihadistas empezaron a aparecer muestras de animadversión y amenazas hacia mí y mi familia. Entre los combatientes, Anuar al-Aulaki había sido una figura sumamente estimada. Vengar su muerte sería un honor, un acto que complacería a Alá. Mi amargo desencuentro con la inteligencia danesa significaba, como Jesper me había advertido, que no podía esperar ayuda de mi propio Gobierno.

Uno de los estadounidenses que había estado conmigo en Dammaj, Khalid Green, publicó un vídeo en YouTube denunciándome por fingir amor a Alá mientras traicionaba al islam.

—Alguien al que considerábamos un compañero y un amigo—declamaba sentado delante de unos estantes llenos de textos islámicos—, que estaba con nosotros en uno de los centros de sabiduría más apreciados, en el campo en Dammaj estudiando con el jeque Muqbil [...], hemos descubierto que esta persona ha trabajado para la CIA...

Como era de esperar, las inteligencias danesa, británica y estadounidense mantuvieron un muro de silencio después de mi revelación. El PET había intentado borrar sus huellas disolviendo Mola Consult, la empresa que usaban como tapadera, cuando les dije que iba a hablar.

Jakob Scharf, el director del PET, se limitó a hacer una declaración cuidadosamente redactada. «Por respeto a la labor operativa del PET, el PET ni puede ni va a confirmar públicamente que ciertas personas han sido empleadas como fuentes por el PET [...]. Sin embargo, el PET no participa en operaciones —ni las apoya— cuyo objetivo es matar a civiles. Por tanto, el PET no ha colaborado en la operación militar que dio lugar a la muerte de al-Aulaki en Yemen.»

El desmentido sobre su implicación en la «operación militar» se había formulado con gran precisión. Nadie estaba acusando a los daneses de disparar los drones que mataron a al-Aulaki, pero uno de sus agentes se había encargado de localizarlo. Y no había sido para preguntarle por su salud.

En marzo del 2013, mi historia recibió un fuerte respaldo por parte de Hans Jørgen Bonnichsen, predecesor de Scharf como jefe del PET. Le dijo a la televisión danesa que las pruebas presentadas confirmaban a su juicio que la agencia me había utilizado para rastrear a terroristas en el extranjero con el fin de ayudar a Estados Unidos a llevar a cabo los asesinatos. «No tengo ningún motivo para dudar de su participación», dijo...

Mis redes yihadistas eran de tal calidad que no había mes en que alguno de mis conocidos no fuese detenido, se suicidara al servicio de la yihad o fuese identificado como un líder terrorista en alza. Kenneth Sorensen, que había formado parte de mi círculo de Saná, murió luchando junto a los yihadistas en Siria en marzo de 2013; uno más de la asombrosa cifra de 2.000 europeos que irían a combatir a aquel país.15 Los yihadistas sirios publicaron un vídeo de su cadáver martirizado para honrar su sacrificio a la causa.

Sus heridas mortales eran horribles. El vídeo mostraba la sangre coagulada en su cara y después a los combatientes cubriendo de tierra la tumba sin nombre.

Ese destino podría haber sido también el mío, porque uno de mis superiores del PET me hizo creer que en 2013 Sorensen trabajaba como agente doble.

Nunca sabré lo que la CIA me tenía reservado. Es posible que alguien de la agencia quisiera quitarme de en medio, y que el mensaje final de Abdul fuese un intento desesperado de borrar las propias huellas y las de la agencia. Tal vez Abdul fuera un mentiroso compulsivo. Tal vez la intención original de los americanos fuese que ambos regresásemos al sur de Yemen y lleváramos a cabo una misión que podría haber ayudado a decapitar a AQAP.

Analizando retrospectivamente los frenéticos acontecimientos de 2011 y 2012, creo que la CIA había empezado a considerarme prescindible y pensaba que valía la pena enviarme a una última misión al sur de Yemen en solitario por si salía bien, incluso a sabiendas de que corría un riesgo desorbitado.

Lo que es indiscutible es que se perdió una oportunidad real de localizar y eliminar aWuhayshi y a otros líderes de AQAP por la mala gestión de esa misión final. Pese a haber perdido algunas de sus posiciones en el segundo semestre de 2012, el grupo siguió siendo una seria amenaza mucho más allá de Yemen.

En septiembre de 2012, tres de sus agentes participaron en el atentado terrorista contra la sede diplomática de Estados Unidos en Bengasi. En una gran reunión celebrada en la primavera de 2014,Wuhayshi dejó claro a los combatientes que atacar a Occidente era una prioridad, y cumplió otra promesa saludando a varios de sus agentes que habían salido de prisión poco antes.

Las agencias de inteligencia creían que Ibrahim al-Asiri estaba desarrollando una nueva generación de explosivos más difíciles de detectar por los escáneres.21 En febrero de 2014, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos envió una alerta a las líneas aéreas después de que los servicios de inteligencia advirtiesen que estaba creando un nuevo diseño de zapato bomba. A cada año que pasaba, el terrorista saudí se volvía más ingenioso, e instruía a los aprendices en los mecanismos del terror...

El cierre temporal de las embajadas de Estados Unidos en el verano de 2013, desde Libia en el oeste hasta Madagascar en el sur y Bangladesh en el este, ilustra hasta qué punto una gran parte del mundo se había vuelto insegura para los occidentales. Las banderas negras de Al Qaeda ondeaban en los desiertos de Mauritania, cerca de la costa atlántica, en el desierto del Sinaí, a lo largo de Siria, en el oeste de Irak y en el sur de Somalia. En muchos de estos lugares, AQAP tenía un papel, presencia o contactos. Era la más importante de las franquicias de Al Qaeda.

También al-Shabaab dejó en un segundo plano la insurgencia en Somalia y abrazó un terrorismo más «clásico» después de convertirse oficialmente en una franquicia de Al Qaeda. Y yo conocía a algunos de sus agentes más destacados.

En la mañana del sábado 21 de septiembre de 2013, al menos cuatro pistoleros fuertemente armados, vestidos con pantalones vaqueros y camisetas, aterrorizaron el lujoso centro comercial Westgate, en Nairobi. En un asedio que duró cuatro días y parecía haberse inspirado en los atentados de Bombay de 2008, más de sesenta hombres, mujeres y niños fueron asesinados.

Al-Shabaab declaró que el atentado era una represalia por la ofensiva militar keniana en Somalia, en 2011 y 2012, que había expulsado al grupo de la ciudad portuaria de Kismayo, una importante fuente de ingresos para ellos.

Se sospechaba que quien había organizado aquella acción era ni más ni menos que mi principal contacto con al-Shabaab: Ikrimah, el keniano de pelo largo que hablaba noruego...

Mi cese significó también que la inteligencia occidental perdió un recurso en una de sus tareas más complicadas: la detección de acciones a pequeña escala llevadas a cabo por «lobos solitarios». Se trata de los casos más difíciles para las agencias antiterroristas, ya que a menudo no hay líneas de comunicación. Al Qaeda había descubierto esta ventaja y en 2011 publicó un vídeo titulado «Solo eres responsable de ti mismo», en el que pedía a sus seguidores en Occidente que cometiesen atentados en solitario.

Los atentados de Boston del mes de abril de 2013 y el asesinato e intento de decapitación de un soldado británico, Lee Rigby, en las calles de Woolwich, en el sudeste de Londres, el mes siguiente indicaban que podía producirse una oleada de actos de este tipo en el futuro. En ambos casos, los militantes asentados en Occidente habían cometido esas acciones con independencia de cualquier grupo. Yo conocía sus motivaciones y su camino hacia la radicalización, porque había hecho el mismo viaje...

Estos atentados cometidos por «lobos solitarios» son prácticamente imposibles de evitar a menos haya alguien en el «interior» que detecte un cambio de comportamiento o de apariencia, a quien le formulen una pregunta extraña o le hagan una confidencia.Durante mi carrera había informado en dos ocasiones a la inteligencia occidental sobre tramas terroristas de fanáticos radicalizados decididos a causar una masacre en las calles de Europa, gracias a que los conspiradores me habían hablado de sus planes. Los sermones y escritos de al-Aulaki, incluso desde el más allá, habían servido de inspiración para el atentado de Boston y para las acciones de Woolwich. Las bombas de los atentados de Boston se fabricaron con una olla a presión siguiendo una receta publicada en la revista Inspire.32 Desde su muerte, los sermones de al-Aulaki han crecido en popularidad entre los musulmanes radicalizados de Occidente. Su mensaje es tan simple como fascinante: Estados Unidos y sus amigos están en guerra con el islam, y Alá ordena que los musulmanes luchen usando todos los medios necesarios...

Después de la publicación de la primera noticia, el Jyllands-Posten me alojó en un hotel rural en Inglaterra, tanto por mi seguridad como para mantener alejada a la competencia. Pero me sentí obligado a ir a la comisaría del lugar. El bienintencionado sargento de policía que estaba tras el mostrador me tomó por un loco cuando le conté mi historia y le dije que necesitaba protección.

—Busque mi nombre en Google—le dije—. Morten Storm. Apareció mi rostro en el centro de la portada del Jyllands-Posten.

En un lugar donde los borrachos eran el pan de cada día, yo era un sujeto poco corriente.

—Un momento, señor—dijo el sargento.

Una hora más tarde aparecieron dos detectives y reconocieron que no tenían ni idea de qué hacer conmigo.

—Nunca he conocido a nadie como tú, ni volveré a conocerlo—dijo uno de ellos con una sonrisa irónica. Así que cada eslabón de la cadena fue planteando el caso al eslabón superior, hasta llegar a mis amigos del MI5.

Al día siguiente llegó a la comisaría una mujer de mediana edad, aspecto neutro, labios fruncidos y peinado discreto. Iba acompañada por un hombre que se presentó como Keith, un agente alto y afable de unos cincuenta y tantos. Conté todo lo que pude de mi historia, diciendo que creía que los estadounidenses habían intentado hacer que me mataran en Yemen. Los dos tomaron notas, pero apenas dijeron nada.

De vez en cuando el sargento asomaba la cabeza por la puerta para ver si queríamos tomar algo. Estaba disfrutando bastante del pequeño circo del mundo de 007 que se había montado en su local. 

Ninguno de los agentes del MI5 dijo gran cosa hasta el final de la reunión.

—Debe entender —dijo la mujer— que no tenemos obligaciones con usted; ya no trabaja con nosotros. Este es un problema entre usted, el Gobierno danés y los americanos. No entiendo por qué quiere involucrarnos...

La mujer sin nombre quiso saber más sobre las futuras entregas de la serie en el Jyllands-Posten. Hasta la fecha, solo habían publicado un episodio. Si yo le decía al periódico que no quería publicar nada más y rechazaba otras propuestas para hablar, incluida la aparición en 60 Minutes, la inteligencia británica consideraría la posibilidad de trasladarme a algún lugar como Canadá o Australia.

Si no, podríamos hablar de un trabajo como instructor de informantes dentro de la comunidad musulmana o como orientador de exagentes en la fase de retiro. Incluso me pidieron que escribiera trabajos sobre ambos temas.

Pero primero habría de pasar un período de prueba de seis meses, durante el cual tendría que desaparecer del radar. Solo podría tener acceso limitado a mis hijos, y el MI5 no tendría conmigo ninguna obligación económica. Recordé el destino del informante danés que había ayudado a Klang a frustrar la trama para atentar en Vollsmose, que luego se vio obligado a partir a un desagradable exilio en el extranjero.

Hablaron de cirugía estética y de incluirme en el programa de protección de testigos. Pero la idea de cambiar mi aspecto, hasta el punto de que mis hijos no me reconocerían, era inaceptable.

Les dije que me pensaría su oferta, pero entretanto quería reunirme con el psicólogo de los servicios de seguridad, a quien había conocido cuatro años antes en Escocia en un ejercicio de formación de equipos.

Un par de semanas después me invitaron a ir a un hotel de Manchester. El psicólogo, al que conocía como Luke, de Aviemore, estaba allí. Me dio un abrazo y parecía estar realmente contento de volver a verme. Pero su rostro no tardó en adoptar una expresión preocupada cuando le conté mis experiencias. Yo estaba a punto de echarme a llorar.

—¿Crees que estoy loco por creer que los americanos me querían muerto? ¿Estoy paranoico?—le pregunté.

—Mira —me dijo—. Estás en una situación muy difícil. El miedo no es paranoia; se basa en lo que podría haber sucedido y lo que aún podría suceder. Es posible que hayas hecho lo correcto al no ir al sur de Yemen. Te podrían haber matado, y, sí, a los estadounidenses no les habría importado. Y entiendo por qué decidiste acudir a los medios de comunicación; es una forma de protegerte. ..

En una reunión final en una anodina sala de conferencias de un hotel le dije a Graham que no podía aceptar la propuesta del MI5; implicaba demasiados riesgos y yo tenía algunos problemas de confianza.

Pareció decepcionado, pero no sorprendido. Me dio un fuerte apretón de manos y me agarró del hombro.

—Está bien —dijo—. Cuídate; creo que sabes perfectamente cómo hacerlo.

Mientras caminaba de vuelta a casa por las calles barridas por la lluvia empecé a asimilar la magnitud del desafío. Había tomado la decisión de estar solo. Ya no tendría que soportar falsas esperanzas ni me engañarían con falsas promesas. Podría hablar libremente, pero tendría que estar siempre alerta. Podría ver a mis hijos y sentir que había aportado mi grano de arena para que el mundo fuera un lugar mejor.

Mi hijo Osama decidió convertirme en el tema de un proyecto escolar. Escaneó una foto mía y escribió un ensayo titulado: «Mi papá, el héroe». Aunque tuve que asegurarme de que borraba el ensayo del ordenador de la escuela, yo estaba orgulloso. De repente, todas las lágrimas de despedida parecían valer la pena.

Ahora tendría que empezar de nuevo y enfrentarme a mis demonios. También me tendría que adaptar a una vida carente de la emoción de viajar a países terroristas, y proteger mi anonimato al mismo tiempo que exponía una historia que contuviera algunas lecciones para los encargados de la seguridad de las sociedades occidentales.

Los transeúntes me observan, pero no se imaginan el papel que he desempeñado en la protección de su forma de vida. Cuando leía noticias de prensa sobre individuos a los que conocía y las amenazas que suponían, los atentados que estaban planeando (o que habían llevado a cabo) y los millones de libras y dólares que se gastaban para detenerlos, solo podía encogerme de hombros o arquear una ceja. Un grupo que había conocido en Luton fue condenado en 2013 por planear la destrucción de una base del ejército británico con una bomba atada a un coche de juguete; un incidente entre muchos.

De vez en cuando llego con mis compras a la caja de un supermercado y veo un titular de periódico sobre alguno de mis antiguos «hermanos» que finalmente ha cruzado el Rubicón que separa las palabras y el terror. Mientras ojeo el artículo para ver más detalles, la cajera me pone la vuelta en la mano y me dice distraídamente: «Cuídese». Sonrío mientras salgo de la tienda, diciendo para mis adentros: «Cuídate».

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