Por Eduardo AlivertiAun al cabo de jornadas tan eclécticas, que fueron una feria informativa polirrubro, no debería haber dudas sobre cuál tema escoger como sobresaliente. Todos dejan enseñanzas, preguntas, dudas, desafíos. Pero hay uno que muestra una lección mayor.
Y hablando de bloques, no es menor que un argentino haya sido electo por unanimidad al frente de la Unión de Naciones Suramericanas. Pueden saltearse las marchas y contramarchas, el veto del ex presidente uruguayo a causa del corte de frontera, las especulaciones de cuánto Kirchner se dedicará al cargo. El hecho es lo que finalmente sucedió, e implica que la unión subcontinental va en serrucho ascendente. Y hasta con algunos logros concretos, como haber interrumpido en su momento la arremetida golpista contra Evo Morales. Pero serrucho al fin, todavía falta mucho para que pueda citarse la probabilidad firme de una vocación auténticamente integradora. Es más necesaria que nunca, ahora que varios gobiernos de la región intentan o se asientan en una perspectiva de autonomía frente al Imperio. Porque en la línea Pacífico hay consolidaciones de derecha. Largo camino, en consecuencia. Demasiado largo, tal vez, hasta alcanzar el sueño de la patria latinoamericana. Destino a construir. Bajo esa lógica, aconteció un episodio que no es para minimizar. Ni magnificar.
Hubo media sanción a la ley del matrimonio homosexual, también. Un avance significativo en los derechos de las minorías, que de paso, gracias a la votación parlamentaria, sirvió para corroborar quiénes están al respecto de un lado y de otro. O sin "al respecto". Carrió fue la más clara. Admitió que no puede estar con el Santísimo a la mañana y con los gays a la tarde, entendido desde sus convicciones religiosas. Aunque nunca explicó dónde está comprobado que el Santísimo se opone al casamiento de homosexuales, eso sí. Falta el Senado, que pinta hueso duro de roer porque se concentran allí los representantes provinciales y, por tanto, la suma del pensamiento e intereses más prejuiciosos y conservadores. Alguno ya lo avisó, advirtiendo que no le da el cuero para volverse al terruño los fines de semana y afrontar la crucifixión del cura y las damas del pueblo. Pero saldrá. Como salió el divorcio hace más de veinte años y amenazaron con que el mundo se vendría abajo. Y como tarde o temprano saldrá la legalización del aborto, para acabar con la repugnancia de que defiendan la vida quienes se lo practican en condiciones asépticas. Y así será que, algún día de casi sin darnos cuenta, estaremos preguntándonos si recordamos el tiempo y la energía que llevó discutir tanta cosa elemental del adelantamiento imparable en la liberalización de las costumbres. Una obviedad civilizatoria, diríase. Entonces, no: visto así, lo que se denomina matrimonio gay tampoco llega al rango de noticia superlativa.
Quedaría el paso de Macri por la Justicia, las escuchas ilegales, el probable procesamiento, la estrategia cantada de que se victimizaría con el apunte de una operación política. Fugar hacia adelante, bah. Tampoco es episodio a desechar así nomás. Es un presidenciable, dice él. Cotiza más o menos bien en las encuestas y será de verse qué ocurre con su popularidad si esto pasa de salpicadura a enchastre. Sin embargo, correspondería la presunción de que respecto de Macri –excepto por la capacidad o no que vaya a tener para armar un aparato de respaldo político nacional– ya todo está jugado. A quienes cultivan valores de derecha no les mueve un pelo el juzgamiento (al contrario), ni que acabe involucrado en un delito de forma directa. A los que se sitúan en el anverso, (les) agrega menos que menos. Y exactamente lo mismo, por analogía, es la repercusión frente al dominó de denuncias en torno de las coimas con Venezuela. No se trata de que sea otra instancia de la guerra entre Clarín y el Gobierno, y que en función de eso resulte poco creíble. Lo que debería importar, como noticia, es si las pruebas son fehacientes. Lo que importa es que, lo fueren o no, ya todo está práctica e igualmente lanzado en derredor de cómo se sitúa cada uno en su visión genérica del Gobierno. O de lo que está en juego.
Martínez de Hoz preso, como contrapartida de todo el resto mencionado, no permite espacio para interrogante alguno. Si nos vamos casi 35 años para atrás, la inquietud de cualquier persona lúcida era si alguna vez se haría justicia con la patronal milica. Si acaso podía quedar históricamente cerca ver privado de la libertad al verdadero ejecutor ideológico de la masacre. A su símbolo máximo. A la quintaesencia de los dueños de la tierra, de la gran burguesía parásita, de la valorización financiera del capital que hoy estalla en Grecia. De toda la basura que justamente echó su último manotón con la guerra de Malvinas, para reaparecer con la rata pero no tanto como para sobrevivir despreocupada.
Está preso Martínez de Hoz. El futuro llegó. No ha caído el último impune, pero sí el más grande ejemplar de la impunidad que quedaba. Y dando lástima, con ruego de prisión domiciliaria porque arguye que está débil. O ni siquiera eso. Ni siquiera da lástima.
Si es por asimilar que a veces se gana, ¿pasó algo más importante que eso en estos días?

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