Implacable ejercicio de poder

Por: Pepe Eliaschev.

La resolución de las candidaturas del Gobierno para las elecciones nacionales del 23 de octubre no puede sorprender. Confirman una tendencia y ratifican un sistema. No hay espacio para el asombro, cuando peronistas que nacieron hace por lo menos 40 años confiesan su estupefacción.

El método aplicado ha sido el de los últimos ocho años, pero potenciado y agravado. El binomio secreto + verticalidad = poder, supera todos los antecedentes y paralelismos. Si entre 1955 y 1973 las legendarias “cintas” grabadas de Perón traían el mensaje incuestionable del general exiliado, en 2011 las órdenes emanan de Olivos o El Calafate y se transmuten de manera asordinada, pero implacable. Néstor Kirchner manejó sus primeras elecciones como Presidente, las de 2005, con cierto guante aterciopelado. En 2007 jugueteó mucho con su reiterado “será pingüino o será pingüina”, que no engañaba a nadie, puesto que se hamacaba entre dos seres unidos en matrimonio. En 2009 impuso a su tropa el estéril y gravoso mecanismo de las candidaturas “testimoniales”. ¿Hace falta recordar que Francisco de Narváez derrotó en esa instancia a una lista liderada por Kirchner, el gobernador Scioli y Clotilde Acosta, (a) Nacha Guevara? Pero aun en su huracanada pujanza que nada detenía, Kirchner sopesaba y respetaba al viejo peronismo. Negociaba y arreglaba, consideraba situaciones y sólo imponía su omnímoda voluntad in extremis. Implacable en el ejercicio del poder, Kirchner rescataba de sus adorados años Setenta un cierto respeto reverencial ante algunas liturgias de su movimiento. Lo de 2011 no tiene, en cambio, referencias comparables, ya no sólo en el arco democrático que arranca en 1983, sino inclusive yendo más atrás. El misterio como sistema de toma de decisiones ya establecido, tiene consecuencias graves. No obedece a ningún interés táctico entendible. ¿Por qué, si la Presidente llevara tanta ventaja en la intención de voto, como alegan las encuestas, sería necesario haber armado este período de incertidumbre, intriga y misterio? A primera vista no se entiende. Pero tampoco es una tontería; en la Casa Rosada nadie paladea vidrio. Es un arma formidable: la intriga genera expectativa y ansiedad. Pero también suscita temor e inquietud. Es el reino de la oscuridad, donde el deshojar de una margarita establece la muerte o la vida, el triunfo o la derrota, el ingreso o la expulsión. Como herramienta de gobierno, el secreto disciplina, sin vueltas. Además, el brutal paréntesis de “silenzio stampa” abroquela el poder de los decisores: quien toma la decisión por su cuenta y sin que sus movimientos previos sean racionalizables, incrementa su poder simbólico. Convertida en madrina y productora de realidad, la ciudadana presidente asume contornos imperiales: sólo los monarcas divinos no necesitan explicar sus actos. Pero si esos reyes cuyo cenit histórico remite al mundo de hace 400 años, el sistema político que nace del modo oficial de hacer política en la Argentina proyecta a realidades de hace 800 años. Es la Edad Media el tiempo histórico durante el cual los señoríos manejaban vasallajes. Ese esquema feudal, derrotado por la revolución burguesa y la evolución del capitalismo, tenía un atributo central. El poder no sólo era infalible; además, era incuestionable. Perón supo siempre que su liderazgo a 10.000 km estaba sometido a fricciones y devaluaciones. No existía internet, no había skype, todo era con tracción a sangre. Por eso, en exhibición de una reconocida sabiduría, el General había pontificado que “sólo la organización vence al tiempo”. Pero, al cabo de ocho años de gobierno, ¿qué organización se ha dado a sí mismo el justicialismo? Es evidente que ni Néstor ni Cristina jamás creyeron en la idea de que el movimiento de Perón pudiera ser manejado desde la organización. Antes bien, la actual jefa del Estado ha extremado hasta índices alucinantes la noción de mando. Pero cuando Perón conducía la Argentina no era una democracia. Además de que en aquellos tiempos distantes las órdenes tardaban en llegar, no había tejido civil que pudiese ejercer la función sacrosanta del peronismo, la conducción. Hoy no hay razones mínimas para justificar el vendaval de órdenes que imparte un círculo donde los dedos de una sola mano sobran para contar a sus integrantes. La Argentina, así, desciende a una categoría de proto-democracia, un país donde impera el “dedazo” y en el que a la sociedad e incluso a la dirigencia sólo le resta arrellanarse en la platea y esperar las decisiones del atril. Al comentar ayer las derivaciones de la grave enfermedad del presidente venezolano Hugo Chávez, el canciller Nicolás Maduro aseguró que “sigue al mando del Gobierno” y se mantiene informado de todo. Y agregó la perla definitoria: “A nosotros, lo que nos queda es mantener la compañía permanente con el presidente. Apoyo al presidente Chávez”. ¿No nos estamos pareciendo demasiado?

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