Contagioso el ánimo, el entusiasmo de los alumnos del Instituto Helen Keller y de la Casa de Helen. Verlos con devoción, ayudar en el armado del respectivo horno, donde han de ser cocidas todas y cada una de las piezas de cerámica, que los chicos realizaran oportunamente, otorga una sensación inquebrantable de armonía y paz. Por Mario Delgado, en colaboración para INFOOLAVARRIA.
Mucho se declama, amigos míos, respecto a la igualdad de opciones y de trato con aquellas personas que cuentan con capacidades diferentes. Sí, en verdad: bastante se dice. El tema es cuánto se materializa en la práctica de lo declamado. Pudimos ser testigos, observando “in situ”, como en este sitio, se trabaja en pos de unir definitivamente al discapacitado con el resto de la sociedad.
Son 60 los anotados en la entidad. El número presente, en la ocasión, superaba la treintena. En un espacio de las amplias y cuidadas instalaciones, Mauricio D’amico, preparaba con denuedo su horno, totalmente artesanal, claro, resucitando así ancestrales técnicas.
Chicas y muchachos se apiñaban en derredor, escuchándolo y esperando órdenes para sumar un ladrillo o una obra a ese monolito que se iba montando, sobre una parrilla de generosas dimensiones.
Personal docente y directivos, visualizaban todo con placer y auténtica satisfacción. Y es lógico, y es entendible, porque el amor y la dedicación diaria volcada, puesta de manifiesto en cada colegial, se nota, se palpa. Y empieza a dar sus anhelados frutos.
Un profesor amable y sonriente, hace circular un exquisito mate. La señora Directora y anfitriona, Claudia Philip, desborda emoción. Pero no le va en zaga la señora Vicedirectora de Helen Keller, Patricia Diez. Fotos con alguna cámara y sino con los celulares, no faltan. Se pronostica larga la jornada, de 12 horas, afirman, que es lo que tardaran las creaciones en estar ya listas.
La Casa es un escenario de aprendizaje integral. Actúa cual unidad académica. Es la parte de secundario. En la sede de José Luis Torres se brinda el estudio primario. La buena noticia es que varios chicos ya ocupan puestos laborales en distintos ámbitos de la ciudad.
La horneada continúa con pasión, realmente. A la izquierda un disco de arado, se halla predispuesto para recibir el almuerzo que van a compartir al mediodía.
“Los niños escultores” ha sido un éxito, sostiene contento D’amico, que mira de reojo a los educandos, de quienes conoce uno a uno, sus nombres. Y la segunda parte de ese ciclo, lo vivencia ahora con los “constructores”, con el firme objetivo de desarrollar la creatividad de los chicos, y facilitarles un acceso al empleo. Las paredes de Helen Keller, incluso, hoy se ornamentan con trabajos compuestos por los propios alumnos.
Hay también detrás, amigos, un sentido arquitectónico. O sea que la propuesta mira a que la gente pueda adquirir estas obras y decorar, por ejemplo, el frente de sus viviendas o alguna dependencia del interior.
Mosaicos murales, zócalos para pisos y guardas son colocados prolijamente en el horno que va aumentando de altura. Cada pieza conlleva impresa la identidad del autor. Ya se piensa en bachas para baños y otras cosas para una próxima horneada, no muy lejana por cierto.
La cerámica se ha moldeado con las manos. Los participantes conocen el proceso. De la correspondiente cantera, han extraído la arcilla. Se van consumiendo procedimientos, nada es de un día para otro. Pero los chicos comprenden y aprueban cada instancia con inequívoco alborozo.
La experiencia y la novedad, se conjugan entre los alumnos. Es que algunos ya han pasado por este mecanismo, de modo tal que ahora, efectúan un tanto el rol de docentes, guiando a sus compañeros nuevos.
El horneado es a leña, que se coloca por debajo y por el costado, en “ventanas” dejadas entre los compactos ladrillos. Y he aquí otra lección: como se emplea leña, en el mismo día, se plantan árboles. En este caso puntual, cerezos.
La construcción del horno concluye. El fuego ya se enciende. Cuando las piezas estén cocidas, adquirirán una perdurabilidad de miles de años. Trascendiendo a sus hacedores, que pasarán a la historia en cada obra.
Los alumnos bromean, felices. Los profes y directivos se sienten orgullosos y agradecidos y el artífice de la cerámica, Mauricio D’amico, se relaja. De esto sabe, pero eso no quita que por ahí, como al descuido, se le caiga una lágrima de sana alegría.
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