El vicepresidente buscó culpas ajenas para argumetar sus decisiones. El hombre que habla en tercera persona dejó tecleando a sus seguidores.
No es casualidad que hable en tercera persona. Y tampoco es que quiera imitar a Juan Román Riquelme. Lo de Cobos es todo un síntoma. No quiere ser él el que hable ni el que diga "sí", "no", "blanco" o "negro". Así se expresa, como si fuera otra persona. Toma distancia y parece quedar al margen de los hechos.
Su ya trillado "no positivo" es una de las frases más ambiguas de la política moderna. ¿Qué quiso decir ese día y qué quiso decir ahora al culpar a Ricardo Alfonsín de la renuncia a sus ambiciones presidenciales? ¿Por qué no fue directo y votó afirmativo o negativo?
Es llamativo cómo aquella madrugada del 18 julio sacó pecho y volvió a Mendoza rodeado de festejos y vítores cual campeón de boxeo. Llegó a su casa, salió a un improvisado balcón de la victoria y se convirtió en héroe de grandes y chicos.
Se había transformado en el hombre que deseaba dar pelea desde adentro. El tipo común que se le había plantado a la omnipotencia kirchnerista y estaba dispuesto a pelear los escenarios de poder.
Ese mismo dirigente, dos años y medio después, cambia su rostro... otra vez. Se baja de una precandidatura a presidente porque, según dijo en tercera persona, no está de acuerdo con las reglas de juego planteadas por Ricardo Alfonsín, diputado nacional cuyo mérito político es ser hijo de su padre. Y así, con esa simpleza, Cobos dejó tecleando a cuanto dirigente decidió encolumnarse detrás suyo. "La Gran Cleto" .



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