Hacerse cargo, darse cuenta

Hacerse cargo, darse cuenta
A modo de citar a expertos en materia de comunicación, una declaración en un medio hegemónico y formador de agenda construyó el acontecimiento. Si la semana venía en medio de debates que merecían atención, las expresiones del esposo de una joven atacada tras una salidera bancaria en la capital bonaerense, generaron un pequeño temblor en la gestión del gobernador Daniel Scioli.
El blanqueo de una presunta confesión del gobernador bonaerense acerca de tener las manos atadas para combatir la inseguridad dio lugar a múltiples interpretaciones. Por supuesto, la oposición se pronunció por la más preocupante de todas: ¿imposibilidad total de atacar la problemática de la inseguridad?

Legisladores opositores que decidieron canalizar aún por vías más formales esta circunstancia aludieron a que la expresión, en boca de la máxima autoridad provincial, supone y adquiere un “grave riesgo institucional”.

Y fue noticia que el propio Scioli desdibujara la habitual sonrisa e interrumpiera su habitual prédica optimista para esforzarse en brindar explicaciones acerca de si dijo aquello que le atribuyen y, en subsidio –esto es, si realmente lo dijo-, por qué lo hizo.

En medio de primeras evasivas, el mandatario aseguró que toda su competencia está habilitada para sólo combatir una parte del problema y que el resto le corresponde a otros poderes y a otros estamentos sociales.

Scioli dijo que puede meter presos a delincuentes, pero no condenarlos. Y que cada uno debe hacerse cargo de aquello que le corresponde. Las fronteras que delimita, no hace falta más aclaración, terminarían en su obligación por enviar proyectos a la Legislatura y administrar recursos para que haya una policía cada vez más activa.

El mandatario se hace cargo de amplificar su gestión a través de casos aislados, como determinados operativos que hasta de rutina y por ordenes que no emanan de él, sino de otros poderes, pueden tener algún resultado positivo.

Pero el mundo mediático y social parece no comprar la validez del argumento. Al parecer hay una trampa que debe admitir en este lenguaje. Un caso esclarecido se percibe como una gota de agua pura en un río con problemas de contaminación. Un caso pendiente es la presión al máximo para movilizar recursos y decisiones en una de las jurisdicciones más importantes del país.

La presión también fue aprovechada por el ocasional rival en la carrera a la gobernación, Francisco de Narváez, quien, haciendo uso de reflejos, salió a resaltar cierto déficit de coraje en el gobernador para salir de una situación de supuesta imposibilidad.

Tanto el supuesto aprovechamiento de la situación por parte del diputado opositor como la contestación de parte de funcionarios sciolistas sobre qué es “tener huevos”, si para hacer tortillas o para otros fines, quedaron a kilómetros de distancia, sin ubicación lógica. Nadie esperaba un chisporroteo cuando el real destinatario de las respuestas es una sociedad bonaerense que tiene una sensación de vulnerabilidad extrema.

Scioli se siente molesto por la inseguridad. Pero también por su condición de víctima de reglas de juego que le impiden una salida airosa. Las verdades de perogrullo se enuncian, pero no tienen asidero práctico. Si el problema es realmente de gestión, una buena administración de recursos y una baja en la estadística delictiva bastaría. De hecho su antecesor Felipe Solá padeció y se recuperó por esta vía con la ayuda del gobierno nacional. Salieron a la luz varios desarmaderos clandestinos, se mostró algo de voluntad, bajó la estadística y tuvo la suerte de que esa baja haya sido creíble. Oficialmente se comunicó la novedad y se reconquistó algún sector de clase media que estaba a merced del discurso duro de la derecha.

Ahora, en la condición de “creíble” aparece aquí el otro riesgo. Si al señalar, como se hizo esta semana, una baja en la estadística, y esto no es suficiente, esto quiere decir que por mayor excelencia y eficacia que haya en la gestión hay que acudir a botiquines de urgencia que complementen ese déficit.

Esa interpretación nos lleva a otra hipótesis acerca de ofrecer una solución comunicacional a un problema que pueda ser presuntamente comunicacional. Pero el déficit en la administración Scioli también se observa desde el momento en que una víctima de la inseguridad enuncia falencias y debilidades muy creíbles en el oficialismo.

Esto ha puesto nerviosos a muchos funcionarios provinciales ante un estado de alerta y de incertidumbre de cómo continuar el camino.

Esto es cuando lo emotivo le gana a un argumento supuestamente lógico. O cuando la forma de comunicar le gana a un hecho supuestamente positivo que no se sabe cómo comunicar. Allí es donde se muestra un déficit que requiere más batallas y desafíos.

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