NATORI, Japón.- Hirosato Wako se quedó mirando fijo las ruinas de la pequeña villa pesquera: esqueletos de edificios destrozados, retorcidas varas de acero corrugado, cadáveres con las manos convertidas en garras. Solamente una vez había visto algo semejante: en la Segunda Guerra Mundial.
En la aldea de Yuriage, la búsqueda de sobrevivientes se estaba convirtiendo en una búsqueda de cadáveres. Y la mayoría de esos cadáveres eran de gente mayor... que no pudieron correr y escapar del tsunami.
Yuta Saga, de 21 años, estaba recogiendo tazas rotas después del terremoto cuando oyó las sirenas y los gritos que advertían "¡tsunami!". Agarró a su madre del brazo y corrió hasta la escuela, el edificio más alto de los alrededores. Podía medir el avance de la ola por las nubes de polvo que producían los edificios que se derrumbaban. Cuando llegaron, encontraron la escalera que ascendía al techo atestada de ancianos que parecían incapaces de albergar la fuerza necesaria para subirlas. Algunos simplemente estaban sentados. Mientras la planta baja se llenaba de gente que buscaba refugio, llegó la ola.
Al principio, las puertas resistieron. Después el agua empezó a entrar. En pánico, desesperados por llegar al techo del edificio, los residentes más jóvenes empezaron a empujar y a saltar por encima de los que no se movían o a empujarlos para hacerlos a un lado. "No podía creerlo", dijo Saga. "Incluso empujaban y codeaban a los ancianos. Ellos no podían salvarse solos."
Entonces la puerta se abrió con un estallido y el agua entró en torrente. Rápidamente alcanzó el nivel de la cintura. Saga vio a un mujer mayor, sin la fuerza ni la voluntad necesarias para permanecer de pie, sentada en el agua que ya le llegaba a la nariz. Contó que corrió hacia ella, la agarró de las axilas y la subió a la escalera.
Saga dijo que una mujer le entregó a su bebe. "¡Por favor, al menos salva al bebe!", le rogó mientras el agua le llegaba al pecho. Saga dijo que alzó al bebe y subió. Muchos de los que todavía se encontraban al pie de la escalera fueron arrastrados por las aguas. Se unió a las 200 personas en el segundo piso. La madre del bebe llegó corriendo. Desde las ventanas, vieron casas arrancadas de cuajo y autos que flotaban. La gente no hablaba, dijo. Simplemente lloraban y gemían, prorrumpiendo en un "¡ah!" colectivo, mientras contemplaban la destrucción.
Resignación
Hisako Tanno, de 50 años, trabajaba en un depósito cuando se produjo el terremoto. Corrió a su casa para buscar a su padre, de 77 años. Cuando estacionaba su auto, escuchó gritos. Miró hacia la esquina de la calle para ver "una montaña de basura" que se movía en dirección a ella. Era la ola. "Sólo tuve tiempo de agarrar mi cartera y salir corriendo", dijo Tanno. Sus vecinos la llamaron desde la casa de al lado, y ella corrió hasta la planta alta. Entonces recordó que no había buscado a su padre.
Desde la ventana veía su casa. Cuando la ola cayó, hizo pedazos las puertas corredizas. Después, con horror, vio que su padre era arrastrado al exterior. El agua alcanzaba ahora un piso de altura de un edificio. Vio a su padre agarrarse de los barrotes del balcón del segundo piso de la casa. Cuando el agua siguió subiendo, de alguna manera su padre logró levantarse y quedarse en el balcón.
Después del terremoto, Jun Kikuchi, de 33 años, dueño de una empresa de taxis, fue en auto hasta las casas de media docena de residentes mayores para ver si querían que los trasladara a zonas altas. Se negaron.
Kikuchi sobrevivió a la ola subiendo a la segunda planta de la oficina de su empresa. La mañana siguiente, cuando finalmente se atrevió a salir, vio que seis de las casas de los jubilados habían sido arrastradas por las aguas. "Ellos pueden cuidarse solos en medio de un desastre natural como éste", dijo. "No tenían ninguna posibilidad."
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