Generación perdida: pese a los traumas de la guerra, los chicos sirios sueñan con volver a casa

Generación perdida: pese a los traumas de la guerra, los chicos sirios sueñan con volver a casa

Impulsados por la esperanza de recuperar la felicidad, cientos de miles de jóvenes que viven en campos de refugiados en Turquía sólo piensan en el regreso

Por Umit Bektas

YAYLADAGI, Turquía.- Cuando Ilaf Hassun, de nueve años, hizo un dibujo de su hogar, garabateó una casa sencilla, con árboles y nubes con caritas sonrientes. Y después, en grueso lápiz rojo, agregó la figura de una mujer aferrada al cuerpo de su hijo muerto, caminando rumbo al cementerio.

El conflicto sirio, que ya lleva casi cinco años, dejó cientos de miles de muertos, empujó a millones al exilio y tiene un profundo efecto en los chicos que perdieron sus hogares o quedaron atrapados en medio de la matanza.

Hassun y su familia viven con otras 3000 personas, 1000 de ellas de menos de 12 años, en el campo de refugiados Yayladagi, una ex fábrica tabacalera reconvertida por el gobierno y ubicada en el este de Turquía, junto a la frontera con Siria. Su padre trabaja ilegalmente en Turquía y muy rara vez la visita. Ella juega con los otros chicos, pero sus dibujos revelan las cicatrices mentales que la experiencia dejó en Hassun, así como en muchos de los 2,3 millones de refugiados sirios que viven en Turquía, más de la mitad de los cuales son chicos. Uno de los mayores desafíos que enfrentan las autoridades turcas es brindar tranquilidad mental y refugio físico a todos ellos.

"Tenemos que encontrar la manera de que estos chicos olviden la guerra y lo que tuvieron que vivir", dice Ahmet Lutfi Akar, presidente de la Media Luna Roja de Turquía. "Estos chicos están creciendo en campos de refugiados. A esta generación tenemos que enseñarle que los problemas pueden resolverse sin peleas, y tenemos que borrarles las cicatrices de la guerra", agrega.

El gobierno turco estableció 27 "campos aptos para niños" en todo el país, donde alrededor de 100.000 chicos de entre cuatro y 18 años reciben apoyo, educación y la posibilidad de tener una infancia sin violencia.

Esos centros son el más reciente esfuerzo de las autoridades para redoblar su respuesta humanitaria y suministrar cuidados a largo plazo a las comunidades de refugiados que probablemente no puedan volver a sus hogares de origen durante años. A partir de los nueve años, a los chicos que hablan árabe se les enseña también el turco, para favorecer la integración. "Cuando llegan a un país distinto, tienen problemas, por las diferencias culturales y la barrera del idioma -dice Meryem Dolgun, un joven trabajador humanitario-. Tienen miedos y problemas de autoestima. Algunos piensan que no valen nada."

Los que sufren traumas severos son derivados a hospitales especializados, pero el resto recibe apoyo en los propios campos. "Dibujan tanques, aviones de guerra, cadáveres, chicos heridos, madres llorando. Los dibujos son la manifestación del trauma, el reflejo de su mundo interior", dice Dolgun.

La prioridad es suministrar escolaridad y un futuro a los chicos sirios que ahora viven en Turquía, para impedir lo que Dolgun llama "una generación perdida".

Esa tarea ha cobrado aún mayor relevancia política desde el año pasado, cuando Turquía se comprometió a tratar de frenar el flujo de migrantes hacia Europa, a cambio de 3200 millones de dólares en ayuda de la Unión Europea (UE) y de avances hacia la libre circulación sin visas de los turcos por Europa.

Como los campos de refugiados tienen capacidad para apenas 330.000 personas y muchos migrantes prefieren jugarse a pedir limosna o trabajar ilegalmente en las grandes ciudades de Turquía, apenas una fracción de los chicos refugiados recibe ayuda. Muchos de estos chicos no sueñan con Europa y tampoco con Turquía, sino con volver a sus hogares. "Creen que si regresan, recuperarán la felicidad. Eso los impulsa", dice Dolgun.

Uno de ellos es Gays Cardak, de seis años, que ya tiene planeado usar todo lo que aprendió en la escuela de Yayladagi para ayudar a su país, destrozado por el conflicto.

"Quiero ser médico e ingeniero. Nosotros, los ingenieros, vamos a reconstruir Siria, y yo voy a llevar a los soldados al hospital", dice Cardak, envuelto en su campera, en medio del crudo invierno turco.

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