Esperan que cese el oleaje que golpea las puertas de sus precarias casas. Reciben ayuda, pero no alcanza. Hasta la pesca escasea.
El oleaje continuo arrastra kilos de basura y la acumula en las puertas remendadas de las casillas. La postal se repite en los barrios Caridi, Itatí, Virgen de los Dolores, Esperanza y otros asentamientos costeros. Los pobladores, en su mayoría malloneros, saben cómo se comporta el río. Les da el fruto de la pesca, pero cuando se ensaña les quita todo.
La situación es grave
Según Defensa Civil, no será necesario sacar a la gente porque el río no alcanzaría la altura máxima de 7 metros y, pese a los pronósticos de lluvias, el nivel del agua comenzaría a bajar. Pero las familias que vivieron inundaciones toda la vida entienden, por lo que ven, que la situación es grave. El agua sigue avanzando, no para ni espera.
Por las dudas, los ribereños preparan lo poco que les queda de ropa seca en caso de que ya no puedan resistir. Saben que, en caso de que tengan que dejar el rancho, recibirán comida y abrigo en algún centro. Cuando el río ceda, volverán al “bajo” y todo volverá a comenzar, pese a la indignación y la impotencia.
Historias
Jorge López es mallonero. Nació y creció en el barrio Virgen de los Dolores, junto al río, y al hablar de la inundación lo hace con la calma que da la experiencia de haber vivido lo mismo a lo largo de los años. “La semana pasada vimos que el agua se venía, pero no podemos hacer nada. Nos registran, nos dan materiales y frazadas, pero no alcanza. Eso ya no sirve”, dijo a La República con los pies bajo el agua mientras atiende un kiosco que levantó con esfuerzo en el abismo de la costa.
En la misma cuadra, el matrimonio Cáceres relata que enviaron a tres de sus seis hijos a la casa de sus abuelos. “Están en un barrio más arriba, porque sufren del pecho y acá se enferman”, cuenta Mirta, con la mirada perdida en el horizonte de agua que comienza justo en la puerta de su precario rancho.
Su esposo, Carlos, trabaja en la construcción y, aunque sabe de levantar paredes, con lo que gana apenas puede alimentar a los chicos.
Espera el día que pueda cambiar su casa remendada con chapas, cartones y algunas maderas por una de ladrillos y cemento. “El año pasado nos dieron tablones para que podamos hacer una piecita más arriba, ahí pusimos las camas”, dice respecto del único espacio donde parece que están un poco más seguros.
Cuando el río baje, les llevará varios días quitar la basura acumulada. También están expuestos a enfermedades, pero ambos repiten: “¿Adónde vamos a ir?”. La vida en la costa es dura y, a la vez, es la única que conocen.
En el barrio Itatí, a la casa de María del Carmen Martínez la separan del río sólo cuatro escalones. “Pasan los días y seguimos igual. Siempre es así, año tras año”, insiste esta vecina que mira con resignación el cielo mientras agrega: “Encima, dicen que hasta el jueves seguirán las lluvias”.
Sin embargo, no dejará su casilla. “El río ya no me asusta”, asegura.
Estos son unos pocos testimonios de gente que vive junto al Paraná, que limitan sus pasos a las paredes precarias de sus casas porque no ven tierra firme.
Ancianos y niños buscan resguardarse del río, la lluvia, el frío, el viento de la noche y de la fuerza de todo lo externo que a veces se ensaña contra ellos y contra su pobreza.
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