Falsas urgencias

Por: Norberto Firpo.

Muchos productos de expendio común se utilizan o se consumen tal como fueron concebidos por la naturaleza o así como salieron de fábrica. Pues bien, el siguiente paralelo es un poco molesto: suman cada vez más las mujeres que se consideran manufacturas y que encaran la vida como si realmente lo fueran. (A propósito, una pregunta: ¿qué tal si hablamos de mujeres, ya que para el Mundial de fútbol y para Messi y Maradona hay muchas otras páginas?)

Días atrás, una chica cordobesa pretendió insuflarles más protuberancia a sus glúteos, se sometió a exótica praxis medicamentosa y una embolia pulmonar la deportó al más allá. La silicona líquida suele deparar esos riesgos y aun otros: en vez de morirse -cosa tan fácil-, otra chica, ansiosa por ganar posiciones en la pantalla chica, estropeó sus facciones con labios tan pulposos como los de un besugo. Contrajo serias infecciones y sus furtivas dermatitis la confinan al departamentito que supo obsequiarle un ex amigovio. Cierta proclividad a frivolizarlo todo, requiebros del pensar que conllevan toda clase de caprichos y un superyó elefantiásico, tales son los rasgos sustanciales de cuanta mujer se somete a torturas de variada especie por el solo hecho de admitirse mercancía.

La especie de vejámenes más frecuentada, y la que deriva en peores consecuencias, tiene que ver con la estética. A una muchacha envuelta en tales desórdenes no vaya usted a sugerirle que las edades altas ennoblecen al sexo femenino -más que al masculino-, amén de acreditarle una belleza que no repara en sinuosidades ni fruslerías. Algo es del todo cierto: la inteligencia es el único matiz de la belleza humana que logra independizarse de las arrugas.

Por algo las arrugas, la maldita adiposidad y la fea noticia de que el fantasma de la flacidez se ensaña contra juveniles turgencias son, en suma, agentes de baja autoestima para esas doñas que sólo confían en sus cualidades anatómicas, habida cuenta de que no tienen otro recurso para resultar atractivas. A la velocidad con que el lifting consigue cada vez más falsos milagros, el mercado de las apariencias femeninas ofrece novísimos engendros químicos destinados a rellenar zonas corporales venidas a menos. Y esa clientela no para de crecer.

La palabra metacrilato era absolutamente extraña para una beldad que, sin embargo, aceptó ser inoculada con esa sustancia para que su figura luciese un poco mejor. El resultado no pudo ser más dañino: semanas atrás, la televisión y la prensa escrita se ocuparon de esta chica de 23 años, cuya voluntad -hoy- es la de permanecer escondida, a oscuras. ¿Y todo por qué? Porque no atinó a reverenciar el más perdurable requisito estético, el que dicta el sentido común

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