Hoy se cumplen 37 años de uno de los hechos más luctuosos de nuestra historia: el golpe militar de 1976, que significó la desaparición de miles de compatriotas y la puesta en marcha de una nefasta política económica, de la mano de José Alfredo Martínez de Hoz, que aún tiene plena vigencia. Y que aún provoca que todos los días haya chicos que se mueren de hambre.
Lo ocurrido en aquellos años de plomo dista mucho de lo que quieren hacer creer desde el gobierno nacional, a través de un relato que cada día se vuelve más inverosímil. No es casualidad: en las filas de la administración K hay funcionarios, como la ministra de Seguridad, Nilda Garré, con pasado guerrillero y las manos manchadas con sangre.
El quiebre del sistema democrático vino de la mano de la guerrilla, que creyéndose una suerte de “vanguardia iluminada” primero se atrevió desafiar a Juan Domingo Perón y luego usó las armas para combatir a un gobierno constitucional, que había sido elegido por la inmensa mayoría del pueblo en las urnas. La extrema izquierda terminó siendo aliada y funcional a la derecha más recalcitrante, y juntas atentaron contra los intereses nacionales. Es más, los guerrilleros consideraron que la irrupción de los militares en la Casa Rosada era una oportunidad para su propio desarrollo.
No por casualidad la cúpula de Montoneros no fue alcanzada por la represión, mientras sus milicianos, que no tenían voz de mando, eran usados como carne de cañón. Es más, los jefes de la agrupación armada negociaron y mantuvieron una estrecha relación con unos de los personajes más siniestros de la dictadura, como fue el almirante Massera.
El mensaje de Perón
Muy ilustrativo resultaron las palabras de Juan Domingo Perón cuando en el año 1974, poco antes de morir, echó de la Plaza de Mayo a los Montoneros, llamándolos “estúpidos” e “imberbes”. A su modo, el líder del justicialismo les estaba advirtiendo que era imposible que el modelo socialista que querían instaurar estos sectores hubiese podido tener éxito en el Cono Sur, en el patio trasero de Estados Unidos. Y más después de que, en plena guerra fría, ese país -a través de la CIA- había operado abiertamente en el derrocamiento del presidente chileno Salvador Allende.
Esta izquierda loca no hizo caso a las advertencias, y actuó en función de los intereses antinacionales. El resultado fue trágico.
Según el informe final de la Conadep, conocido con el nombre de “Nunca Más”, fueron 8.961 los desaparecidos y 380 los centros clandestinos de detención. Las víctimas, en su gran mayoría, eran jóvenes formados y comprometidos en cambiar la historia. Varios de ellos, no todos, mantenían una equivocaron acerca de los métodos para la toma del poder: creyeron en los cantos de sirena que le decían que el cambio podía partir de la boca de un fúsil.
Si no le hubiesen arrebatado la vida, estos jóvenes hubiesen aprendido de sus errores y, seguramente, habrían constituido la clase dirigente que hubiese permitido sacar a la Argentina del ostracismo.
Debemos tener memoria para que no se vuelvan a repetir episodios tan luctuosos como los ocurridos en los años de plomo. Pero también hay que tener presente que los derechos humanos se siguen violando de forma sistemática, cuando el gobierno nacional mira para otro lado mientras ciudadanos inocentes mueren como consecuencias de la ola inseguridad o cuando, en un país con una capacidad para alimentar a 300 millones de habitantes, hay cientos de niños desnutridos.
La estrategia de querer reescribir el pasado, para evitar asumir las responsabilidades del presente, es una mentira de patas cortas.

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