Hubo una nueva sacudida en la Dirección de Tránsito municipal, pero las reglas de juego no cambian. Imperan los gritos y el autoritarismo de varios que no quieren perder sus beneficios, pero de jugar limpio no habla nadie. Claro, hay unos pocos que sí trabajan.
Se supo que una nota anterior de este semanario, titulada Fair Play, generó sin embargo cierto movimiento de piso en esa dependencia. Muchos que desde hace tiempo cobraban su sueldo sin siquiera ir a trabajar porque se les estaban retribuyendo quién sabe qué favores, después de 16 años de vagancia se vieron obligados por alguna orden de la superioridad a hacerse presentes en sus lugares de empleo, fichar y al menos cumplir el horario. Trabajar no trabajan, pero al menos están.
Se dice, por ejemplo, que después de ese 6 de febrero, aparecieron de la nada los eternos ausentes intocables: Luis Alberto Belmonte y Pedro Alberto Gómez. Para algo sirvió.
Pero eso no es todo lo que hay que saber. Parece que hace unos 20 días también hubo una asamblea de empleados de Tránsito con la directora. Los ánimos estaban caldeados porque, según se dice, con ella no se puede hablar: es una persona muy poco predispuesta al diálogo, y está muy ocupada en que las cifras le den bien ante el Ejecutivo. Los empleados dicen que “tiene humos”, y están dolidos porque -si bien ella asegura que quiere hacer las cosas bien- sienten que Rodríguez permanentemente se acerca a los medios de prensa para “hablar mal de la dependencia”.
Se lo pensaban decir. Aunque además los preocupaba mucho la situación de la Dirección: sentían que cada vez se le daba más poder a la Agencia Nacional de Seguridad Vial y a la policía, como si se planeara hacer desaparecer a Tránsito municipal. En el código interno de los empleados, dicen, “algunos quieren pintarla de naranja”, en alusión al color identificatorio de aquella agencia. Ellos creen definitivamente que serán absorbidos por la dependencia nacional, y de allí la preocupación.
Dicen los empleados que no hay respuesta para estas cuestiones, ni tampoco para las tan postergadas partidas para comprar uniformes, intercomunicadores y móviles: ellos preguntaron por qué se habían comprado ocho camionetas cuando la prioridad que habían acordado era la adquisición de motos, unas diez o quince, ya que la mitad de los agentes son motoristas y actualmente están sin vehículo. No encontraron respuesta.
Entonces, en la asamblea se planteó un tema polémico: el levantamiento repentino del servicio de Alfar, lo cual había sucedido cuando este semanario denunció que los agentes de Tránsito hacían figurar en sus tarjetas el doble del horario que efectivamente se cumplía. Hablamos de un punto estratégico de control que se efectúa durante el verano para regular el retorno de las playas del sur, pero en realidad funciona como una caja libre donde los agentes de Tránsito, y sobre todo los encargados, pueden obtener un sobresueldo de algo más de $6.000 por horas no trabajadas.
La respuesta de la Dirección ante la denuncia efectuada fue levantar el servicio. En la reunión se cuestionó el por qué de esta medida, si teóricamente el secretario de Gobierno Ariel Ciano estaría al tanto de ese fichaje fraudulento, y lo habría autorizado. Ciano lo reconoció, pero la Directora de Tránsito lo negó rotundamente: “yo no sabía”, afirmó como para despegarse del trance difícil, y con esas palabras comenzó a demostrarse un principio de desacuerdo entre ambos funcionarios, al menos en lo político.
También es cierto que la directora ya se había ganado el rechazo de sus empleados: antes de eso ya había tenido gestos de autoritarismo, había dado por cerradas discusiones que se le planteaban, o se había negado a dar explicaciones sobre sus decisiones. Mal camino. Cuentan que ella sola decidió que las motos secuestradas en la calle se trasladen en un camión desvencijado que ya se había retirado de circulación por no resultar operativo. La justificación fue increíble: “que cargue la Municipalidad con los riesgos si pasa algo”. Los empleados aducen que es el chofer del camión quien sufrirá los trastornos de un sumario si algo acontece. Eso es lo que temen.
¿Jueza Parrilli?
Pero esto tampoco es todo. Parece que los empleados ya tenían planeada una serie de reuniones para establecer acuerdos. En principio, los delegados del sindicato y sus empleados: pensaban ir a hablar con Ciano para pedirle que “la aplacara un poco a Rodríguez”, pero no llegaron a tiempo. Sucedió que en plena reunión entre empleados y su directora, el secretario se apareció de la peor manera. Reconoció no haber sido invitado, y abrió el fuego diciendo: “a ver qué pasa acá”.
“Estos negros nunca quieren trabajar”, dijo el secretario Ciano, en un alarde de cintura política y de manejo de grupo, lo cual fue más o menos el acabóse de su relación con los delegados. De allí en más, todo se desmadró. Los insultos iban en aumento y afectaron por igual a los funcionarios políticos, los empleados de planta permanente, y a quien quisiera oír.
“Ella es napoleónica” dijeron los empleados, pero salió de la reunión llorando porque no está acostumbrada a que la contradigan.
Tampoco Ciano se queda atrás. Aseguran los empleados que esta es su habitual modalidad para el intercambio verbal. Ya hace un año, en su primera reunión con delegados y gente del sindicato, había comenzado diciendo: “¿qué les pasa a ustedes?, ¿vienen a ver quién la tiene más larga?”. Una delicadeza. Dicen que como consecuencia del mal momento que se vivió, en el que hubo insultos, golpes y acalorados empujones, el delegado de la mañana, Rubén Iride, sufrió un ataque en el que se le endureció la cara y sus facciones se deformaron. Aún presenta las consecuencias de ese episodio nervioso.
Pero claro, en el robo y la estafa no ceden los especialistas, por más que les griten un poco. Sobre todo porque los que dicen no saber de las tramoyas resultan ser los que las financian.
El pasado 6 de marzo se corrió en la ciudad la tradicional carrera de triatlón, un medio Ironman, que requería de los servicios de la Dirección de Tránsito, en custodia y corte de calles. Ninguno o casi ninguno de los agentes pensaba concurrir, y lo habitual en estos casos es que pasen una carpeta médica por enfermedad. Total, el domingo no hay reconocimiento médico. Cuando tengan que concurrir el lunes, dirán que el malestar ya se les pasó.
¿Cómo resolvieron el problema los jefes Claudia Rodríguez y Miguel Grassi Muñoz? Le regalaron 6 u 8 horas extras a cada uno de los agentes que ese día aceptara cumplir con el trabajo que efectivamente le correspondía. Una bicoca.
También se afirma que varios encargados cumplen solamente la mitad de las horas extras que ciertamente están cobrando, y lo logran a través de un procedimiento muy solidario: se fichan unos a otros. Tal el acuerdo entre dos de ellos, Miguel Zubeldía y Fernando Pavón, por ejemplo. Se dice que lo mismo hacen Luis Dileo, Raúl Righelof y quién sabe cuántos más.
Hay 8 o 10 agentes que figuran desempeñándose hasta la 1 de la mañana en la manzana 115, pero en realidad se retiran a las 23: gozan de un sistema 4x2 en el cómputo de horas. La razón es que de esa manera los encargados les retribuyen por callarse la boca acerca de los que ellos mismos cobran de más. Como dicen los encargados: “hay que dejar ir a los pirinchos antes”. De esa manera, todos hacen silencio, y los jefes facturan desde la casa, parque en este último caso de la costa céntrica, el encargado ni siquiera va. A ninguna hora va.
¿Qué más agregar? Ella será napoleónica, como dicen los empleados en alusión a su ánimo dictatorial, pero además se ha olvidado del fair play. Quizá de lo único que no debió olvidarse jamás para una gestión honrosa. Una pena.


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