Son símbolos de las calles asesinas. O de los asesinos que impunemente matan desde detrás de un volante, en una ciudad que parece vivir sin ley. Una conductora pasó con luz roja, y mató a otra mujer que cruzaba la calle. El juez quiere que cumpla solamente una probation.
Nadie va preso por matar con un auto. Nadie, aunque se pruebe que no se han dado las condiciones para hablar verdaderamente de un accidente, es decir de una eventualidad. Aunque se dé por evidente la situación a todas luces comprobada de que fue el conductor quien ejecutó maniobras que podían causar la muerte de uno o más peatones. Es decir que la justicia insiste en mirar hacia otro lado, por más que existan acciones inequívocas que condujeron a provocar la tragedia.
Somos la ciudad marcada por las estadísticas, como la de mayor peligrosidad a la hora de a caminar por sus calles. A la hora de mandar chicos a la escuela caminando o en bicicleta. A la hora de salir a correr. A la hora de cruzar una calle, simplemente para concurrir al almacén de la esquina. La concentración de vehículos y la anarquía explícita hacen que sea menos riesgoso nadar entre los tiburones del Caribe o acampar en la selva colombiana. Por supuesto que la Dirección de Tránsito colabora cumpliendo a pie juntillas con lo menos indicado: permanece a la vista de todo el mundo realizando controles de papeleo, cuando debería verificar y punir las atrocidades que se pueden observar en cada esquina.
Todos saben que en esta ciudad, después de las doce de la noche, se puede doblar en U en cualquier avenida, girar a la izquierda en cualquier semáforo aunque no lo habilite, y correr picadas ilegales para emular a los actores de la saga de “Rápido y furioso”. De más está decir que a nadie le importa absolutamente nada, y que los agentes controladores parecen ser expertos en proteger su propia seguridad: tienen cuidado de no detener a los que pueden ser peligrosos, y sólo se entretienen en verificar recibos de pago del seguro contra terceros, a las doce del mediodía.
Ayuda, por favor
Las ONGs que intentan hacer algo para modificar esta situación sienten realmente que están remando en la arena blanda. Cada vez las cifras son más desalentadoras, y no existe un control real de las condiciones imprescindibles en una persona para que sea capaz de conducir un vehículo: una evaluación psiquiátrica dejaría sin licencia a un porcentaje importante de los propietarios del parque automotor, que evidencian permanentemente conductas demenciales a la hora de conducir, y el mayor de los desprecios por la especie humana que tienen en la mira.
APRAVAT es la Asociación de Víctimas de Accidentes de Tránsito que ha decidido apoyar en Mar del Plata una campaña que ya es nacional. Consiste en señalizar con una estrella amarilla el sitio donde una persona ha perdido la vida, víctima de un accidente vial. Recientemente se colocaron dos en la intersección de la Avenida 180 y Falucho, en recuerdo de que el 1 de mayo de 2002 fueron allí atropellados Margarita Gorosito y su nieto Marcos Astrada, de dos años, y murieron. El conductor estaba borracho y presentaba un nivel de alcohol de 2,5; es decir cinco veces lo permitido por la ley. Se llama Marcos Urros.
También en Independencia y Roca se colocó una estrella. En este caso se pretende recordar que allí fue atropellada Antonia Castellanos cuando descendía del colectivo, que no se había acercado suficientemente a la vereda. La mató una moto que pasó a gran velocidad por la derecha del micro.
El presidente de APRAVAT es Ricardo Vega, e informa con dolor que esto es parte de lo que podemos hacer: recordarle a la sociedad que ha habido pérdidas fatales en estos sitios, y que los funcionarios que tienen a su cargo hacer que la ciudad sea más segura, están ocupados en sendas sesiones de fotografía, o comenzando a disputarse los puestos para las próximas elecciones. Las estrellas amarillas, en tanto, ya constituyen una constelación.
El caso que hoy nos ocupa es una muestra más de la inseguridad vial, y está en este momento en manos de la Cámara Departamental de Apelaciones y Garantías en lo Penal, en virtud de los recursos presentados tanto por el ministerio público como por el particular damnificado.
Se trata de la causa que se sigue en contra de María Emilia Durante por el homicidio culposo agravado de Claudia Villanueva. Los hechos son de no creer.
Impunidad
Sucedió el 14 de noviembre pasado, cuando la conductora Durante, hoy no imputada, circulaba por avenida Luro. Al llegar a la intersección con San Juan, no respetó el semáforo en rojo, y la atravesó con su Ford K a alta velocidad: arrolló a Claudia, quien terminaba de cruzar la avenida. Luego se dio a la fuga. Sí, se escapó, y dejó a la víctima tirada en la calle, pero un taxista –seguramente indignado por lo que veía- la persiguió hasta San Martín entre Dorrego y Guido, donde le cruzó el taxi y dio aviso a la policía.
Claudia sufrió en el momento una fractura de pelvis, y falleció después de veinte días de internación, víctima de un shock séptico refractario, secundario a la fractura de pelvis traumática.
La Fiscalía de Delitos Culposos Nº 11 instruyó las actuaciones y elevó a juicio la causa bajo la carátula de homicidio culposo agravado por conducir un vehículo automotor. Pero el juez en lo correccional Jorge Rodríguez tomó una decisión unilateral, es decir sin haber llegado a acuerdo alguno ni con la fiscalía ni con el particular damnificado: suspendió el juicio y aplicó una probation.
La fiscal María Teresa Martínez Ruiz obviamente se opuso, y propuso la realización de un juicio abreviado o el juicio oral correspondiente. Nada sucedió.
El juez consideró que la oposición era arbitraria e irrazonable, y se centró en los derechos de la imputada: aplicó como única sanción, no una pena sino lo que se consideran “reglas de conducta”, ya que Durante no ha sido juzgada. Deberá fijar domicilio en la provincia, someterse al control del Patronato de Liberados, realizar dos horas semanales de tarea comunitaria, aprobar un curso de manejo defensivo, abstenerse de manejar vehículos y continuar el tratamiento psicológico que viene realizando. Nótese que se indica “abstenerse”, es decir que ni siquiera hay una prohibición expresa de conducir.
Fiscal y abogado solicitan en sus presentaciones la realización de un juicio donde, por supuesto, la conductora tenga derecho a defenderse, y a resultar absuelta si fuera justo, luego de que los hechos sean efectivamente analizados. Pero si se comprueba que sucedieron como se ha narrado, ambos solicitan la necesaria sanción ejemplificadora, para que por fin no resulte igual matar gente por la calle o no hacerlo.
Señalan con certeza, que la sanción impuesta ha resultado menor que la que aplicaría un juez de faltas a un conductor que se hubiera cruzado el semáforo en rojo sin matar a nadie, ya que le habría cabido una multa, es decir una sanción económica al menos, y la retención de su carnet de conducir con carácter de prohibición.
Pero otra vez, nada. Tensa espera y preocupación. Es evidente que las estrellas amarillas se multiplican y forman una constelación de lo que no debió ser, de lo que no es un cielo sino un infierno. Seguimos a la espera de que alguien se ocupe de una vez de estas cosas, de que no sea más grave haberse olvidado los papeles del coche que matar a un peatón. Una espera que tiene pocas esperanzas de resultar fructífera. Pero hay que hacerlo.

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