Por Hugo Caligaris.Lo malo de la ilusión son sus patas cortas. Uno se deja seducir, se siente joven otra vez, listo para soñar, y de repente, ¡ñácate!, se ve la falla, el error no forzado, y lo bajan a uno de un hondazo. Qué deprimente es que la vida real no esté nunca a la altura de la vida soñada.
Dadas la juventud y el futuro del personaje, sentíamos reverdecer las esperanzas. Más cursi todavía: creíamos ver la luz en el fondo del túnel y a Pete Seeger cantando We Shall Overcome en el andén de la estación iluminada.
Y, de golpe, el error. Cuando quien aspira a ser el líder del tiempo por venir se dé cuenta de lo que hizo, probablemente sea tarde. ¿Por qué el ataque artero, el golpe al corazón del movimiento? ¿No es, acaso, la rama sindical la que estructura y le da fuerza y razón de ser a su partido? ¿Desde cuándo quien levanta banderas de justicia social se da el lujo de llamar "piantavotos" al delegado de los trabajadores? ¿Cómo conseguirá ahora desviar hacia su propia persona el amor que el pueblo siente por el secretario general? Es una lástima: el tamaño de la decepción supera las distancias de por sí largas que separan a la Casa Rosada de la ciudad de Salta.
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