Los belgas despidieron a Alberto II, que llevaba casi 20 años de reinado, y recibieron a su hijo Felipe, aunque desconfían de su capacidad para liderar un país dividido
"Juro respetar la Constitución y las leyes del pueblo belga, mantener la independencia nacional y la integridad del territorio", declaró el nuevo monarca en neerlandés, francés y alemán, las tres lenguas oficiales. De esta forma, a los 53 años, el heredero primogénito de la dinastía Saxo-Cobourg asumió la jefatura del Estado belga.
Pero no todo fue entusiasmo. Tras el anuncio de la abdicación de su padre, el 3 del actual, los 11 millones de belgas se preguntan con inquietud si el nuevo monarca podrá asegurar simultáneamente el futuro de la dinastía -jaqueada recientemente por diversas peripecias- y la unidad de un país fragmentado por las rivalidades entre los flamencos de Flandes y los francófonos de Valonia.
En todo caso, nada indica que la nación podrá evitar una nueva crisis de envergadura después de las legislativas de mayo 2014. Por el momento, en Flandes, el nacional-populismo encarnado por el partido independentista de Bart De Weber, el líder de la Alianza Neoflamenca (NVA), conserva todo su vigor.
Después de desempeñar durante su reinado un papel esencial en el mantenimiento de la unidad belga, las últimas palabras de Alberto II estuvieron precisamente destinadas a recordar a sus súbditos la importancia de la cohesión.
"Mi última recomendación para todos ustedes es: trabajen sin descanso a favor de la cohesión de Bélgica", dijo con la voz quebrada por la emoción. Exhausto por las terribles divisiones y las tormentas políticas que estremecieron al país en los últimos cinco años, Alberto II decidió abdicar a favor de su hijo tres semanas antes de festejar sus 20 años de reinado.
Lejos de las ceremonias monegascas o británicas, en Bélgica no hubo fastos ni representantes de casas reales o dirigentes extranjeros. Como lo exige la tradición y acompañado de su esposa, Matilde -verdadera estrella de la pareja-, Felipe I prestó juramento ante las cámaras del Parlamento, en una ceremonia acorde con el temperamento retraído del nuevo rey: un hombre tímido, criticado por su escasa empatía, a veces hasta torpe, y nunca cómodo con la prensa.
Presentado por muchos especialistas como "el peor heredero de Europa", Felipe esperaba este momento desde hacía tiempo. Desde la muerte de su tío, el rey Balduino, en 1993, de quien heredó sus convicciones ultracatólicas y conservadoras.
Para la mayoría de los belgas, Alberto II fue un rey jovial, bon vivant , pero sobre todo un visionario en política: "El mejor adversario de los independentistas", según sus súbditos. Para Felipe, en cambio, ese padre siempre ausente que lo mantuvo al margen del Estado habrá sido un auténtico obstáculo a la realización de su verdadera ambición: ocupar el trono.
Nada fue fácil para el nuevo monarca. Desde su adolescencia, Felipe tuvo que soportar suspicacias, insinuaciones y rumores sobre sus supuestas inclinaciones homosexuales, su hermetismo y su ausencia de vida conyugal. Otros subrayan sus "límites intelectuales" y, naturalmente, sus problemas de comunicación.
Si bien los allegados a la casa real califican esos rumores de "escandalosamente falsos", su reiteración terminó por dejar huellas. Las encuestas realizadas en las últimas semanas lo confirmaron: en todas las regiones del país, los belgas hubiesen preferido que Alberto II no abdicara..
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