Los miles de ciudadanos que cruzan cada día la frontera con Túnez creen que los seguidores de Khadafy se vengarán con los suyos
Tiene unos 40 años y no quiere dar su nombre, temerosa de las represalias que pueda sufrir su marido si su fotografía aparece en un periódico al que tengan acceso los acólitos del régimen de terror libio. El miedo se intensificó entre los miles de refugiados que entran por la frontera de Ras Ajdir, entre Libia y Túnez, donde desde hace tres días avanza una avalancha imparable de personas que huyen de la implacable mano de hierro de un Muammar Khadafy acorralado.
Miles de refugiados entraron en estos últimos tres días por la frontera, como confirmó a La Nacion un capitán de la policía de Aduanas que estimaba en 3000 personas sólo la afluencia de ayer. Casi todos ellos son inmigrantes chinos, turcos o tunecinos que trabajan en Libia y se vieron obligados a huir ante la creciente violencia y odio instigado por el régimen contra todos los extranjeros y opositores.
También había algunos libios que viven cerca de aquí y han decidido pasar a Túnez, los más discretos y recelosos con los periodistas. Si en días anteriores pasaban por aquí hombres jóvenes, hoy había familias enteras con mujeres, niños e incluso muchos bebes.
Ya no sólo arrastran una pequeña valija, sino que desfilan ante las vallas de protección ríos de personas cargadas con muebles pequeños, mantas o incluso televisores, vitoreados por ciudadanos que celebran la llegada a su país, dándoles ánimo y consuelo.
Uno de ellos, de unos 30 años, se levanta la remera y exhibe su espalda. Rápidamente se forma una nube de curiosos y de cámaras a su alrededor. Está golpeado del cuello a la cintura con moretones visibles e hinchados. Cuenta que es un jardinero del Palacio Presidencial de Khadafy, que decidió dejar el país con sus compañeros al notar la creciente hostilidad de los partidarios del régimen, que los acusan de instigar las revueltas tras el triunfo de la revolución tunecina que acabó con Ben Alí y despertó la primavera árabe. "En la ruta nos atacó un grupo de jóvenes que estaban apostados en un control ilegal", explica.
Hacia el mediodía Said, un joven tunecino, avanza sin valijas ni compañía, llorando a moco tendido. "Me robaron todo y mataron a mis dos amigos delante de mí", afirma al tiempo que un grupo de libios le grita y lo increpa para que no haga declaraciones a la prensa extranjera.
Hay mucho miedo entre los refugiados, que prefieren pasar inadvertidos, temerosos de las represalias que puedan sufrir el día en el que puedan regresar a sus casas, lo que ofrece una idea del terror infligido durante la agonía del régimen.
"De momento no podemos volver, las rutas están muy peligrosas, casi intransitables", afirma un hombre de unos 50 años sin parar de caminar.
Decenas de voluntarios instalaron mesas plegables improvisadas donde les ofrecen pan, sándwiches de atún con tomate y agua. También les dan pastas, chocolate o frutas y yogures que atrapan al vuelo mientras siguen caminando sin parar, buscando algún transporte que los acerque a alguna población cercana.
Un poco más lejos hay una gran hilera de ómnibus habilitados por las autoridades tunecinas para llevar a los refugiados hasta la ciudad de Gedas, donde los esperan carpas.
"La emergencia humanitaria es evidente. Libia necesita que dejen entrar abastecimiento. Aquí tenemos un pequeño hospital de la Cruz Roja, pero nos han dicho que el ejército no deja llegar a los heridos hasta aquí para que nadie vea en el mundo lo que está pasando", explica un responsable de seguridad de la frontera vestido de civil. La Cruz Roja instaló dos puestos de campaña donde esperan a los heridos, pero apenas atienden a algún chico o mujer con signos de agotamiento.
Los responsables de este paso fronterizo esperan la llegada hoy de más refugiados, dado que la rebelión se extiende hacia el oeste de Libia. Algunos de ellos cuentan que hay miles de muertos e incluso hasta cadáveres desparramados en las calles.
"Me dijeron que están tirando los cadáveres al mar", cuenta a La Nacion un hombre que afirma ser un militar que ha desertado. "Cuentan que están yendo casa por casa a matar a la gente, y en particular toman represalias contra los familiares de los soldados que han decidido dejar el ejército, porque no estamos de acuerdo con este baño de sangre, esta masacre contra nuestro pueblo."
Todas son informaciones imposibles de verificar, dado el cerrojo informativo y la imposibilidad de acceso para ciudadanos y periodistas a la zona oeste del país, aún controlada por tropas gubernamentales y donde al parecer hay fuertes enfrentamientos.
Algunos de los refugiados entran envueltos en una bandera de color rojo, negro y verde. Es la que estaba en vigor en 1951, antes del golpe de Estado y la llegada de Khadafy al poder, en 1969. El dictador prefirió sustituirla por una totalmente verde, símbolo de su revolución islámica y color favorito del excéntrico dirigente, aún visible a lo lejos, izada en el puesto de control que observamos desde Túnez.
"Ayúdennos, necesitamos leche para los niños. La ayuda internacional tiene que llegar. Khadafy caerá o morirá", pronostica uno de ellos.
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