Todavía no logran retirar el agua de las calles en el barrio Don Bosco, pese a los trabajos que se están realizando. Muchas familias temen abandonar sus casas por miedo a que les roben.
Todavía quedan unos 200 evacuados que habían sido rescatados de sus hogares y trasladados a centros comunales, escuelas o sedes de comisiones vecinales. Otros, muchos más, eligieron quedarse a pesar de tener el agua hasta las rodillas. Esa cifra no pudo ser estimada y difícilmente lo sea.
Una de las zonas más afectadas, si es posible hacer una comparación del daño, es la que se extiende desde Canal V hasta Don Bosco. En esa zona el agua circula libremente por las calles troncales y se mete por todos lados en los hogares. Es cierto, el agua empezó a bajar, pero lo hizo apenas unos 15 ó 20 centímetros, lo suficiente para empezar a mostrar el peor escenario: las pérdidas y la devastación.
María, que vive en una muy humilde vivienda en la esquina de Soldado Desconocido y Gabriela Mistral, camina descalza y con los pantalones arremangados apenas por debajo de las rodillas. No hace nada porque no puede; sólo mira como el agua sucia, mezclada con materia cloacal, se filtra por debajo de sus muebles. “Tenía una bomba, pero se me quemó y no puedo sacar el agua que entra por el baño”, lamenta mientras unos nenes duermen en colchones todavía húmedos.
Dos hijos adolescentes son los responsables de cuidar la barricada que los vecinos de María montaron en la esquina. Una carcasa de un lavarropas, una silla de plástico rota, una cinta roja y blanca de seguridad y un alambre atado a una cubierta, impiden el paso de vehículos. La situación se repite en casi todas las calles del barrio para evitar que los autos generen olas que vuelvan a empujar el agua a sus hogares.
El nivel dentro de la casa de María es el mismo que tiene la calle; nunca va a poder evacuar y secar sus pertenecías mientras el agua no se vaya. “¿Por qué no se fueron?”, pregunta un cronista que recorre el barrio. “Es que si nos vamos nos roban todo”. Y asegura que los mismos vecinos son los que aprovechan para vaciar algunas viviendas aprovechando la ausencia de la gente que fue evacuada.
Todo perdido
Junto a la mujer vive un comerciante que vende maquinaria para hacer pastas y pan. “El depósito se me llenó de agua y barro; todavía no pude ver qué es lo que perdí”, lamenta Gustavo, mientras trapea el piso de cemento que da acceso al galpón en el que guarda sus herramientas y productos. La marca del agua se ve; un leve tizne de barro y restos de alguna planta recuerdan que la barda neuquina descargó miles de toneladas de líquido y desechos sobre la zona costera.
A pocas cuadras, en la esquina de Ignacio Rivas y Domene, dos palas mecánicas trabajan para formar diques de contención que permitan hacer piletones para colocar bombas centrífugas que extraigan el agua acumulada. Dos bombas prestadas por empresas petroleras funcionan sin descanso desde hace dos días. El agua es arrojada al arroyo Durán, el canal que atraviesa el sureste de la ciudad y que funciona como colectora. A pesar del esfuerzo, el agua apenas disminuyó su nivel. Ignacio Rivas sigue pareciéndose más a un brazo del Río Limay que a una de las principales arterias de la ciudad.
En esa esquina está la sede física de la Comisión Vecinal de Don Bosco. Unas 30 personas están refugiadas en ese espacio. Algunos duermen en colchones colocados sobre el suelo en oficinas cuyos muebles se apilan apurados contra una pared; otros desayunan en la cocina o en el salón principal. De fondo, sintonizada en un celular por la falta de energía eléctrica, suena la radio LU5.
Desesperanza
Lucas, de 12 años, dice que extraña su cama. Hace 5 días que vive con un poco más de una decena de chicos de su edad o más chicos. “Sí, extraño mi casa y mi cama, quiero volver”, afirma con incertidumbre.
Su madre expresa el dolor en su voz entrecortada. “No sé qué vamos a encontrar cuando volvamos, mi marido estuvo yendo a la casa parta cuidar las cosas”, dice Gabriela. Su esposo es un albañil cuentapropista que lleva 5 días sin generar un ingreso económico. “No tenemos para comer porque no hemos podido comprar nada, así que vamos a estar acá hasta que podamos volver que no sé cuando será”, añadió.
El ruido de las máquinas retroexcavadoras marca una mañana complicada para quienes el final de la tormenta es sólo una palabra que deviene vacía cuando miran a su alrededor. El agua turbia, la basura y la materia fecal que flotan en las calles y habitaciones, sigue haciendo olas.
Para muchos la tormenta terminó, paro muchos más la tormenta recién comienza a mostrar su cara más cruel.
Comentá la nota