Enamorarse de un kiosco

Enamorarse de un kiosco
Vende más barato, hace sorteos y hasta conoce por su nombre a los clientes, que dejan mensajes de amor escritos en una pizarra.

La relación de amor entre el kiosco y sus clientes es un tópico poco explorado por el fetichismo metropolitano. Se sabe que la seducción entre hombres y mujeres –con sus ramificaciones, claro– no es la única preferencia que existe entre seres humanos. Más cercano al tecnosexualismo que Gustavo Adolfo Bécquer, llega para todos ustedes la historia de la fachada de un negocio.

Ningún ejemplo más concreto –más ladrillo– que el drugstore de Ciudad de la Paz y Santos Dumont.

“Dos años juntos”, dice el cartel que está afuera y desborda de dedicatorias + besos escritos. Esa especie de yeso en el brazo del fondo de comercio acumula firmas que dicen “aguante tener este kiosco en la vecindad. O, gracias por bancarme . Una tal Miki pone un enfático te quiero mucho!!!

Y hay más: cuando llegué a este barrio en este kiosco encontré de todo, sobre todo mucho afecto.

Hay amor. Esos amores materiales, tan parecidos a los de la vida misma (¿el mismo amor que debe sentir Ale Sergi por Andrea Rincón?).

“Lo que pasa en este kiosco es que se inauguró un 15 de febrero de 2011. Un 15 de febrero nació mi abuelo. Es una fecha mágica. La carrera de lo simbólico empieza por ahí, sigue con el poema que puse en la puerta y continúa con lo sueños. Ese dibujo – señala un sol, unas escaleras – fue un sueño que tuve”.

¿Amar un kiosco es la última perversión al capitalismo? Aunque en el barrio juran que este inexplicable cariño empezó mucho antes del congelamiento de precios, los que escribimos en diarios tenemos la obligación de desinflar deidades y fetiches – ojo, es agradable hablar con las paredes, y más desde que se puso de moda el muralismo, Facebook incluido –. Como sea, te enseñaron que los cuerpos actúan a través de un alma, así que pasás al interior del negocio.

“A mí me gusta escribir sobre la determinación”, nos dice Diego Martín, así se llama el joven por detrás del pequeño fenómeno barrial. “Tengo otros poemas en casa. ¿Sabías que el 99 por ciento de las cosas están al alcance de la mano y no lo sabemos? Lo mío es simple. Se llama fuerza diaria”. Diego habla con frases cortas y puede llegar a sonar como Gardiner, el personaje del escritor Jerzy Kosinsky. “En casa tengo un pequeño jardín”, cambia de tema, o escucha nuestro pensamiento. “El jardín no me lo toca nadie. Es mi retiro espiritual”.

Diego, profeta en su tierra, es una granada a punto de estallar en la lógica mercantilista de un barrio donde se consiguen más arándanos que naranjas. El sabe que viene de otro palo. En la entrada pegó el poema Destinos Inciertos. Un verso: las verdades son variadas, las opciones, demasiadas.

Antes de hablar con los proveedores, Diego Martín escribió su escurridizo manifiesto y lo estampó en la puerta. Allí, y a su modo, describe con palabras y dibujos como es su encuentro con el otro mediante la cultura del oficio. Un psicólogo amigo de las aguarraces se para frente al kiosco y pone en su cuaderno: las escaleras – por el dibujo – son para subir, nunca para bajar. Siempre son escaleras al cielo, nunca al infierno porque el gran tema de la civilización es ascender. Los edificios tienen ascensores, no descensores.

Un comerciante, otro, también kiosquero, es arrastrado hasta el local para que aporte su punto de vista. “No entiendo nada”, dice, “para mí que el muchacho es del Centro Cristiano de Fe y Milagros. Miralo, sólo le falta poner amarás a tu prójimo como a tí mismo”. ¿Y si dimos con el verdadero espíritu comercial?

Diego: “La autonomía es lo que me permite hacer las cosas a mí manera. Donde pongo una semilla sé que va a crecer un árbol. El kiosco es mi casa. Me paso 15 horas acá adentro. Si me preguntás qué hago para acercarme a la gente, pero qué hago concretamente, te contesto que trato al cliente como si en vez de ser habitante de una ciudad fuera habitante de un pueblo. ¿Más claro? Hago sorteos, los conozco por los nombres, vendo la gaseosa más barata del barrio... Si fuera colchonero, ferretero, repositor de cueritos, lo que sea, no cambiaría nada. Lo que importa es la impronta de uno. Yo me hago tiempo, sé escuchar, el kiosquero es un poco un psicólogo. Cuando cumplí las cien mil ventas, cumplí los cien mil gracias. Sí, soy un agradecido total”.

Ahora el testimonio de una vecina que cometió “adulterio comercial” y por eso prefiere mantener su nombre en reserva: “Iba a un kiosco de (la avenida) Cabildo que me queda más cerca, pero dejé de comprar allí porque había cartelitos que decían ‘no cargamos tarjeta SUBE’, ‘no tenemos cambio’, ‘no hay monedas’. Muy negativo todo, nada que ver con la onda del drugstore” ¿Y por qué drugstore, Diego? “Viví dos años en una aldea de Canadá y hace poco volví para saludar a mi otra gente. Los quiero mucho”. Pide un segundo, va y viene con un puñado de notas que le hicieron en el país del norte.

“No lo tomes a mal –sonríe Diego– , pero alguien me vio antes que vos”

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