El boom sojero iniciado hace poco menos de dos décadas a nivel nacional, tiene su correlato en Luján. En la campaña 2008-2009, el cultivo alcanzó su pico máximo con 14.714 hectáreas. En contraposición, se percibe un fuerte retroceso en la siembra de maíz, trigo y girasol.
En los campos lujanenses, como en el resto de la llanura pampeana que los manuales escolares se empecinan en caracterizar como el granero del mundo, predominan los cultivos de soja, emergentes de un modelo agropecuario importado cuyas consecuencias sociales, ambientales y económicas expanden las zonas alcanzadas por ese “desierto verde”, según la denominación que utilizan aquellos sectores críticos al actual sistema productivo. Para otros, los menos, el modelo funciona a la perfección: ganancias rápidas a cambio de nulo riesgo productivo y escasa mano de obra.
Un análisis estadístico permite acercarse al avance de los cultivos de soja transgénica en el distrito en detrimento de otras producciones. Según datos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, en Luján la superficie cultivada con esa semilla triplica al resto de las otras alternativas. La campaña 2008-2009 marcó el pico de tierras afectadas a la soja, con un total de 14.714 hectáreas, una producción de 20.441 toneladas y un rendimiento de 1.418 kilogramos por hectáreas. En ese mismo período, 2.000 hectáreas fueron destinadas a trigo y una cantidad similar a maíz, mientras que 500 se ocuparon con girasol. De esa manera, si se suman los tres cultivos se obtiene una cifra redonda y aproximada de 4.500 hectáreas, muy por debajo de las casi 15 mil destinadas a soja.
Por otra parte, si se toman como referencias los Censos Nacionales Agropecuarios de 1988 y 2002, se observa que en el transcurso de esos 14 años la superficie cultivada con soja en el distrito se duplicó. Apenas 20 años atrás, cuando la soja transgénica aún no había ingresado al país (ver “La firma de Solá”), Luján registraba un territorio destinado a ese cultivo que oscilaba, según las campañas, entre las 3.000 y las 5.000 hectáreas, sin demasiadas variaciones durante algunos años. Desde mediados de la década del 90, en cambio, se registró un avance constante, superando desde el 2004 las 10 mil hectáreas en todas las campañas. En dos décadas, entonces, la semilla alcanzó un incremento de superficie superior al 300 por ciento.
En ese período, las otras tres producciones perdieron impacto. En el caso del girasol, de las 2.500 hectáreas cultivadas en 1988, se pasó a sólo 500 a partir de 2003, lo que significó una disminución del 80 por ciento. Siempre según las estadísticas del Ministerio de Agricultura, en el caso del maíz, las 3.000 hectáreas de la campaña 1988/89 se redujeron a 1.500 en los últimos años, con pequeñas variaciones según los períodos, una baja del 50 por ciento. El caso del trigo, en tanto, es similar a los anteriores. Del pico de 4.800 hectáreas cosechadas en 1997, entre el 2009 y el año pasado ese cultivo alcanzó su piso más bajo al ser utilizado en una superficie de 1.230 hectáreas.
A su vez, en cinco años el lino desapareció de los campos lujanenses. En la campaña 1991-1992 se utilizaron 600 hectáreas. Tres años después, dejó de mantener índices significativos en el distrito.
En el resto de la provincia la situación es similar. La gran expansión incluyó la manipulación genética de la semilla como parte de un paquete tecnológico a base de agroquímicos, en sintonía con el alza de los precios internacionales. En 1970, apenas 1.270 hectáreas bonaerenses fueron utilizadas para el cultivo de soja. A partir de la década del 90 los números se multiplicaron varias veces. En 2006, apenas 10 años después de la introducción en el país de la soja transgénica, 4.057.028 hectáreas de la provincia recibieron el cultivo. En la campaña 2009-2010, la cifra alcanzó los 5.676.132.
En el plano nacional, la expansión del monocultivo implicó una reducción del 44,1 por ciento de la superficie cultivada de arroz y del 26,2 por ciento de maíz. En el caso del girasol y del trigo, esa baja alcanza el 34,2 y 6 por ciento respectivamente; mientras que las estadísticas indican una disminución de 12 veces para el algodón y el cierre del 27,3 por ciento de los tambos. La soja también avanzó sobre los bosques nativos: en 10 años se perdieron 2,5 millones de hectáreas.
ANÁLISIS
El ingeniero agrónomo Eduardo Troitiño, responsable del emprendimiento BioHuellas ubicado en el camino a Carlos Keen, fue uno de los vecinos que participó en el reclamo que permitió la sanción de la ordenanza sobre fumigaciones, reglamentación que en la práctica pone un freno al avance de la soja y a la utilización de agroquímicos.
En diálogo con EL CIVISMO, Troitiño analizó el actual modelo productivo y brindó alternativas ante el nuevo panorama que se abre con la obtención de la norma votada por el Concejo Deliberante.
“La soja tiene un alto precio, pero es subsidiado, porque no se considera el costo en combustible y el paquete de químicos que se usa. La soja no podría existir en la naturaleza porque es transgénica. En el ideal de progreso nos metieron que la soja estaba muy bien porque incluía un paquete completo de tecnología que te permitía reducir la cantidad de personas que laburan en el campo y se podía hacer casi de manera industrial con mucha seguridad de éxito. Eso hizo que los capitales financieros se volcaran a eso”, explicó.
El profesional recordó que “la soja es una cosa creada para darle de comer a animales que están enfermos de hormonas y de porquerías”, y que “se produce con un sistema que utiliza un recurso estratégico como el petróleo, algo que afecta la soberanía alimentaria con la excusa de alimentar al mundo, algo que es una mentira grande como una casa. En realidad son capas y capas de mentiras”.
- ¿Cómo baja ese esquema a los municipios?
- La ordenanza fue lograda por la lucha popular, no fue la idea de un grupo de arriba. Esto baja porque la gente comenzó a ver que su salud estaba en riesgo. En la zona de Carlos Keen se puede utilizar el espacio que va a quedar libre de agroquímicos para producir alimentos que pueden ser utilizados en los restaurantes de la zona y en la alimentación local. Hay que ser creativos. Hay que diseñar para la gente, no para un tipo o una empresa.
- ¿Cuáles cree que son los pasos para lograr una implementación completa de la ordenanza?
- Primero convocar a las personas que estuvieron trabajando en la ordenanza. El primer paso es lograr que se respeten las distancias establecidas. Eso no se lo vamos a pedir a la Municipalidad, cualquiera sabe lo que son 500 metros. Sabemos cuáles son las fechas de fumigación. El monitoreo de los vecinos es fundamental. Después está el compromiso del productor, y para eso hay que sacarse de la cabeza que todo productor agropecuario es un hijo de puta. Hay que conquistar productor por productor ganándole el bolsillo, el alma y el corazón. Hay pasos para lograr la certificación orgánica de la producción, algo que puede ser subsidiado. El 95 por ciento del volumen de la producción orgánica se exporta a Estados Unidos y Europa, todavía China no entró al mercado. Por otra parte hay que controlar que no metan ganado en las zonas libres de fumigaciones. Se les puede ocurrir el sistema de Feed lot, pero tenemos que seguir lo que dice la ordenanza, que establece que esas zonas son para seguridad alimentaria, sistemas agroecológicos. Y un Feed lot no es agroecológico.
La firma de Solá
La soja transgénica resistente al glifosato ingresó al país en 1996. El entonces secretario de Agricultura de la Nación, Felipe Solá, le puso la firma a un expediente sospechado de varias irregularidades. Según se denuncia en un artículo periodístico publicado por el periódico Mu, de las 180 páginas que conforman ese expediente, “108 pertenecen a la presentación de la empresa Monsanto, están en inglés y nunca fueron traducidas”. A su vez, el trámite de autorización demandó 81 días.
En el artículo se citan las objeciones efectuadas por Julio Pedro Eliseix, coordinador del área de Productos Agroindustriales del Programa Nacional de Vigilancia Fitosanitaria (actualmente SENASA). En una nota formal dirigida a un funcionario superior del organismo, el profesional marcaba que antes de continuar con la evaluación del producto de Monsanto resultaba necesario establecer criterios de análisis para evaluar sustancias manipuladas genéticamente, específicamente por “la aparición de efectos no deseados como alergenicidad, cancerogénesis y otras toxicidades”.
En tanto, el ingeniero agrónomo Juan Carlos Batista, director de Calidad Vegetal del mencionado organismo, envió una carta a Monsanto manifestando la importancia de conocer la contestación de la empresa a las observaciones de la agencia estadounidense de drogas y alimentos. Aunque repitió el pedido, no obtuvo respuestas.
Fuera de tiempo
A una semana de aprobarse la ordenanza que pone límites a las fumigaciones con agroquímicos en todo el distrito, el bloque de concejales del Partido Justicialista emitió una resolución mediante la cual reclama a los Ministerios de Salud de Nación y Provincia y al CONICET “la producción de un informe calificado” sobre los efectos del glifosato.
Los concejales entienden que “la ordenanza sancionada cubriría, al menos precautoriamente, la preocupación de nuestros vecinos, pero la gravedad de las consecuencias sobre la salud humana del uso del glifosato amerita que rápidamente los organismos nacionales y provinciales con incumbencias produzcan un informe esclarecedor y calificado sobre el particular”.
Números duros
En un artículo titulado “Soja sí, indígenas no”, el periodista Darío Aranda, especializado en la situación de los pueblos originarios, vierte un esclarecedor panorama del impacto del monocultivo en la Argentina. A través de diferentes estadísticas refleja el alcance social y económico del actual modelo agropecuario:
-Datos del INTA reflejan que “el 2 por ciento de las explotaciones agropecuarias controla la mitad de la tierra del país, mientras que el 57 por ciento de las chacras, en su mayoría campesinos y pequeños productores, cuenta sólo con el 3 por ciento de la tierra”.
-Según el Censo Nacional Agropecuario de 1988 había en el país 422.000 chacras, que disminuyeron a 318.000 en 2002.
-En 2001 se sembraron en el Argentina 10 millones de hectáreas con soja. En 2003 había 12 millones. Luego de siete años de kirchnerismo se alcanzó el record de 19 millones de hectáreas con monocultivo de soja, el 56 por ciento de la tierra cultiva.
-Aranda también explica que distintos investigadores precisan que “siete empresas concentran el 83 por ciento de la exportación de porotos de soja (Cargill, Noble Argentina, ADM, Bunge, LDC-Dreyfus, AC Toepfer y Nidera)”. A su vez, “el 82 por ciento del aceite de soja se lo reparten cinco compañías (Bunge, LDC-Dreyfus, Cargill, ADG y Molinos Río de la Plata)”. En tanto, “el 90 por ciento de los derivados de soja queda en manos de seis actores (Cargill, Bunge, Dreyfus, AGD, Vicentín y Molinos Río de la Plata)”.

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