Primero, parte de su historia. La ruta 6 se construyó en las décadas de 1960 y 1970 para aliviar los accesos a la Ciudad de Buenos Aires del tránsito pesado.
De la mano del crecimiento industrial que se daba en su vera, en 1999 la Provincia destinó fondos para construir una autopista sobre la traza de la ruta, pero poco después del cambio de gobierno se desechó la idea.
La iniciativa parecía resucitar el 18 de mayo de 2003, cuando comenzó la construcción de una autopista de 187 kilómetros con calzada de hormigón, dividida en ocho tramos. La historia parece impecable. Pero su traza no.
Ese proyecto de autopista sólo muestra cuasi terminado -y ya con notable carencias constructivas- la doble calzada que une Zárate hasta el cruce con el Acceso Oeste.
Su aspecto, su mantenimiento o, mejor dicho, su total abandono en el resto de su extensión demuestra la desidia de las autoridades de turno y el pingüe negocio que han realizado un puñado de empresarios amparados por la sombra del Estado.
A fines de abril de 2003 el diario Clarín volvía a ilusionar a los usuarios de esta ruta al titular que “Anunciaron el comienzo de las obras de remodelación de la ruta 6”, agregando que sería “una autovía de 216 kilómetros sin cobro de peaje”. El periodista Rodolfo Lara afirmaba: “Esta vez parece que va en serio. Comenzaron los trabajos de remodelación de la ruta 6, la principal autopista bonaerense en términos de estrategia productiva, con una traza de 216 kilómetros —sin peaje— que unirá diez municipios del conurbano. El denominado camino de la producción conectará los puertos de La Plata y Campana, prevé una inversión de 300 millones de pesos y representa una vía de descompresión del tránsito en el Gran Buenos Aires porque circunda a este bolsón, donde habitan 9 millones de personas”.
El financiamiento de esa obra estaba previsto a través del Fondo Vial Nacional que recibía recursos del impuesto al gasoil. Pero ya no aparecían los nombres de los responsables de la obra. Apenas si se hablaba de una construcción dividida en dos tramos “realizados por Unidades Transitorias de Empresas (UTE)”.
Esas UTE, invento comercial para ganar en competitividad y desdibujar las responsabilidades, habían reformulado los costos originales (de 300 millones de pesos) y estimaban un valor de obra de 214 millones de dólares.
Hoy, al transitar la destrozada mano de la ruta 6, con enormes pozos y desplazamiento de tramos; sin marcar en gran parte de su extensión; con señalización insignificante; con banquinas intransitables o -impacta aún más- al mirar la abandonada segunda mano, un verdadero cementerio de hormigón y dinero, cabe preguntarse adónde fueron a parar los recursos destinados para la obra de la autopista, también presentada pomposamente como “la autopista del MERCOSUR”.
Los accidentes son constantes y el saldo sólo depende de la suerte o la desgracia del conductor, como ocurrió la semana pasada.
Además, casi como burla, un tramo de su paso por Luján se encuentra monitoreado por un radar que registra infracciones de velocidad. Infracciones que, según informó la Municipalidad de Luján, hay que tramitar en Don Torcuato.
Hay ocasiones en que la realidad supera a cualquier texto de ficción. Lo que ocurre hace años en torno a la ruta provincial 6 es una muestra de ello.
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