Editorial: Desprecio cotidiano

En el aspecto que nos ocupa, organismos estatales o privados son idénticos; se comportan del mismo modo. Tal vez las causas difieran, pero el resultado es calcado: un menosprecio total y constante por aquellos que no pueden sortear la realización de trámites en sus dependencias.
En el ámbito municipal, las historias de pesares abundan.

En el Hospital, si no se concurre de madrugada, las posibilidades para conseguir turnos en distintas especialidades es una utopía. Cuentan desde despachos oficiales que se pretendió modificar el sistema –por la reserva telefónica- pero las ausencias a ecografías y demás estudios eran de alrededor del 40 por ciento, por eso se volvió al madrugón.

Ya se informó en reiteradas ocasiones acerca del suplicio de tener que renovar el carnet de conductor en las oficinas de la Terminal de Ómnibus, aunque desde el gobierno se escuden en el cambio de sistema; en la falta de colaboración desde Provincia; en la carencia de elementos o en la creciente demanda en tiempos de vacaciones.

El panorama no mejora subiendo un escalón; es decir, en ámbitos provinciales. El Registro Provincial de las Personas cambió su dirección pero no su manera de atender a los ciudadanos. Allí también hay que muñirse de paciencia y un reparo para días de lluvia, y esperar desde bien entrada la madrugada, en la vereda, por uno de los benditos números que te aseguran poder renovar un documento o anotar a una criatura.

El Banco Provincia es otro fiel reflejo de la indeferencia hacia sus clientes. Las colas son interminables y es extraño que más de una caja esté recibiendo pagos, a pesar de la cantidad de boletas que sólo se pueden abonar allí.

Nada cambia en la esfera nacional. En ANSeS hasta se debe adivinar el color de número que hay que sacar de acuerdo al trámite pretendido y el sitio de espera –como gran parte de las instalaciones- son una tapera devenida en oficina pública.

Pero menospreciar a los ciudadanos en algo tan elemental como la atención detrás de un mostrador no es mérito exclusivo del Estado.

En el Correo Argentino la culpa no la tienen los tres o cuatro empleados que enfrentan, con la mejor cara posible, a los cientos de usuarios que todos los días se acercan hasta sus ventanillas. Como la lógica es la mayor ganancia con el menor gasto, sus responsables –que nadie conoce ni tiene a mano para exponerle las quejas- suman y aceptan servicios con tal de facturar a fin de mes. Pero las comodidades son mínimas y ni se les cruza por la cabeza aumentar la cantidad de cajeros; no vaya a ser cuestión de tener que abonar otro salario.

Entonces, sus oficinas son el cuello de botella de todos los trámites propios de un Correo, más los derivados desde ANSeS (desde pagos de asignaciones hasta entrega de codificadores para la televisión digital gratuita) y el Pago Fácil, siempre y cuando no se les caiga el sistema.

En ACIP entendieron que uno de los servicios necesarios para sus socios era el cobro de servicios, sumando al Bapro, lo que incrementó en los últimos años la afluencia de vecinos. Pero en los últimos meses sus cajas parecen insuficientes para el servicio que pretende dar. Por ello, hasta tanto no se registren modificaciones, quienes decidan concurrir a sus oficinas de la calle Mitre deberán hacerlo con tiempo y ganas de ver largos minutos de algún canal de noticias en el televisor que, gentilmente, colocaron en la recepción y cuyas imágenes –hasta ahora- no discriminan entre socios y no socios.

En el centro de pagos de ANSeS de CFA (Compañía Financiera Argentina), más conocida por el nombre de su producto “Efectivo Sí”, los jubilados están acostumbrados a las tediosas esperas, matizadas por cómodos asientos y un par de televisores. Pero también chocan contra la escasa atención para la numerosa demanda.

Descargar la bronca contra los empleados es un error frecuente. Los culpables ni se asoman. Son las autoridades, en los casos públicos, y los dueños, en los espacios privados. Unos por ineficiencia o simple indiferencia, otros por reglas básicas de la rentabilidad. El pato no sabe diferenciar entre unos y otros; lo pagamos todos.

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