Beijing protestó ante la embajada de EE.UU. por una acción "que daña la relación".
Nada de eso importó. Lo que exigía Beijing era un portazo en las narices al Dalai y como eso era imposible, ayer canalizó toda su rabia con tensos comunicados y presentando una protesta formal ante el embajador estadounidense en el país, Jon Huntsman.
"Esta acción de los Estados Unidos interfiere de forma directa en los asuntos internos de China, daña gravemente los sentimientos nacionales de nuestra gente y perjudica seriamente los lazos entre China y EE.UU.", dijo el vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores, Ma Zhaoxu, a la agencia oficial Xinhua.
"La visita viola la ley internacional, y también contradice los repetidos compromisos de EE.UU. de reconocer el Tíbet como parte de China y no respaldar la independencia de la región".
Beijing tampoco está dispuesto a creer que el encuentro en Washington se centró en una discusión sobre valores humanos y religiosos, versión ampliamente sostenida por la Casa Blanca. "Las palabras y los hechos del Dalai Lama han mostrado que no es una simple figura religiosa, sino un exiliado político que ha estado largamente implicado en acciones separatistas bajo el pretexto de la religión", aseguró el vocero.
Ahí reside el principal argumento chino: el Dalai Lama utiliza el manto del budismo y su gran aceptación en Occidente para promover sutilmente la independencia del Tíbet y torpedear uno de los grandes dogmas de la cultura china: la integridad nacional.
Desde pequeños, los chinos son educados en la importancia de salvaguardar la unidad territorial y aleccionados sobre el daño mortal que trató de infligir el líder budista en marzo de 1950, cuando abanderó una rebelión armada antichina sofocada por el Ejército de Liberación Popular de Mao Tse Tung. Desde entonces, dicen los libros de Historia, el Dalai Lama ha tratado de bombardear la estabilidad y el desarrollo de la región para intentar restaurar el atrasado sistema feudal que imperaba antes de la llegada de los comunistas.
Lo que los libros no cuentan es el gran malestar que desde entonces existe entre amplios sectores de la población debido a la masiva llegada de los han, la etnia mayoritaria en China, y a la supuesta represión étnica, cultural y lingüística del gobierno comunista. Por eso a Beijing, más que la promoción de una muy improbable independencia, le enfurece que corran ríos de tinta sobre la precaria situación de los derechos humanos y civiles en la provincia cada vez que un político se reúne con el Dalai Lama.
"Esperamos que EEUU tome las medidas necesarias para sanar el daño que ha hecho a las relaciones bilaterales", lanzó Beijing, quien ha amenazado con dejar de respaldar a Washington en el desarme nuclear de Irán, Corea del Norte y, hasta de postergar la visita del presidente Hu Jintao.
Sin embargo, muchos expertos sostienen que ni EE.UU. ni China quieren romper, y citan como prueba el permiso que se otorgó el miércoles a cinco buques de guerra estadounidenses para atracar en Hong Kong. Otros analistas dicen que la ira china de ayer estuvo destinada al consumo interno.

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