Eso le dijeron a Johana, el principal testimonio que se escuchó en el primer juicio oral contra una red de trata que se realiza en Mar del Plata. Johana fue obligada a prostituirse en el prostíbulo Dulcinea.
Hay nueve personas acusadas de integrar una red que engañaba con propuestas laborales a mujeres de Dominicana para traerlas al Dulcinea, ubicado en el barrio San Antonio. Ahí, contra su voluntad, hacinadas y en condiciones inhumanas, un grupo de mujeres eran obligadas a tener sexo por dinero. Una de ellas logró escapar y pudo dar testimonio de lo que estaba pasando. El debate oral comenzó en la sala del Tribunal Oral Federal, a cargo de los jueces Néstor Rubén Parra, Roberto Atilio Falcone y Eduardo Pablo Jiménez.
Los acusados son Jorge Daniel Sánchez; su mujer, Orfelina Valdez Montero y su hijo, Fernando Manuel Sánchez.
No son los únicos imputados en el juicio. La red se completa con la participación indispensable de un policía: Claudio Marcelo Campos. El portero y patovica Ángel Hernández Cabral y Carmela Concepción Colas, encargada del prostíbulo. Ambos dominicanos de origen. También Reinaldo Eugenio Iacovone, acusado de firmar los certificados de residencia de las víctimas como empleador. Y los abogados Roberto Montecchia y Rubén Mormando, apoderado y gestor respectivamente, de las víctimas en sus trámites de residencia migratoria.
Los dos últimos no estuvieron presentes. El primero con certificado médico que supuestamente le impide ser juzgado –esto será corroborado por peritos de la Corte– y el otro, fallecido recientemente. Otra imputada como parte de la red, también de origen dominicano, es Rosa Anyolina Adames Cruceta.
Uno de los testimonios más importantes fue el de Johana, que declaró por teleconferencia. Contó que en Dominicana trabajaba en las barriadas dando orientación sexual y prevención de VIH. Pero el dinero no le alcanzaba, entonces escuchó la propuesta que le hizo su sobrina, Carmela Concepción Colas y el esposo de ésta, Ángel Hernández Cabral. En Argentina podían conseguirle un trabajo digno en una peluquería. Con sus ahorros sacó el pasaporte y esperó a que Sánchez fuera a buscarla. Llegó en 2008 a Buenos Aires y desde ahí viajaron a Mar del Plata.
Al principio todo parecía normal. Su sobrina y los Sánchez eran amables con ella. Hasta que un día le dijeron que lo de la peluquería no iba a funcionar, que ahí no se ganaba mucho dinero, que le tenían otro trabajo. Entonces la llevaron al Dulcinea. Johana dijo que al principio no se dio cuenta de que se trataba de un prostíbulo. Pensó que era un café. Saludó a las chicas que trabajan ahí y se sentó en el local. Las luces bajas y los pases a la vista de todos fueron la confirmación de que la habían llevado para prostituirla. Para que en Dominicana nadie se alarmara, Johana fue filmada en una peluquería y en fiestas de cumpleaños o Navidad mandándole saludos a su familia y diciendo que todo marchaba bien.
Johana no duda en reconocer a Jorge Sánchez como el dueño del Dulcinea y a la vez el dueño de la autoridad: si estaba Jorge las cosas se hacían como él decía, porque metía miedo. Si bien ella reconoce que no le pegaron nunca, dice que la presión psicológica era insoportable: “Nos mantenían amenazadas, nos decían que no intentáramos nada porque ellos tenían ojos en todos lados, y si no hacíamos lo que ellos decían nos cobraban multas”.
Desde las 9 a las 3
Johana era obligada a prostituirse en el Dulcinea desde las 9 de la noche hasta las 3 de la mañana de lunes a viernes y hasta las 8.30 los fines de semana. Según recordó, un mes hizo unos 1000 pesos, 500 tuvo que entregárselos a Sánchez según las reglas que hablaban de un 50-50 para los pases. Los otros 500, también se los quedaban los proxenetas. Es que Johana debía abonar 300 pesos para la policía, y los otros 20 para ir saldando el pasaje y otros gastos. Así, nunca vio un centavo. Algunos clientes la ayudaban con dinero para comprar pasta dental y jabón.
Uno de ellos se convirtió en su novio. Y un día decidieron escapar. Johana preparó todo para cuando Carmela estuviera de encargada y entonces, con la ayuda de otra chica, se fue. Desde entonces comenzaron a llamarla para amenazarla. Ella pudo reconocer las voces de algunos de los imputados que le decían que volviera o iban a cagar a tiros a su novio. Incluso llegaron a balearle la casa.
Una vez que Johana hizo la denuncia en la Justicia, las amenazas aumentaron. Como no podían localizarla el mensaje le llegó a través de su madre que en República Dominicana fue advertida de que recibiría la cabeza de su hija en una bolsa si no retiraba la denuncia.
Johana con su relato confirmó las hipótesis de la Fiscalía en cuanto a cómo se estructuraba la red y la forma en que operaban. Habló de unas 12 chicas prostituyéndose en el Dulcinea. Dijo que todas tenían miedo. Quizás ese temor responda a la frase que según ella Jorge Sánchez le dijo por teléfono una vez que pudo localizarla: “Vez que nosotros sabemos todo, ya sabemos dónde estás”. O a la que alguna vez le dijo Ángel Hernández entre las cuatro paredes del Dulcinea: “Una dominicana puede aparecer en una bolsa negra y nadie la va a reclamar”.

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