Por Alcadio Oña
El dólar ha sido, es y será por un tiempo el bien más escaso de la economía argentina y un refugio de valor todoterreno. Por eso mismo, cuesta sacarlo del escenario.
Manda en la necesidad de cerrar un acuerdo rápido con los fondos buitre, porque urge abrir el crédito internacional para sostener el plan económico y, de seguido, alentar inversiones privadas. No fue el arreglo más ventajoso sino uno gobernado por la prisa.
De una especie semejante es una conocida conexión que se retroalimenta: el impacto de la suba del dólar sobre el proceso inflacionario. Acentuada, ahora, por las dificultades que el equipo económico enfrenta para contener la trepada de los precios y por los reclamos salariales.
Desde luego también pega el picante que el propio Gobierno le ha puesto y le pone a la ensalada, con la devaluación, el golpe a las tarifas de la electricidad y los ajustes en continuado de los combustibles, más la cercanía de un incremento para el gas.
El dólar vuelve a asomar en el choque entre una oferta de divisas escasa y una demanda que la supera cómodamente. Así se haya encarecido, las compañías compran con el doble propósito de saldar obligaciones con proveedores del exterior –importaciones– que permitan mantener limpio ese canal y transferir utilidades que estaban trabadas a sus casas matrices.
Aquí y allí saltan evidentes las expectativas, y no moviéndose precisamente de la mejor manera.
Después de sendos planteos de Alfonso Prat-Gay y del vicejefe de Gabinete, Mario Quintana, y cuando el dólar tocaba 16 pesos, el presidente del Banco Central abandonó la idea de dejarlo libre y salió a frenarlo. Hasta hubo una intervención de Mauricio Macri.
La consecuencia del operativo sobre Federico Sturzenegger apareció de inmediato: en el arranque de la rueda cambiaria del martes pasado, puso sobre la mesa US$ 500 millones de las reservas y dio vuelta la tendencia. Jugó fuerte, como le habían pedido.
En el mismo acto levantó al 37% la tasa de interés que el BCRA paga para el plazo más corto de 35 días, pasando a primer plano un buen negocio alternativo y al segundo el efecto sobre el costo de los créditos.
Aunque onerosos, decidieron finalmente los coletazos de la conexión entre el dólar y la inflación. Al pasar, se probó que la independencia del BCRA no siempre coincide con lo que se pregona.
Ruidos internos mete también el rechazo a un ajuste fiscal más drástico, una postura que empuja el arreglo con los holdouts. Señal o necesidad de un plan propio, durante el encuentro de ministros que Macri presidió en Tecnópolis alguien tomó nota de un comentario de Gustavo Lopetegui, el hombre que desde la Jefatura de Gabinete coordina el equipo económico.
Según allegados al Gobierno, Lopegui adelantó que se enviará al Congreso un proyecto de ley para reformular el Presupuesto de 2016 heredado del kirchnerismo. Dicen que dijo más, como que entre los cambios habrá recortes al gasto público: no precisó ni dónde ni cómo serán.
Está claro que el endeudamiento estatal no puede ser si no una salida transitoria, tanto como remachado que el sobreendeudamiento es una trampa.
La receta cristinista de pagar con las reservas del Banco Central fue una manera de encubrir el problema, cambiando acreedores caros por uno gratuito y cautivo. El costo real fue comprometer el patrimonio de la entidad hasta que no dio más; entonces, terminó pagándose un 9,2% para conseguir módicos US$ 670 millones.
Piezas del mismo montaje fueron las rudimentarias maniobras que, cada cual a su turno, armaron Guillermo Moreno y Axel Kicillof con números del INDEC.
Una, típica de la cocina kirchnerista, consistió en manipular las estadísticas del comercio exterior. La otra dejó al desnudo que las exportaciones ya son definitivamente un agujero estructural: esta vez, toca divisas de las llamadas genuinas.
En base a cifras reales difundidas por el INDEC que ahora dirige Jorge Todesca, la consultora Abeceb ha sacado una cuenta escandalosa: dice que entre 2010 y 2015 el dibujo de las exportaciones fue tan grande que abultó el superávit comercial en alrededor de US$ 17.000 millones. Mirada al trasluz, la adulteración permitió computar ingresos netos por US$ 17.000 millones que nunca ingresaron.
Es obvio que Moreno y Kicillof conocían la información verdadera y que la ocultaron para evitar los sobresaltos implícitos en el reconocimiento público de un superávit que se achicaba e iba camino del déficit, como efectivamente ocurrió el año pasado. Hasta octubre, los datos del INDEC kirchnerista proyectaban un saldo positivo de US$ 1.900 millones allí donde se comprobó un rojo de 3.035 millones.
Previsible, el engaño incluyó a Cristina Kirchner, siempre inquieta por la salud de la caja de dólares. Pero no hay engaño posible: los descalabros en el sector externo saltan por todas partes como una de las herencias más apremiantes del ciclo K.
Con las cifras reales disponibles dentro del INDEC, rectificar las estadísticas es una tarea sencilla. El problema es dar vuelta el panorama que esas estadísticas ponen al descubierto.
Cantan que desde el pico de 2011, la caída de las exportaciones totales significó perder US$ 26.300 millones, cerca de la mitad por el bajón en las ventas de manufacturas industriales.
Luego, dejaron de entrar dólares cuando más se los necesitaba y nada menos que dólares generados aquí, no prestados.
Otra cara de la moneda muestra una primarización constante del comercio exterior. Entre muchísima soja, bastante de cereales y bienes elaborados del mismo origen con bajo valor agregado, de ahí salió el año pasado el 64% de las exportaciones.
Nada de industrialización, sino más de lo mismo y en dosis mayores.
Salvo excepciones, que las hay en el campo, el resto da cuenta de un país retrasado. De un país con escasa inversión en tecnología y déficits apreciables en infraestructura; con grandes agujeros en la integración productiva; oferta muy concentrada y, al fin, poco competitivo dentro un mundo cada vez más competitivo.
Ahí surge nítida la necesidad de políticas que empiecen a torcer el rumbo del barco, así sean inevitablemente complejas.
En el mientras tanto, la realidad dibuja un cuadro ya conocido: habrá que esperar el salvavidas de los soja-dólares, que empezarán a brotar a fines de marzo y a menguar en los comienzos de agosto. La novedad saldrá del arreglo con los fondos buitre y del crédito internacional, aunque parte se irá en pagos a los holdouts.
Menos alentadora es la perspectiva de que las inversiones privadas, la famosa lluvia de dólares, aguarden hasta que el horizonte económico luzca menos difuso. Pero lo que entre alcanzará para poner en caja al mercado cambiario.
¿Mantendrán la idea de bajar la cotización a 14 pesos?, le preguntó Clarín a alguien cercano al directorio del BCRA.
Respuesta: “Podrían hacerlo, aunque los veo más cómodos con un dólar rondando el precio al que está y sin dejarlo atrasar”.
“Me cuentan que últimamente a Macri lo han visto preocupado y que lo preocupan algunos errores de gestión”, dice la misma fuente. Podría agregarse otra dificultad: que a veces la comunicación oficial no puede con los hechos y más cuando existen fallas en la propia comunicación.


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