Inseguridad también es no poseer vivienda propia ni chance para construir y tener que `caer’ en las garras de los alquileres, ya que para cualquier empleado todo alquiler es caro y su módica panacea sin vista al mar se contrae en aspirar a ‘lo menos caro’, que jamás es igual a económico para su bolsillo de galgo en terapia intermedia.
Aunque no se la califique inseguridad, y sólo se piense cuando se habla del dramón de los argentinos en ancianas de rodete y abanico (laaa, con este lorca encarnizado, que por fin aflojó un touch) a las que unos tipos de gorrita les arrebatan la cartera donde, fresca, late su jubilación que ahora engorda dos veces por año; en radiantes casas-quinta a las que unos paqueros les extirpan cuanto artefacto eléctrico atesoren; en salideras bancarias contra patrióticos productores y en etcéteras del ‘palo’, que, desde ya, también constituyen inseguridad. Y ni hablar si en el medio llega a haber balazos y corren litros de ‘chocolatada’.
No se considera inseguridad que alguien no pueda acceder a una vivienda propia porque no tiene trabajo o padece uno en el que le pagan mal y/o ‘en grone’ (sin recibo de sueldo, directamente sos inmigrante ilegal aún en tu barrio). Ocurre que para muchos, la angustia de ‘los de a pie’, los que la yugan de ‘mozos’ en las mesas donde se teje la geisha economía, a gran o pequeña escala, es menos angustiosa, menos impactante, en términos periodísticos. Ser un ‘petiso’ para el ‘aro’ del hogar, dulce hogar configura una inseguridad discreta, porque no hace ruido y no afecta a los ‘lungos’ del básquet de la vida, que por eso no produce gran batifondo, diría mi inolvidable abuela ‘Cata’. Es, comparativamente en la mirada del sentido común atizada por los medios masivos de comunicación, una inseguridad rezagada en la tabla de los dramas, al punto que no se la registra como tal. Su lima trabaja, silenciosa, cual una aflicción lenta que erosiona tu horizonte como si fuese de hierro. Nada que ver con la noticiosa instantaneidad de un ‘corchazo’ a la salida de un shopping contra una piba cool cargada de bolsas, que, sí señor, es inseguridad y hay que resolverla.
Peor aún, a menudo se invierte la carga de la prueba, como con tantos temas: si no tenés casa propia y andás a los saltos, por algo será. Es paradojal que algunos de los que ven un sol negro flotando sobre Argentina admiten implícitamente que sobra el laburo, cuando estigmatizan al desocupado con la gastada pero robusta sentencia de que acá, “no trabaja el que no quiere”, ergo, no tiene casa propia el que no quiere. Para qué, si total después les regalan una con la plata de nuestros impuestos, sería la frase que completa el razonamiento. Ni te digo si esa casa trae pisos de parquet.
Carecer de nido donde morar tampoco conmueve como un chiquito con hambre -y más vale que es lógico-, aunque sea en Tartagal. No tener casa es un hambre raro, menos urgente, con dientes desparejos, un tipo de apetito menos estremecedor para quien no lo padece. Un hambre ‘blando’, si queremos un adjetivo en boga clavar.
En Bolívar, la falta de techo propio accesible para familias de escasos recursos económicos ha sido por décadas, y aún es, una desgracia que jamás cortó calles ni impulsó marchas de silencio ni de barritadas, si bien en varios análisis a izquierda y derecha figuraba al tope de los ‘guisos rojo vivo’ que enfrentaba la nueva gestión municipal al asumir en diciembre ‘11. (¡Es el capitalismo, estúpido! Las instituciones poseen casa, y sus paladines también, algunos hasta carradas.) Desgracia que ahora, por fin, tiende a resolverse. Es un alud que ha venido bajando en puntas de pie, asordinado, y provocando subterráneas filtraciones en los cimientos de nuestra encopetada moral ciudadana, tan ofendida que está con el Centro Cívico.
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