Las dinastías políticas, cada vez más cerca de su fin

Las revueltas amenazan los planes de varios presidentes de dejar el poder a sus familiares
PARIS.- Las rebeliones que se extienden como un reguero de pólvora por el mundo árabe amenazan con frustrar las sucesiones dinásticas que preparaban los mandatarios de la región para perpetuar a sus familias en el poder.

El tunezami -como se dio en llamar a la gigantesca ola de protestas que nació en Túnez- es comparable, en cierto modo, a la gran epidemia nacionalista que recorrió toda la media luna árabe en los años 50 y 60, después de que Gamal Abdel Nasser derrocara al rey Faruk, en 1952, y accediera al poder en Egipto, en 1954.

A diferencia de ese fenómeno, la primera consecuencia de esta nueva revolución es que está arrasando con los proyectos de varios líderes de la región. En su mayor parte déspotas y absolutistas, esos mandatarios se consideraban inamovibles y pensaban haber creado las condiciones para perpetuarse en el poder durante varias generaciones.

El tunecino Zine el-Abidine Ben Alí fue el primero en descubrir que el poder opresivo que ejerció durante 23 años sólo sirvió para alimentar el polvorín que, finalmente, estalló hace dos semanas. Hasta pocos días antes de huir del país, Ben Alí, de 74 años, urdía la idea de postularse en 2014 para un nuevo mandato. Esos cinco años hubiesen estado destinados a propulsar a su segunda esposa, Leila Trabelsi.

Hosni Mubarak, de 82 años, que tiembla bajo la presión popular después de 30 años en el poder, mantiene, por el momento, la idea de postularse en septiembre para un nuevo sexenio. Durante los últimos años respaldó la escalada de su hijo Gamal, de 47 años, dentro del Partido Nacional Democrático. Doctorado en la Universidad Americana de El Cairo y ex ejecutivo del Bank of America, Gamal se presenta como una alternativa reformista. En los últimos años, la popularidad de Mubarak sufrió una caída vertiginosa por las acusaciones de corrupción contra su otro hijo, Alaa.

En Argelia, el presidente Abdelaziz Buteflika, de 73 años, que sufriría de un cáncer terminal, transfirió gran parte de su poder a su hermano Saidy, al parecer, maniobra en la penumbra para que pueda sucederlo en la cúspide del poder. Sin embargo, los lugartenientes de Buteflika no ocultan sus intenciones de lanzar su candidatura en 2014 "si Abdelaziz decide no postularse". Pero esos planes tropiezan con las ambiciones del poderoso general Mohammed Mediene.

La situación no es más clara en Libia. Durante los 41 años que lleva en el poder, el líder Muammar Khadafy, de 68 años, eliminó a todos sus rivales políticos. Los únicos que sobrevivieron a las purgas periódicas que sufrió el régimen son sus hijos Saif al-Islam, de 38 años, y Muatassim, de 36, pero entre ambos existe una feroz lucha por la sucesión. Saif al-Islam está considerado como reformista y moderado defensor de los derechos humanos. Esos rasgos lo convirtieron en el interlocutor preferido de los inversores internacionales y en la gran esperanza occidental de liberalizar el régimen tras la desaparición de su padre. Pero la sucesión también es codiciada por su hermano Muatassim, que ocupa el cargo de asesor militar de su padre.

En la misma situación se encuentra Ahmed Saleh, de 32 años. Su padre Alí Abdullah Saleh, que controla Yemén desde 1978, lo colocó al frente de la Guardia Republicana para evitar que los militares puedan sentirse tentados por ambiciones golpistas; hoy él es el delfín designado.

El único caso exitoso de herencia política fue protagonizado por Bashar al-Assad, de 45 años, que en 2000 sucedió a su padre, Hafez al-Assad, hombre fuerte de Siria desde 1970. La estabilidad del régimen, sin embargo, es cuestionada con vigor por las mayorías etnicorreligiosas excluidas del poder desde hace 40 años por la minoría alauita.

Frente a ese panorama, también los reyes Abdalah II de Jordania y Mohamed VI de Marruecos sienten temblar el poder. Ninguno de los dos tiene la legitimidad de sus padres y, en los últimos años, la explosiva situación socioeconómica convirtió a ambos países en polvorines potenciales que pueden estallar con la primera chispa.

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