Es difícil saber con exactitud lo que dijeron las urnas.

Es difícil saber con exactitud lo que dijeron las urnas. Más fácil es encontrar gente dispuesta a traducir su mensaje
Se trata de un idioma complejo, porque de los mismos hechos es posible escuchar los significados más antagónicos.

De cualquier modo, nos gusta repetir una definición sobre la gestión gubernamental que acaba de ser reelegida, y que aunque fue elucubrada con anterioridad a los comicios, sirve para disparar una lectura posible de los resultados electorales.

El gobierno actual sale victorioso de la comparación con administraciones anteriores, pero queda en deuda cuando se lo compara con sí mismo.

Tal vez suene alocado plantearlo en un momento de lógica euforia como éste, donde el sabor de la victoria endulza los paladares, incluso los de algunos que poco o nada han aportado para la construcción política que se pretende.

Pero asumimos el riesgo convencidos de que esta victoria electoral constituye también una oportunidad histórica de refundar la gestión, y de orientarla hacia los objetivos primordiales del grupo de personas que un día se propuso hacer política de un modo distinto en Tierra del Fuego.

La crisis económica parece haber sido superada. Pasaron los días de zozobra, de sueldos públicos pagados en cuotas y de rumores de inestabilidad institucional. Se han desgastado por su propio peso los cultores de los paros a mansalva, las máquinas institucionales de impedir y los feligreses de la iglesia de los intereses sectoriales.

Han sido planteadas, si bien de manera muy preliminar, las bases para una política de desarrollo de la provincia a largo plazo, con iniciativas vinculadas a la industria, el aprovechamientos de los recursos naturales, la infraestructura y la educación como formadora de los recursos humanos propios que necesita la isla.

No hay excusas, entonces, para que la gestión reelecta comience a cumplir con la deuda heredada de sus propias palabras, de su primogénito compromiso con las ideas y con los sueños de modificar para siempre algunas prácticas abominables de nuestra realidad circundante.

Para ello debería impulsar, de una vez por todas, una verdadera reforma política que incluya, por ejemplo, la renovación de los legisladores por mitades, la elección con participación popular de los miembros del Superior Tribunal de Justicia y la modificación del régimen electoral para volver aplicable el sistema de tachas.

Es tiempo de poner al alcance de la gente institutos como el de la consulta popular, y de transformar en herramientas de carne y hueso mecanismos como el juicio de residencia, convertido hoy en un mero trámite administrativo más cercano al pago de la luz que a la rendición de cuentas.

Es hora de plantear en serio una reforma judicial, que incluya la democratización del Consejo de la Magistratura y la instauración de un sistema de selección de jueces con criterios incontrastables de razonabilidad.

Es momento de involucrar a la ciudadanía en la toma de decisiones de trascendencia pública, como la explotación de los recursos hidrocarburíferos, o en cualquier otra medida donde existan corporaciones dispuestas a pulsear con el gobierno en pos de sus propios intereses.

La única y verdadera revolución a la que debería aspirar una gestión con estos objetivos es de tipo cultural. Lo que no ha cambiado aún en Tierra del Fuego es la lógica del poder, y para eso hay que buscar los mecanismos para instaurar la tan proclamada pero tan poco instrumentada alianza con la gente.

No se puede cambiar la forma de hacer política usando las mismas prácticas que los predecesores con el alivio de que ahora son buenas porque “somos nosotros quienes las manejamos”.

Mentira que no se puede de otra manera. Hay que romper una y mil veces las formas conocidas hasta lograr otros tipo de contacto entre la gente y sus autoridades.

Como bien lo hizo notar un colega por estas horas, miren cómo le fue a la gobernadora cuando jugada en la dinámica de la campaña salió a convencer “cara a cara” a sus posibles votantes. ¿Por qué no se puede pensar en una gestión que camine la calle siempre, con funcionarios que hagan la cola del hospital, o atiendan a los vecinos una vez por semana o se sienten en el aula de una escuela a escuchar una clase?

El discurso de que “es la única manera”, de que “la realidad es así”, o de que “el mundo es así”, es un síntoma de la victoria de los mismos de siempre.

Algunos de los predicadores de esta concepción conservadora de la vida y de la política están muy cerca de la actual gestión. Son paracaidistas ideológicos que no saben escribir el apellido Manfredotti en una servilleta y mucho menos tienen idea del proceso histórico que derivó en la llegada al poder de la gobernadora.

Parte de ese entorno perdió las elecciones en forma estrepitosa y el domingo festejaba no sé bien qué. Su aporte a la causa fue involucrarse en casos de presunta corrupción y salir en televisión todas las veces que se pudiera. Sacarse de encima este entorno peligroso es uno de los desafíos en esta nueva etapa.

El gobierno enfrenta ahora el dilema de las segundas partes. Con el impulso anímico de la reelección, puede elegir el camino angosto y repleto de pozos que conduce a sus orígenes fundacionales, o transitar sin sobresaltos la amplia, asfaltada y concurrida avenida de los que nunca quedarán en la Historia.

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