Después del vendaval publicitario desplegado por los distintos sectores políticos que disputaron las elecciones primarias, nadie parece dispuesto a restituir al espacio público su condición original. La ausencia de un adecuado mobiliario urbano y ciertas contradicciones de la cultura política local, entre las causas.
De tal modo, todavía pueden verse anacrónicos pasacalles meciéndose entre las palmeras o colgando deshilachados como testigos de la furia preelectoral, cordones esquineros decorados con inscripciones artesanales, gruesas capas de afiches publicitarios aferrándose a toda pared con presunción de ociosa y postes eléctricos cubiertos con destacados apellidos y números de listas.
Una vez más, las elecciones pusieron al descubierto la carencia de un adecuado sistema de soporte informativo y publicitario que permita a las distintas fuerzas políticas dar a conocer su propuesta sin necesidad de invadir excesivamente el espacio público, que después de cada contienda luce sucio y degradado, al tiempo que desnudaron ciertas contradicciones que siguen formando parte de la cultura política local. Cualquiera podría pensar que es un detalle menor, teniendo en cuenta la magnitud de los intereses que se dirimen en cada disputa, pero también cabe pensar que las pequeñas acciones iluminan el camino de las de mayor envergadura. De esta forma, se hace difícil articular un discurso de cuidado y protección del medio ambiente si no se pone en práctica una acción específica como correlato.
Por otra parte, la existencia de mobiliario urbano también podría ser aprovechada para difundir otras propuestas a lo largo del año, trascendiendo largamente las trajinadas etapas electorales y favoreciendo la comunicación de eventos de interés general. Así las cosas, mientras los deshechos de papeles continúan revoloteando por las calles en busca de algún vecino bondadoso que los barra o una alcantarilla que los contenga, los candidatos que sobrevivieron al filtro del 14 de agosto afinan el lápiz para expresar las propuestas que harán de Luján un lugar más limpio, al tiempo que en los bunkers se preparan las baterías de papel y polietileno que en apenas unas semanas volverán a invadir nuestras calles.


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