Uno de los personajes más esperados que hace a la esencia de la fiesta carnavalera en la bella región jujeña, con él bailarán las muchachas escogidas por su mano roja y su voz impostada, hasta que se terminen las invitaciones.
Los mayores aún dicen que la función del disfrazado era la de alegrar a la gente con sus chistes y sus actos, y también dicen que solía hacerlo con el mayor respeto. No siempre es así, y alguien dirá que no se puede esperar otra cosa de un diablo todo el año enterrado bajo las piedras del mojón como aquel genio que pasó siglos dentro la lámpara de Aladino.
Pero más allá de alguna grosería, más allá de alguna espuma que antes que alegre es violenta, más allá de algún rabo de diablo que va a parar adonde no corresponde, su trajes rojos y sus cascabeles y esas caretas que tapan la identidad para que el juego de la fiesta sea más divertido, son los personajes más esperados del carnaval de nuestra Quebrada.
Los diablitos, que por cierto no son el malo que espera a los descarriados y tienta a los inocentes sino el patrono de esta fiesta sobre la que caen las lluvias de febrero y a la que se acercan de a miles los turistas, empezó a correr por las calles de Tilcara el sábado por la tarde, como se sabía que sucedería porque así lo hace cada año.
Con él bailaban las muchachas escogidas por su mano roja y su voz impostada, y así lo hicieron hasta que, en la noche, se terminaron las invitaciones y los bailes.
Lo harán, por cierto, durante los días que restan de este carnaval que se inicia.
Lo harán donde haya copla y haya cumbia, donde el martes se chayen las casas, los negocios y los autos, por las calles y a la puerta de las casas que los inviten con su trago, descansando en una vereda para volver a correr revoleando sus colas y batiendo sus cascabeles.
Estarán sentados tras una bandera para descansar un momento de su trajín alegre, tomar una cerveza y decirme: Dubin, espere que me ponga la careta para sacarme la foto.
O como aquella madre que se acerca a un diablito para preguntarle si tiene plata para comer algo y si no se olvidó las llaves de la casa, porque hasta el mismo diablito tiene una madre que vela por él en medio del frenesí alegre del carnaval.
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