El equipo platense dejó la punta, pero sumar le sirve. Argentinos sigue sin ganar en el Clausura.
Argentinos volvió a padecer esa suerte de coqueteo y desencanto con las cuestiones del azar. Porque, al cabo, fue Gimnasia el que se fue a gusto del Cajón de Boyacá. El equipo de Leonardo Madelón dejó la punta, pero se abrazó con agrado a un empate que lo sigue impulsando en la tabla que más le importa y más le preocupa: la de los promedios.
Gimnasia juega como si cada partido fuera el último en la historia del club. Puede lucir mucho, poco o casi nada (como ayer), pero la intensidad con la que los jugadores se brindan es un rasgo propio de un grupo dispuesto a cualquier sudor y hasta la sangre para que no haya lágrimas al final de la temporada. No se trata de una exageración: basta con verlo para entenderlo.
Pero entre el Argentinos para el diván y el Gimnasia de los gladiadores no hubo juego. Entre el espacio escaso del campo de juego, las prioridades defensivas de ambos y la falta de un jugador decididamente inspirado para romper el molde determinaron un encuentro en el que hubo más roces que paredes; más fricción que emociones; más pelotazo que toque y toque. En ese contexto, los que defendían siempre eran más. Roberto Sosa y Juan Cuevas perdieron casi siempre contra los cuatro defensores locales y contra los mediocampistas que colaboraban. A Gabriel Hauche y a Nicolás Pavlovich les pasaba exactamente lo mismo, pero del otro lado. Ni siquiera las habituales delicias técnicas de Gabriel Peñalba pudieron quitarle al partido la sensación de incomodidad, de tedio.
En consecuencia, cuando parecía que el partido iba a ofrecer un reparto de ceros en su desenlace, se encontró el único recorrido posible para romper la paridad: los errores individuales. A los 29 del segundo tiempo, luego de un centro de Andrés Romero, Maldonado quiso rechazar y la pelota se le coló entre sus piernas y luego entre los brazos de un Gastón Sessa asombrado. A los 31, Scotti en su intento por rechazar cometió un error inaceptable para un futbolista de categoría internacional (juega para el seleccionado de su país, bicampeón del mundo) y Romero hizo gritar a esa hinchada que en los 90 fue capaz de un terremoto y que ayer le mostró al equipo que tiene el respaldo de un candidato al título. Aunque para ellos, esta vez, la gloria sea la permanencia.

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