Por: Fernando GonzalezEn economía, en la política y en los negocios las apuestas a largo plazo definen a los grandes proyectos, a los grandes dirigentes y a las grandes empresas. Y esto viene a cuento de la discusión que comenzó a darse en la Argentina a partir de la intención del Gobierno nacional de ampliar por decreto el radio de actuación de los directores del Anses en los directorios de 42 compañías de las más importantes del país.
El primer debate se produce en torno al Estado. La semana pasada decíamos aquí que debíamos resolver entre aquel Estado bobo, que poco ayudó a darle racionalidad a los más de 100 mil millones de dólares de inversión extranjera que llegaron en los noventa; la tentación del Estado empresario, que fue el germen de la decadencia de las empresas públicas y la ola privatizadora; y la necesidad de un Estado activo e inteligente, que fiscalice y controle al capital privado pero que también pueda ser un socio confiable de las compañías.
La segunda discusión pasa por la legitimidad de los empresarios argentinos. Es cierto que la Argentina carece de una burocracia de negocios con peso determinante como la que acompañó el desarrollo de Brasil, pero las críticas livianas y de poco vuelo argumental que algunos dirigentes kirchneristas le hacen a los máximos ejecutivos argentinos reflejan la pobreza de un debate clave para nuestro desarrollo.
El jueves pasado, la auditora Ernst & Young le entregó sus premios Emprendedor del Año a tres de los más importantes empresarios de la Argentina: el presidente de Arcor, Luis Pagani; al CEO del grupo Techint, Daniel Novegil y al CEO de la sojera Los Grobo, Gustavo Grobocopatel. Los tres tienen trayectorias extensas y representan a compañías que se han convertido en parte del patrimonio empresario nacional.
Techint tiene una conducción cuyos integrantes comenzaron a trabajar todos en la empresa hace un cuarto de siglo y fueron capacitados y promovidos para arribar a los lugares de decisión donde hoy se encuentran. Fenómenos parecidos le suceden a Arcor, a Los Grobo, a Molinos y a muchas de las compañías importantes del país. ¿Qué han cometido errores? ¿Qué han vulnerado reglas en ciertos períodos críticos de la Argentina? Seguramente, porque en la historia empresaria como en la historia política contemporánea confluyen virtudes que nos hicieron crecer económica e institucionalmente con agujeros negros que nos hicieron retroceder de forma dramática. Pero si la era actual de crecimiento sostenido que vive la Argentina tiene mérito en la dirigencia política, que acertó a escapar del que se vayan todos de 2001, y en los asalariados y cuentapropistas que se empobrecieron y soportaron devaluaciones y pesificaciones asimétricas, muchos empresarios también apostaron a la resurrección del mercado interno o a la competencia extrema en el mercado global.
Ya no es necesario observar a las potencias del planeta para encontrar ejemplos de confluencia política y empresaria como disparador de procesos económicos exitosos. Brasil, Chile y Uruguay nos muestran que el consenso es la base de despegue que lleva, necesariamente en el mediano o el largo plazo, por el camino que va del crecimiento al desarrollo.
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