Derecho de piso

En ciertas escuelas privadas de la ciudad hay prácticas que atentan contra la seguridad de los alumnos, y los excluyen sistemáticamente. El maltrato escolar o bullying es uno de los problemas del siglo y se desplaza por todas las clases sociales. Y si nadie hace nada por detenerlo, peor.
Salen chicos de una escuela cualquiera y corren en masa a golpear a otro. Lo hacen con fuerza, pero se ríen. La víctima simplemente cumple años, y no ha conseguido que sus padres le permitan faltar. Concurrió sabiendo que lo golpearían con los puños y los pies hasta cansarse, pero no tuvo más opción que correr, sabiendo que alguien lo alcanzaría tomándolo de la capucha del buzo. Los compañeros se siguen riendo, creen que es divertido.

El del cumpleaños está tirado en el suelo y apenas puede incorporarse, tiene marcas de patadas en el tórax y en la cara. No puede decir una palabra, le ha pegado todo el colegio. Renguea. Se limpia la ropa como puede, y sigue hacia su casa.

Esto pasa todos los días en distintas esquinas de la ciudad. Nadie ve nada: se paga derecho de piso por ser pibe e ir a la escuela. Por existir, por cumplir años. Derecho de piso y derecho al piso.

Esta es la época de la educación privada, porque la escuela pública -que alguna vez fue la lumbrera del continente- está sumamente deteriorada. Cada persona que dispone solamente de unos pesos más que los que necesita para sobrevivir invertirá sin dudarlo en pagar la cuota de una escuela para sus hijos, que le garantice continuidad, aprendizaje y seguridad. Una seguridad que es el desvelo de cualquier padre de hijos en edad escolar, mucho más aun si se trata de jóvenes que ya se desplazan solos, seleccionan sus propias amistades y toman decisiones de cierto cuerpo.

Los integrantes de la clase media más cascoteada de la historia hacen lo indecible para sostener una educación que les dé la esperanza de entrar a una universidad habiendo aprendido los conocimientos mínimos para hacerlo, en un ámbito que les permita salir ilesos de golpizas, agresiones, robos a mano armada y otras formas de ataque. Pero muchas veces, las cuotas más o menos costosas no garantizan de manera alguna que esos chicos convivan en unos valores como los que sus padres imaginan.

Igualmente hay una responsabilidad latente compartida. Cada escuela privada tiene un ideario sobre el cual ha edificado su proyecto educativo. ¿Será que los padres lo consultan antes de decidir si inscribir a los hijos en tal sitio? ¿Lo leen con detenimiento, o simplemente averiguan el importe de la cuota, distancia respecto de la casa y actividades extraescolares incluidas? ¿Exigen su cumplimiento?

Llegó a este medio la historia de una madre –S- que decidió retirar a su pequeño hijo del colegio Alfred Nobel apenas hubo terminado la educación primaria: estaba preocupada precisamente por prácticas que consideraba discriminatorias. Si bien la institución no reconoce respaldar esas acciones de marginación, colabora con tales valores antidemocráticos por simple omisión. Como primera cuestión, S afirma que el colegio separa a los alumnos en tres divisiones, A, B y C, pero no de manera aleatoria, como indicarían los principios pedagógicos básicos, sino con un criterio sumamente particular que remite a las crónicas de la instrucción decimonónica.

Los alumnos del curso A son la élite, los hijos de los protagonistas, de los padres más presentes, los deseados. Los alumnos del B, dice la mamá, son los restantes. Y al C va el descarte. ¿Será posible? ¿Cuál es el descarte cuando se habla de pequeños de quinto o sexto grado? Precisamente los diferentes, aquellos que no caben perfectamente en el molde esperado, y sobre todo los alumnos nuevos: los que están aún en proceso de pagar el derecho de piso.

Según parece, ciertas actividades atractivas y lúdicas, como la participación en actos, están reservadas a los chicos del A.

Afirma S que los alumnos se crían en valores competitivos extremos, que señalan permanentemente a los que no usan las marcas que el sistema de éxito respalda, y que hasta supo que un niño era permanentemente humillado por la calidad de su vivienda. “Vos vivís en un rancho”, le decían al nene, alumno de la escuela de educación privada. Las autoridades no niegan y nadie intervino para detener las prácticas discriminatorias por factores económicos que rigen en la entidad.

Se habla de recreos “tierra de nadie”, y cualquiera podrá afirmar que tal cosa sucede en diversas instituciones similares. Pues no debería pasar: si los docentes están razonablemente agotados en los horarios de descanso como para controlar la seguridad de los alumnos durante ese lapso, una escuela paga tiene la responsabilidad de contratar personal extra que se haga cargo de esos cuidados.

La estructura edilicia del colegio tiene un pasillo entre patios al que los alumnos llaman “el callejón”. Y de eso se trata, de un sector fuera de las miradas de los adultos, que los más violentos aprovechan para dar sendas palizas a quienes estén en proceso de pago del derecho de piso, es decir a los nuevos, a los diferentes, a los otros.

Hay golpizas y hay juegos violentos. Como en otras escuelas, por supuesto. La diferencia es que en esas otras instituciones hay, o al menos suele haber, una preocupación al respecto y un intento por detenerlo.

Polvorines

¿Sobre qué espacio se habilita una escuela de educación primaria de gestión privada para que asistan niños? ¿En cualquier parte? Hay, sin duda, unas necesidades de seguridad vial que alguien debe de tener en cuenta. El colegio Nobel funciona en la esquina de las calles Libertad y Los Andes, en una estructura en forma de L, que encima rodea una estación de servicio, con los riesgos que tal cosa encierra. Obviamente, la inseguridad señala el tránsito de horas pico, el despacho de combustibles de manera permanente al paso de cientos de alumnos, depósitos enterrados junto a la escuela ¿Qué más? Nadie mira nada. Nadie lo hará hasta que sea trágico, porque solemos llorar sobre la leche derramada.

Más de uno podrá pensar que el subrayado de las diferencias económicas y sociales es un tema de poca importancia, o que dejar pasar hechos de violencia en que muchos chicos golpean y muerden a uno solo es una nimiedad. Pero no es así.

Las actuales leyes de educación hablan de inclusión de manera permanente. En este caso, nos encontramos ante un régimen educativo desintegrador: los alumnos nuevos, por ejemplo, no participan de los mismos eventos que los que asisten allí desde el jardín de infantes, únicos destinatarios de reconocimientos y premios. Se tiende a generar grupos cerrados de mentalidad corporativa. ¿Hacia dónde va el Nobel? Hacia arreglar con gritos lo que no se arregla con valores. Hacia generar grupos cerrados que no acepten a nadie más. Hacia evaluar las amistades por el coche en que llegan. No es ésta una práctica privativa de una institución, pero aquí a nadie parece importarle.

S sacó a su hijo de la escuela. La primera pregunta fue si había intentado hablar con las autoridades, y dijo que sí: “ellos niegan todo, ellos no ven nada”.

Así será la gestación de una sociedad absurdamente competitiva y sin oportunidades para los que sean simplemente distintos o nuevos en un grupo. Sirva entonces el ejemplo para que se vea con claridad que padecer la golpiza de un callejón no es privativo de una escuela pública adonde concurran chicos de menor nivel adquisitivo, como indica el prejuicio. Se extiende a cualquier institución donde haya abuso, maltrato y silencio. “Siempre hay un chivo expiatorio”, nos dijo S. A ése le pegan. Le pegan todos.

Que no sorprenda luego ver en las pantallas de los noticieros a jovencitas desfiguradas a golpes en la escuela, por ser lindas. Jóvenes muertos a patadas por una patota integrada por sus propios compañeros. No nos sorprenda entonces que un joven pueda, como en Carmen de Patagones, empuñar un arma para matar a sus mismos pares. Quizá alguna vez fue excesivo el derecho de piso.

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