Dejar atrás las inundaciones y el déficit habitacional

Dejar atrás las inundaciones y el déficit habitacional

Los beneficiarios de las 30 primeras viviendas en Santa Marta son vecinos de ese barrio y de La Loma, San Fermín y Padre Varela, quienes desde 2014 encabezaron las gestiones en Provincia.

Autor: Nicolás Grande

La precaria calle hace una curva pronunciada para evitar terminar su recorrido en el río. En la otra costa, a pocos metros, se ubica la desvencijada planta depuradora del barrio San Bernardo, cuyo caño principal arrastra al curso de agua los líquidos apenas tratados. A la izquierda, la autopista se levanta en terraplén. Hacia la derecha se visualiza, imponente, la Basílica, postal de la ciudad y principal atracción del periodismo foráneo en cada inundación.

Los vecinos que viven en esta zona del barrio La Loma son los primeros en abandonar sus viviendas y los últimos en regresar cada vez que el río Luján se descontrola, una circunstancia repetida en estos años. La calle no tiene nombre formal, aunque en el vecindario se la conoce como Los Jazmines. El miércoles de la semana pasada, varios vecinos ultimaban los preparativos para abandonar sus casas nuevamente, aunque en esta oportunidad de manera definitiva y planificada.

Finalmente se oficializó la entrega de las primeras 30 viviendas sociales para familias afectadas por las inundaciones. Las construcciones, de tipo prefabricadas, se encuentran en Santa Marta y fueron adjudicadas a vecinos de ese barrio y de La Loma, San Fermín y Padre Varela.

El logro fue el resultado de una larga lucha que se aceleró en octubre de 2014, cuando un nuevo gran desborde hizo que la bronca se transformara en organización. Así, con el apoyo decisivo del Movimiento Patria Grande, los vecinos lograron el compromiso del gobierno provincial para   implementar un plan de viviendas de 202 unidades. Ahora resta la construcción de los otros 172 inmuebles, en esos casos construidos de material y no ya bajo la modalidad industrial de la primera tanda.

UN NUEVO CAPÍTULO

Stella Ferrando es una de las vecinas de La Loma que espera la segunda tanda de viviendas. Aunque su actual domicilio también sufrió el avance del agua en varias oportunidades, prefirió sumarse al criterio de dar prioridad en esta primera tanda a los casos más urgentes. Además de acompañar innumerables gestiones para destrabar demoras burocráticas y empujar decisiones políticas, Stella se puso al hombro la tarea de censar a sus vecinos con el fin de determinar el número de familias que en ese barrio padecen las inundaciones. Por esa razón, conoce en detalle la situación de cada una.

Existe un denominador común: ese sector del barrio La Loma expone las consecuencias del severo déficit habitacional que afecta a Luján y que supera ampliamente el caso puntual de los inundados, aunque para estas familias la problemática es doble ya que a las carencias en sus viviendas se suma el peligro siempre latente del agua.

Allí donde la calle Los Jazmines llega al río, una sola familia cuenta con agua de pozo, que solidariamente convida a sus vecinos, aunque se sabe que las napas están contaminadas. Cada lluvia, por pequeña que sea, deja la estela de una humedad que se prolonga semanas enteras, especialmente en invierno y en el interior de las construcciones.

Carlos tiene 66 años y es no vidente. Vive en el barrio desde 2012. Calcula que desde entonces tuvo que dejar su casa unas doce veces por las inundaciones, en nueve fue evacuado por el Municipio y en otras tres debió autoevacuarse porque se trataron de desbordes menores que, de todas formas, alcanzaron sus pertenencias.

El miércoles aguardaba, todavía descreído, la inminente mudanza. “Hasta que no tenga las cosas en la mano, no creo”, explicó repleto de promesas incumplidas. Carlos pasó los últimos días en La Loma junto a su hijo, nuera, y nieta. Pronto será nuevamente abuelo. 

“En 2012 empezamos con las inundaciones. Antes estuvimos como autoevacuados, porque el agua venía creciendo. En 2012 nos llevaron a dormir al hospital. Ese mismo año se nos volvió a inundar a nosotros y a dos familias más. Estuvimos ocho días. Volvimos acá. En 2014 tuvimos siete días afuera, en el Polideportivo. Después volvimos al Polideportivo en abril, ocho días. Después una tercera inundación en mayo de 2014 y la más grande que fue del 27 de octubre hasta el 15 de noviembre de 2014”, repasó el vecino.

En ese camino de desgracias repetidas, Carlos sufrió la muerte de su esposa, el 15 de agosto de 2014. Esa ausencia todavía pesa y le impide la felicidad plena por la mudanza. “Estoy contento pero la que más luchaba se fue, contentos estamos pero no al cien por cien, falta una persona que luchó mucho”, comentó, aunque resaltó que su próxima nieta podrá disfrutar de “una casa digna”.

La vivienda que Carlos dejó atrás era una fusión precaria de ladrillos, chapas y cartón. Detrás de la puerta de tela se improvisaban dos ambientes. El primero con lugar apenas suficiente para una cama y otras pertenencias de menor tamaño. El resto era ocupado por la familia de su hijo, un sector igual de precario que en estos días invernales se muestra en toda su desnudez.   

En la otra punta de la misma calle, Gabriela se encontraba en plena tarea de embalaje. En el patio quedaron los vestigios de muebles estropeados por el agua, tantas veces invasora. A ella y a sus dos hijos les fue adjudicada la vivienda número 13, en el nuevo predio del barrio Santa Marta, un número repetido que bien vale una apuesta a la lotería: “Vivo acá desde hace 13 años, me vine cuando mi hijo tenía 13. Perdí todo, hasta las camas, me las llevaron las inundaciones”.

Hasta el miércoles, la vecina todavía no conocía su nueva casa. Imaginaba la alegría cuando llegara ese momento y bromeaba con la maldita posibilidad de que tanta emoción le jugara una mala pasada al corazón: “No me quiero morir, quiero estar un tiempo ahí”.

 

DEL OTRO LADO

Entre los beneficiarios de las primeras 30 viviendas varios son vecinos del barrio San Fermín, separado de La Loma por la traza del Acceso Oeste. El mismo miércoles a la tarde, esas personas esperaban que las lluvias pronosticadas para los días siguientes no dificultaran la mudanza. “Es un gran cambio, por fin hicieron algo por nosotros”, resumieron en cuanto a las nuevas casas.

Como sus vecinos del barrio La Loma, las promesas de soluciones que se incumplieron fueron muchas. Una de las vecinas que dialogó con este medio recordó que todavía guarda un compromiso por escrito que allá por el 2000 les prometía una relocalización inminente.

Además de dejar atrás las inundaciones, los vecinos se mostraron entusiasmados ante la posibilidad de que el cambio en las condiciones habitacionales impacte positivamente en la salud de sus hijos: “Nosotros somos cinco. La humedad es lo peor, especialmente en esta época. Es un cambio para nuestros hijos. Acá hay mucha enfermedad respiratoria”.

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