Un tribunal dictaminó que Gustavo Ávila había matado a su hijastro en defensa propia. Echó por tierra así todas las especulaciones que se habían construido en la prensa y en la calle acerca de la existencia un duelo familiar por defender a la madre. El delgado hilo de la verdad, y su reconstrucción en el proceso penal.
Los rastros que ha dejado el hecho en la realidad actual cobran a veces el carácter de documentos, por su existencia material y objetiva. Otras, las huellas están en las versiones que ese pasado ha trazado en la memoria de los involucrados y testigos. Allí comienza el largo camino de la interpretación.
Entonces ¿cómo se reconstruye la verdad? Arduo camino.
Recientemente el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 3 se expidió sobreseyendo a un changarín de 43 años, Marcelo Gustavo Ávila, quien había dado muerte al hijo de su concubina. Los jueces Oscar Alemano, Juan Manuel Sueyro y Ana María Fernández condenaron al imputado únicamente por la tenencia ilegal de arma de fuego y su portación, ya que consideraron que había efectuado el disparo en uso de su legítima defensa. Le cayeron -por lo expuesto- únicamente cuatro años de prisión como pena.
Pero la ciudadanía sólo había sabido del caso por la reconstrucción efectuada en la prensa, a partir de interpretar unas circunstancias tentadoras. El escenario era perfecto: una familia sumamente humilde viviendo en una casa muy precaria de un barrio carenciado: Güiraldes al 8000. Se decía que en el lugar se había generado una discusión familiar en la cual la mujer, Virginia Sotelo, había sido golpeada por su esposo, un hombre que, obviamente, la superaría en fuerza y condiciones físicas. Que los hijos de ella habrían intentado impedir los malos tratos, hasta que uno de ellos, Jorge Alberto Cejas, de 21 años, cayó abatido. El agresor habría sido su padrastro, y le habría disparado directamente a la cabeza. Caía la madrugada del 9 de noviembre de 2009 en el barrio Las Heras de esta ciudad.
La Fiscalía estuvo a cargo de Juan Pablo Lódola, y había citado a declarar en el juicio a los dos familiares de la víctima que presenciaron el hecho: su madre, Virginia Sotelo, y su otro hijo, hermano menor del muerto, Juan Cejas. Además se dispuso la comparencia de una vecina, Gisella Matulatis, y la prensa agregó con dramatismo: “vio al imputado con el arma, aún humeante, en la mano”.
El defensor Roberto Antognini, por su parte, anunció que no discutiría la autoría del hecho, pero sí procuraba atenuar la situación del encausado. A su criterio, los hechos no habían acontecido de la manera en que se decía.
Pero ¿cuál era el camino? ¿Cómo es que se esclarece en la vía judicial un hecho del pasado, si lo que aparece como rastro es tendencioso? Ante la instrucción, Virginia Sotelo no dudó en responsabilizar a su pareja del crimen, y lo propio hizo su otro hijo, Juan Leonardo Cejas, que también presenció el hecho. “Marcelo le voló la cabeza de un tiro a mi hermano”, había dicho el muchacho.
Por su parte, la testigo Giselle Stella Matulatis expresó a la policía que escuchó un disparo, y que cuando salió a ver qué pasaba, vio a Alsina con el arma en la mano. Indiscutible.
El recorte
Pero no todo es lo que parece. Luego del debate oral, los jueces pusieron énfasis en reconstruir cada uno de los movimientos de los implicados, y llegaron a la conclusión de que las fuerzas de responsabilidad se invertían.
Los hechos habían acaecido a lo largo de una cuadra. Ávila y su mujer comenzaron una discusión violenta dentro del domicilio que compartían; se dice que el tema era si autorizaban o no a que la novia del hijo menor pernoctara en la casa. Cuando la riña se hizo acalorada, Virginia Sotelo fue quien tomó un revólver Colt que escondía en su dormitorio –propiedad de la pareja- y dijo que se mataría. El acusado Ávila le retiró el arma y se la guardó en un bolsillo por cuestiones de seguridad.
La discusión, sin embargo, continuó en la vereda, por más que había pasado ya la una de la mañana, mientras la familia se dirigía desde la altura 8929 hasta el 8990, donde vivía el fallecido Jorge Alberto junto con su pareja. El hijo pretendía llevarse a la madre a su casa, mientras que Ávila exigía que regresara al domicilio conyugal. En este forcejeo Ávila en efecto golpeó y amenazó a su hijastro con el arma que levaba en el bolsillo. Hasta allí llegaron, y Ávila se retiró a su domicilio de Güiraldes 8929.
Pero Jorge Cejas no entró a su casa del 8990 donde había llevado a su madre, sino que se ausentó por espacio de 20 minutos. Transcurrido ese lapso volvió con un arma de fabricación casera, de las llamadas tumberas. Se trata de una escopeta recortada, que se probó era de su propiedad, por más que un amigo se la guardaba en su casa. En la jerga de la calle se las llama “recorte”.
Armado de esta manera se acercó a la casa de Ávila, que ya estaba a oscuras, pateó la tranquera e ingresó a la vez que decía: “Vení Gustavo, no te refugiés, vení, pegame ahora”.
Ávila respondió desde adentro: “Andate Toto”, porque los hechos ya habían finalizado, y todo estaba ahora en calma. Pero el muchacho no hizo caso y se ubicó en posición de tiro. Entonces Ávila le disparó en la cabeza, y lo mató.
El hermano menor, Juan, dijo: “Gustavo lo primereó, si no mi hermano lo mataba”. Mientras tanto, Ávila firmó de inmediato su confesión, y dijo que sólo quería asustarlo porque el joven lo venía a matar.
Pero la versión decisiva vino de una testigo que apenas escuchó el griterío sin ver lo que pasaba: era la entonces concubina del fallecido Jorge Cejas. Dijo que oyó con claridad la voz de su suegra diciendo: “ahí está, matalo”. No sabe a quién de los dos se dirigía, pero es factible pensar que estaba animando a su hijo a cobrar venganza sobre el concubino con el que acababa de discutir, y no al revés.
Para los jueces no cabía duda: la mujer había azuzado la discusión, había colaborado a la rencilla, y no era cierto que intentara desanimar los disparos, que a esta altura eran solamente motivados por la venganza. El tribunal llegó a esta versión a partir de cruzar las declaraciones, e investigar todos los espacios de lo no dicho.
“Andate Toto”
¿Qué podía hacer Ávila?: dejarse matar. El hijastro había vuelto con una escopeta tumbera. Gustavo le había gritado “quedate ahí” cuando lo vio entrar a su casa, pero Jorge Cejas no entendía razones: tenía un arma de alto poder.
El disparo que lo sorprendió desde adentro fue certero: le perforó el cráneo. Ávila salió con el arma en la mano, y en efecto todos los vieron. La cuestión era, a esta altura, cuál era la razón.
Para el tribunal, aceptar la versión que la prensa echaba a rodar acerca de la hipotética mujer golpeada con salvajismo por el concubino, podría haber sido mucho más tentador. Hubiera sido hasta festejado popularmente como un logro de género. Pero claro: no era cierto.
Trascurrido el debate, los finos hilos del documento de naturaleza oral, la reconstrucción de cada uno de los segundos que implicaron la totalidad del hecho y sus consecuencias, comenzó a delinear un nuevo lienzo con los hechos ajusticiables tan difíciles de acotar. Implicó todo un acto de solvencia aceptar que estos acontecimientos no habían sido como se vendieron, como habían sido gritados por una comunidad presta a encender las antorchas rápidamente ante un posible reclamo.
Legítima defensa, fue la versión final del jurado. Ávila podía disparar o dejarse matar y no había más nada que hacer. Porque la línea de la causalidad de los hechos quedaba anulada, toda vez que la discusión ya se había aquietado: todos parecían listos para dormir, y esperar otra oportunidad para aclarar las cosas. Defensa de la vida. Un tema a revisar en las circunstancias actuales en que siempre aparecen unos derechos más derechos que otros.
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