Cuentas externas, una tendencia cerca de la zona de peligro

Ricardo Delgado

Economista, Director de Analytica

El superávit comercial cayó 29% en 2010, y si bien sigue siendo razonablemente holgado, para una economía de desarrollo medio como la argentina (unos 3 puntos del PIB), refleja una tendencia que debe mirarse con atención: el crecimiento de las importaciones duplicó al de las exportaciones. Para este año, el saldo volverá a reducirse, a 2% del PIB (u$s 9.500 millones), y nuevamente las compras aumentarán más que las ventas al exterior.

Cuando la relación de precios entre exportaciones e importaciones (los términos del intercambio) resulta 50% más alta que hace dos décadas y se acerca otra vez al récord histórico (del primer trimestre de 2008), es ineludible que esta dinámica declinante de la balanza comercial debiera ser un hecho central de atención de la política económica. Más aún: si se proyectara la cuenta corriente (computando servicios, utilidades y remesas) bajo un escenario como el actual, es probable que en 2011 el neto entre ingresos y salida de divisas sea cero por primera vez desde la crisis de 2001-02.

No es casual entonces que desde la Unión Industrial Argentina (UIA) ya se comience a advertir en público lo que desde hace un tiempo se discutía en privado. En un comunicado de la semana pasada la UIA sostiene que parte de la recuperación de la demanda interna no está generando una producción nacional más alta precisamente por el crecimiento importador. Y en varias ramas productivas se está dando la paradoja de empresas que complementan su producción con bienes importados. En los noventa, el negocio importador estaba dominado por distribuidores no industriales; hoy, aprendizaje mediante, esta lógica empieza a darse vuelta.

La ministra de Industria, Débora Giorgi, salió a retrucar los argumentos de los industriales afirmando que “en dos años sustituimos importaciones por u$s 7.600 millones”. Esto es básicamente cierto para los bienes de consumo (cuyas importaciones crecen menos que en otras fases de alto crecimiento), pero no para las importaciones de combustibles, por ejemplo, donde el fenómeno es justamente el inverso al de la sustitución.

En verdad, estructuralmente el problema es que las importaciones de bienes de capital y de bienes intermedios crecen pero menos que el resto, y así pierden participación en el total, en tiempos en que la capacidad de producción de varios bloques industriales relevantes está al máximo de su utilización y se requiere un flujo de nuevas inversiones muy superior al actual.

En números: la participación de estas ‘importaciones duras’ en el total cayó 9 puntos entre el promedio de 2003-07 y el año 2010. Aún creciendo a tasas importantes (+77% bienes de capital y +68% bienes intermedios), el elevado uso de la capacidad instalada indica que, de no mediar un fuerte proceso inversor, deberán tener más participación en el futuro para sostener un crecimiento del PIB del 6% anual en promedio.

La sustitución de importaciones enfrenta dos restricciones. Una, estructural, derivada de una economía que depende hoy más de las importaciones que hace quince años. La elasticidad importaciones/PIB ya es cercana a 4, superando incluso los ratios de la convertibilidad.

La otra es la incipiente pero progresiva apreciación real del peso, una moneda que se vuelve ‘fuerte’ por la inflación, que hace reducir los márgenes de exportación y que alienta las compras externas.

Entonces, cualquier escenario a priori favorable para penetrar con más productos en más mercados del mundo choca con la realidad de operaciones comerciales que no cierran porque los costos de producción argentinos, medidos en dólares, crecen 40% en dos años. Esto explica también por qué el 23% de aumento de las exportaciones de 2010 figura entre los porcentajes más bajos de crecimiento de las ventas externas de la región (apenas algo mejor que Colombia, el de peor performance).

Como siempre, un comentario especial merece Brasil en la dinámica externa argentina. Algunas ramas industriales (típicamente el sector automotriz) encuentran en la gran fase expansiva del mayor socio comercial argentino un destino excluyente. Brasil creciendo casi 8% con un real super-apreciado es una combinación muy interesante y rentable. Y eso se refleja en las exportaciones de MOI, cuya participación en el total exportado aumentó 5 puntos porcentuales entre el promedio 2003-07 y el 2010.

Aún así, el déficit en el comercio de bienes industriales con Brasil creció fuertemente, llegando a u$s 6.100 millones. Ni siquiera la enorme tracción de demanda interna y costos en dólares más altos siguen alcanzando para compensar las asimetrías estructurales que Brasil mantiene con la Argentina (de escala, financieras, de desarrollo productivo). Y hacen tener presente hasta cuándo la moneda brasileña seguirá siendo de las más valorizadas del mundo en los últimos años, cuando ya son más las voces –en el gobierno de Dilma Rousseff incluso– que alertan de las consecuencias negativas del super-real sobre el entramado industrial y el empleo.

Es previsible que en una economía en expansión como la argentina, el superávit comercial se reduzca. El equivalente a 12 puntos del producto de excedente externo que existía en 2003, a la salida de la crisis, no es consistente en el tiempo. Ahora bien: ¿los 2-3 puntos actuales sí representan un nivel de equilibrio para las cuentas externas? Difícil saberlo; sin embargo, en una economía que no capta financiamiento externo neto, mantener el superávit comercial es clave para aumentar las reservas internacionales y atender las salidas netas de capitales sin desequilibrios macroeconómicos demasiado perceptibles.

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