Miriam Maldonado contó cómo fue vivir doce días evacuada en Los Cajones, estuvo a punto de no regresar al pueblo.
El agua llegó a Lafinur el lunes 2 de marzo por la mañana, justo cuando empezaban las clases y la mayoría del pueblo estaba en el acto de la escuela N° 437 “Juan Crisóstomo Lafinur”. Miriam Maldonado vive hace ocho años en esa localidad y un mes después de la inundación contó: “Estamos contentos porque pudimos volver después de doce días que estuvimos evacuados en la escuela de Los Cajones”. Mientras ofrece unas sillas para conversar más cómodos, detalla que vive con sus cinco hijos: el mayor, un varón de 19 años; la segunda, una mujer que recién cumple 18 y está embarazada; una adolescente de 14; un nene de 6; y el más chiquito de un año.
La inundación la tomó por sorpresa en su casa y según recordó “no creía que iba a llegar tanta agua. Pero me tuve que ir cuando subió un tanto así (muestra con sus manos la medida de medio metro) y ya se había formado tormenta otra vez. Esa mañana mi hija, la embarazada, se fue al médico porque tenía que hacerse unos estudios y no pudo volver porque al pueblo ya no se podía entrar y tampoco pasaba el colectivo. Como ese día vino el padre de los dos más chicos, que vive en Santa Rosa, él me ayudó a salir y después le pidió a la intendenta que nos llevaran hasta Los Cajones”.
Cuando Miriam se fue, el mayor de sus hijos se quedó con su ex pareja unas dos horas más porque no querían abandonar la propiedad: “Trataron de poner bolsas de arena por el frente para que no entrara el agua, pero por el fondo ya no la podían parar. Se empezó a filtrar entre los ladrillos block de las paredes. Hasta que entró por todas las aberturas y ya no pudieron evitar que se inundara”.
Explicó que a su hermano, que vivía en frente de la plaza del pueblo, no le quedó nada: “Tuvo que dejar la casa porque perdió todo. Yo tampoco tengo mucho más que él, pero vio cómo vienen los muebles ahora, con muy poca madera y se deterioran enseguida. A mí por lo menos me dieron colchones y ropa para los chicos porque las cosas que se mojaron ya no sirven más”. En un momento la mujer bajó la voz, como si hablara sola: “El olor a humedad y el barro percudió todo. Es muy feo, no imaginé nunca que esto era tan malo. Adentro de la casa quedó casi un metro de barro que primero hubo que sacarlo con pala y después baldear”. Esa tarea de limpieza para reacondicionar su vivienda la hizo con ayuda de los integrantes de San Luis Solidario y algunos trabajadores del Plan de Inclusión Social, que vinieron a colaborar. Además ayudaron sus padres y los tres hijos mayores.
De esos días que le tocó convivir con los otros pobladores evacuados en la escuela de Los Cajones dijo no tener buenos recuerdos: “Nos atendieron muy bien, pero no es lindo. Hasta psicólogos tenían los chicos para poder jugar. Pero yo tenía unas ganas de venirme cuanto antes, aunque sea pensaba en llegar hasta algún lugar de Córdoba pero ya no se podía. Si hasta había llegado el agua a La Lomita”.
Aseguró que el momento más difícil fue cuando les dijeron que si seguía bajando agua, el puente que une esa localidad con Lafinur podía caerse y en ese caso quedarían aislados: “Al otro día nos llevaron casi de apuro a un salón de Los Cerrillos (Córdoba) porque el agua también estaba inundando el pueblo de Santa Ana y empezó a entrar en Los Cajones, aunque no llegó hasta la escuela donde estábamos. Por eso nos trajeron de vuelta al otro día”.
Si bien en el edificio de la escuela estaba la mayoría de los pobladores, el estado de ánimo general no era el mejor a pesar de que la mujer contó que “intentábamos ponerle buena onda y en broma decíamos que estábamos de vacaciones”. Pero admitió que no lo disfrutaron y que ella en particular la pasó mal. “Esa primera noche se puso fresco y como yo me vine con lo puesto no teníamos ninguna frazada para taparnos. Nos dieron los colchones pero no podía abrigar a los chicos. Encima entre que le hacía la mamadera al más chiquito, el otro me pedía comida y la más grande tenía frío porque no tenía la colcha, la verdad es que no pude dormir nada”.
La mujer nacida y criada en el paraje La Lomita ubicado en el departamento Junín, al norte de la provincia, sobre la ruta 23, expresó que “al principio yo no quería volver porque estaba amargada y lo único que tengo son mis hijos y ya estaban conmigo. Pero lo que más pena me daba era mi hermano que había logrado construirse algo en frente de la plaza y vivía ahí con su esposa y su hijito. Ahora el agua se lo destruyó y me dijo que se va con su mujer a vivir a Mendoza. Pero cuando volví y empecé a reaccionar me di cuenta que había que empezar de nuevo, como si esto no hubiera pasado”.
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