Cuando la tierra enseña a no pensar dos veces

Por: Jorge Oviedo.

Cuando se vive en una zona sísmica se aprende desde chico a temer a los temblores y a reaccionar ante ellos. Primero en casa y luego en la escuela. Aquí la tierra tiembla todos los días. Sólo los sismógrafos se enteran la mayoría de las veces. Es tema de comentario local varias veces al año. Y cada muchos años ocurre algo de trascendencia nacional e internacional.

Las noches calmas, despejadas y calurosas del tórrido verano a veces despiertan el temor inconsciente y las vecinas se apantallan mientras lanzan un admonitorio: "Está como para que tiemble". Es el reconocimiento del peligro constante de una tragedia que se sabe probable y que llegará sin aviso.

El diseño moderno de esta capital provincial es el resultado de una catástrofe espantosa. Mendoza, fundada en 1561, casi dos décadas antes de que Juan de Garay hiciera renacer a Buenos Aires, no tiene ningún San Telmo que atestigüe su pasado colonial. Fue barrida por completo en 1861 por un terremoto colosal. Sus calles son anchas porque en la reconstrucción se quiso evitar que un nuevo episodio volviera a bloquear con escombros a quienes trajeran el socorro. Los altos árboles en las veredas debían amortiguar y contener la caída de las construcciones. Las cinco plazas del centro eran -son- el lugar de evacuación.

Dicen que un terremoto se parece a la caída de una piedra al agua. Lejos del impacto, se sienten ondas suaves con intervalos largos. Más cerca las olas son más altas y más seguidas. Y en el lugar de la caída ocurre una explosión.

Quienes han vivido temblores, creen erróneamente que hay tiempo para escapar. Sólo quienes pasaron por "la explosión" saben que no lo hay para casi nada. Si sobreviven, aprenden a ser sensibles y a moverse rápido y sin pánico porque una especie de instinto adquirido les dice que, si es que hay una mínima oportunidad, no dura y no se repite. Si es posible, hay que huir a un lugar abierto.

Los consejos de los expertos sobre cómo protegerse han cambiado. El único invariable es el de salir de las construcciones, si es posible. Hace décadas la opción siguiente era meterse bajo una mesa o de los pupitres escolares. O pararse en los dinteles de las puertas, si la construcción es antisísmica. Hoy hay quienes dicen que lo mejor es acurrucarse frente a algún mueble alto.

Lejos de Mendoza

Hace casi 21 años dejé mi natal Mendoza y me mudé a la nada sísmica Buenos Aires, pero siempre retorno de vacaciones y algunas veces he vuelto a sentir esa extraña sensación de las olas del suelo, mientras uno, las casas, los edificios, se mecen como si se estuviera a bordo de un barco.

Muchas veces en los 30 años que viví aquí vi el suelo ondeando, las olas del asfalto como si fuera agua, los edificios mecerse como si fueran álamos rozados por un viento inexistente. Así fue en ocasión del terremoto de 1965 en Chile, cuando era un niño, y que se sintió muy fuerte aquí. La casa se bamboleaba y los paredones altísimos de una vetusta casona vecina amenazaban con desplomarse mientras ondeaban como si fuera de papel.

Mis abuelos paternos estaban de visita y recordaban con claridad el terremoto que borró en 1944 a San Juan de la faz de la tierra. Se asustaron mucho. Y ante cierta incomprensión de mi parte nos condujeron enérgicamente al patio, lejos de cualquier construcción.

En noviembre de 1977 el terremoto de Caucete, en la vecina San Juan, me sacó de la cama temprano en la mañana, sólo para ver cómo el suelo del patio de la casa familiar ondeaba como si se hubiera transformado súbitamente en un líquido espeso. La ciudad estuvo paralizada todo el día, mientras las réplicas nos hicieron sobresaltar cada vez con menos frecuencia durante toda una semana.

Una sola vez, y espero que sea la última, sentí "la explosión". Fue en el terremoto de enero de 1985, un sábado a la medianoche que empezó de fiesta y terminó en fatalidad colectiva. El remezón inicial fue como un estallido que lo conmovió todo y nos dejó en silencio, paralizados y expectantes. Los perros del barrio comenzaron a aullar enloquecidos y mi madre dijo: "Debe haber sido un temblor".

El segundo golpe llegó enseguida y fue peor. La casa de mis padres se retorció lanzando crujidos imposibles, rechinando el techo y todos huimos al patio en medio de la oscuridad, pues los sensores de emergencia del servicio eléctrico habían cortado de inmediato el suministro.

En la oscuridad

Pasamos la noche en el auto, en la calle, temiendo a las réplicas y a los posibles daños de la casa que la oscuridad no nos dejaba ver. Gran parte de los sectores más viejos de la ciudad se desplomaron. Manzanas enteras debieron ser demolidas y poco después la coqueta Mendoza parecía haber sido escenario de una guerra.

Desde entonces aumentó mi sensibilidad a los movimientos del suelo. Todos los mendocinos tuvimos la triste ocasión de poner a prueba nuestras nuevas habilidades cuando el domingo 3 de marzo de 1985, con una buena parte de la ciudad en ruinas, nos sacudió un terremoto que barrió la Quinta Región chilena y causó estragos en San Antonio, Valparaíso y Viña del Mar. Las vibraciones, desde entonces, me ponían alerta. Esa sensibilidad y el miedo se pierden con los años. En 2006 el menor de mis porteños hijos conoció conmigo un remezón durante las vacaciones de invierno en la tierra del sol y del buen vino.

En la madrugada de ayer, a punto de terminar las vacaciones veraniegas, la tierra se meció otra vez. La mayoría conservó la calma. Algunos se espantaron, otros se aterrorizaron y descompusieron a tal punto de que necesitaron ser atendidos. Muchos huyeron de las construcciones y terminaron pasando la noche en vela.

En algunos sectores del Gran Mendoza los sistemas de seguridad interrumpieron el suministro eléctrico. Las líneas de celulares se desbordaron. La gente quería saber cómo estaban sus familiares. El que no me haya despertado confirma que he perdido la sensibilidad de mendocino veterano. Y me hace pensar que si hubiera sido otra vez "una explosión", probablemente no habría vivido para contarlo.

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