Cuando integrar no es utopía

La integración de un niño con Síndrome de Down en una escuela común arroja una experiencia que enriquece desde lo humano a niños y adultos de la comunidad educativa de la Escuela 255. Muestra, además, una sociedad posible que requiere, principalmente, de decisión política y recursos económicos. “Ha sido un proceso muy enriquecedor. Lo veo contento, es uno más adentro de la escuela y lo quieren mucho, no solo en el grado de él sino el resto de los chicos” expresó la mamá.
Lautaro tiene 9 años, nació con Síndrome de Down, y desde hace tres años protagoniza una rica experiencia de educación integradora en una escuela común que invita a soñar con un futuro diferente.

Desde 2009 asiste paralelamente a la Escuela 255 y a la Especial 6, haciéndose querer por pares y adultos de un abanico muy diverso. Para conocer más de cerca esta historia B2000 entrevistó a su mamá Cristina Painefil, a las maestras de grado Carina Antual y Graciela Mira, y a la directora Mirta Ferrario.

En diálogo con este medio, las maestras coincidieron en definir la experiencia como un “desafío” que “vale la pena” y señalaron que el trabajo fue difícil al principio porque no estaban acostumbradas a planificar para trabajar con chicos con necesidades especiales.

Carina Antual, su docente de 1º y 2º grado, comentó que las inseguridades y miedos las resolvió con ayuda de la Dirección y una Maestra Integradora, entre otros. “Todos los chicos tenían miedo porque la escuela primaria es muy grande, es totalmente distinto al jardín de infantes y siempre sabemos que ese cambio es difícil pero en el caso de Lautaro era más notable, tenía actitudes muy llamativas”, relató y comentó que el trabajo consistió en darle tiempo y aprender a tener seguridad en el trato.

“Al principio tenés miedo que se caiga, que se ponga violento, que llore y no lo puedas calmar pero de a poco, con el apoyo de la maestra integradora, le fuimos marcando pautas de trabajo, de relación con la docente y con el resto de los chicos, tanto a Lautaro como a la mamá”, indicó.

Según relató, durante la adaptación Lautaro no quería entrar al aula ni formar en la fila, quería estar siempre con la mamá y una vez en el aula se escondía debajo de la mesa o tiraba los útiles escolares. Ya en el segundo año se formaba en la fila, entraba solito al aula, distinguía los cambios de timbre de hora y de recreo, y asumía algunas responsabilidades como el resto de sus compañeros.

En ese proceso, fue fundamental el lugar de la Maestra/o Integradora/or que permitió comprender el comportamiento y alinear el trabajo. También hicieron su aporte los compañeritos que aprendieron a conocerlo y lo aceptaron como par.

Al respecto, su actual maestra de 3º grado, Graciela Mira, evaluó positivamente el trabajo que se puede realizar en el aula donde los chicos aprenden la paciencia, la tolerancia, la colaboración y la puesta de límites, y subrayó que fue el propio grupo de compañeros el que la ayudó a lograr la adaptación con Lautaro.

Por su parte, la directora de la institución Mirta Ferrario, señaló que “los límites” es uno de los temas principales, al igual que con cualquier otro chico con dificultades. “Fuimos hablando con la mamá porque hay que trabajar mucho los límites. Él entiende lo que se le dice así que se le fueron poniendo los límites, algunos los aceptó y otros no, como cualquier otro niño”, expresó y resaltó que “enfocando las cosas desde el niño realmente aprendemos todos. Uno tiene que desarmar todas las cosas que aprendió para volver a armar otra estructura así que en esto fue bárbaro”.

Una actora fundamental para llegar a demostrar que esta experiencia de amor y recreación de nuevos lazos sociales es posible, fue la mamá Cristina Painefil, quien empezó a batallar con distintas instituciones del Sistema Educativo desde el jardín para lograr que su hijo fuera integrado. Y la lucha no fue fácil pero está dando sus buenos frutos.

Entre los cambios que observó en Lautaro, destacó que su lenguaje, su pronunciación y su desarrollo intelectual mejoraron mucho. Aprendió a entender una consigna y a llevarla adelante, a esperar, a compartir y a respetar los tiempos de los otros.

“Ha sido un proceso muy enriquecedor. Lo veo contento, es uno más adentro de la escuela y lo quieren mucho, no solo en el grado de él sino el resto de los chicos” expresó y evaluó que si bien “hay una parte de verdad que es que el sistema no aporta a la escuela para que los docentes puedan trabajar de un lugar piola porque el Estado está ausente, pero por otra parte hay que salir del no se puede”.

Por otra parte, reflexionó que la rica experiencia de Lautaro podría ser vivida por otros chicos con discapacidad mental pero para esto hace falta “re-significar el para qué” y trabajar en las “potencialidades” y no en las dificultades.

Tal vez ese “para qué” -que requiere de decisión política e inversión económica- sea, precisamente, lo que sucede en el aula y en la escuela, entre maestros, niños, directivos y padres, que aprenden a conocer lo diferente, a aceptarlo y también -por qué no- a quererlo.

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