Este miércoles a las 23 arranca en Telefe la miniserie dirigida por Luis Ortega que ficcionaliza la historia de la familia que secuestró y mató a principios de los '80. El testimonio de sus protagonistas.
Esta era la Argentina del año '82, '83, '84”, dice Cecilia Roth -Epifanía Puccio, en Historia de un Clan- sobre la miniserie que el miércoles a las 23 horas se estrena por Telefe. “Hablo de la hipocresía, ¿no? -agrega-. Porque es una familia de San Isidro en la cual todo lo que sucede, sucede dentro de la casa. Como un país, como si nosotros miráramos para otro lado, que sucede mucho. Ojo, cuidado, que lo que pasa en la casa puede pasar en un país entero, no nos hagamos los boludos, veamos, miremos; sin crispación, debatamos.”
En muchos sentidos, desde el presente, el mundo que existió hasta la caída del Muro de Berlín suena a ciencia ficción. El caso salido a la luz el 23 de agosto de 1985 con la detención de Arquímedes Puccio dejó en evidencia que la Argentina que en el período previo al Muro se había distinguido por una dictadura militar que sistematizó la desaparición forzada de personas, conceptualizando, a nivel mundial, la figura del desaparecido, había sufrido secuelas. Y serias. En un barrio que el imaginario popular asociaba a la "gente bien", uno de los suyos, con un hijo en el seleccionado argentino de Rugby (Alejandro), había organizado una banda que se dedicaba al secuestro extorsivo de personas asociadas a su clase social, “entregados” por el mismo Alejandro, y las mantenía en cautiverio en su propia casa hasta que se pagaba el rescate, y las ejecutaba.
“Recordaba que gente de alrededor de la familia Puccio hasta respondía indignada que no podía ser cierto -dice Alejandro Awada, un Arquímedes impecable-. Y al ponerme a indagar para el personaje, descubro a un señor muy siniestro, muy oscuro, para mí relacionado con los servicios, muy ligado a la Triple A. Para mí, ¿eh? Esto no figura en ningún sitio.”
“Ese año volvía a la Argentina -recuerda Roth-. Y lo que me impactó muchísimo de esa Argentina era la cantidad de crímenes extrañísimos, como si se hubiera quedado en el aire una vibra de la dictadura. Y Arquímedes Puccio tenía una mezcolanza ideológica para justificar su locura asesina; los que secuestraban y mataban, Díaz, Laborde y el Coronel, sino eran de los servicios eran sicarios de lo que fuera.” Para Roth, participar de Historia de un Clan no significó revivir nada: “El vestuario de los '80, las casas, la televisión en blanco y negro, todavía, era una cosa que no había vivido y que la viví por primera vez siendo Epifanía Puccio (sonríe). No fue un déjà vu, fue recorrer algo que no conocía.”
“Entiendo que era un hombre de un gran resentimiento -vuelve Awada-. La historia en sí siempre me pareció muy tremenda, y de una sangre de otro carácter. Y lo más sabroso de todo era cómo esa repugnancia vivía de una manera muy cordial con una actitud social de familia, relaciones humanas muy nobles y muy amorosas.”
La idea de familia muy normal, aunque lejísimo de aquella gracia que producían Los Locos Adams, acaso fue lo más impactante del caso: produce escalofríos caer en la cuenta de que se forma parte de una trama social que contempla semejantes situaciones. Acaso de ahí, también, el motivo de por qué se tardó en ficcionar el hecho.
“Me pareció una historia atractiva de contar desde que me enteré de chico -dice Chino Darín, Alejandro en la ficción y nacido después del descalabro de la banda-. No entendía cómo todavía no había material audiovisual de ficción.” Para su dicha, justo cuando está en condiciones de hacer un papel, hay película (El Clan, de Pablo Trapero) y miniserie; a él le tocó la miniserie.
“Es la primera vez que quiero hacer un personaje y se me da. Y así como es lindo, es una historia sumamente pesada, que creo va a tener sus secuelas en cada uno de los que formamos parte. Porque para interpretarlo como se debe, y creo que es lo que tratamos de hacer todos, te tenés que sumergir un poco en esos pensamientos oscuros, en esas fuerzas malignas. Entender un poco que todo esto forma parte de la naturaleza humana, que nadie está exento de culpa y responsabilidades, y nunca podrás decir: yo nunca tal cosa o tal otra.”
“Emocionalmente -corrobora Roth-, todo empezó muy arriba, una familia ideal (ríe), y terminamos hechos todos polvo. O por lo menos yo, trastabillando un poco. Me tocó fuerte meterme en esa piel.”
“Maguila es un trastornadito, no se sabe bien qué le sucedió en su gestación o en su crianza para que salga un poco retorcido -cuenta Nazareno Casero sobre su Daniel Puccio-. Fue un papel muy divertido. Porque es divertido jugar al loco. Y veo la cara de todos nosotros desde cuando comenzamos hasta ahora, y cambiamos un poco. Fue mucho y arduo el laburo, todos “envejecimos” un poco, nos comimos una paliza, y la verdad que es el mejor entrenamiento. Si tenés la suerte de poder laburar para aprender, es una bendición del cielo.”
Como toda bendición, hay que estar preparado para ella. Awada y Roth han dado sobradas muestras de su estado apto para ser bendecidos. “Hace diez años que tomé la decisión de ir a trabajar donde encuentro que eso es posible -dice Awada sin alarde-. Sino, me aburro mucho y la paso mal. Transité, caminé, trabajé mucho, y el ir a trabajar por trabajar, lo hice mucho, y cuando descubrí que existe la chance de ir a trabajar por el placer del laburo, es otro todo. Y afortunadamente desde hace un tiempo a esta parte estoy teniendo esa posibilidad.”
Y si Awada sorprende en su exigencia (hacia sí mismo para saber decir no, y hacia las condiciones que le ofrecen), Roth no le va en zaga. “El día que me empiece a aburrir dejo de trabajar como actriz y me dedico a otra cosa -sostiene con aplomo, sin dramatismo-. Al contrario, un director como Luis (Ortega, ver aparte) lo que produce es nuevamente volver a amar tu oficio, ir a trabajar aunque te cagues de frío, aunque sean horas eternas.”
Del otro lado del lazo generacional, Casero, que con humildad aceptó la bendición, sostiene: “No tuve formación académica, nunca fui a aprender teatro con nadie, entonces hay un montón de cosas básicas de cómo desplegás tu performance como actor que se me van. Me pude sentir cómodo, lo cual es algo provechoso, porque antes siempre quedaba con alguna duda: me hubiese gustado hacer esto y lo otro. Por ahí no te saben interpretar, o vos no te podés expresar bien, entonces muchas veces quedás en la mitad entre lo que querías hacer, entre lo que salió -que está bien-, y lo que podrías haber dado. Y acá me sentí muy cómodo.”
“Algo que estuvo bueno del proceso -aporta Darín-, al ser una miniserie nos fue permitiendo a todos entrar de a poco. Estuvo bueno porque empezamos un poco cronológicamente a contar la historia, entonces también nos fuimos encontrando nosotros como actores por primera vez con estas situaciones que para muchos, y para mí, eran muy importantes, porque Alejandro un poco también se encuentra con esta situación dentro de su casa. Forma parte -al menos como lo contamos nosotros, creo que nadie lo puede saber realmente- de algo que no estaba planificado de antemano: cometer este tipo de atrocidades. Sí después forma parte, es cómplice, partícipe, le caben todas las de la ley, pero es un proceso que vive, que lo lleva a eso. Y que en el camino pierde su vida. Entonces fue muy rico también trabajarlo de esa manera.”
Si bien es cierto que por ser parte de, pero también por defender su lugar laboral, los actores suelen hablar bien de las producciones en las que participan, en este caso resultó llamativo el entusiasmo mostrado: no hizo falta que lo simularan, ni que se esforzaron en ocultarlo. El primer episodio que se adelantó a la prensa, función de la que formó parte Tiempo, es sin duda el argumento más contundente para ese ánimo de cierto fervor con esta “narración muy cruda de una familia que fue una franquicia del infierno”, como define Nazareno. O, como dice pícaro Chino Darín: “No te vendería la miniserie, me lo quedaría: me parece que la mejor manera de no vender algo es no querer venderlo (estalla en carcajada). <
¿CUÁNDO?
Historia de un Clan comienza el miércoles a las 23 hs, por Telefe, producida por Underground.
Luis Ortega, por los actores
"El trabajo de Luis Ortega es extraordinario", define Awada sin que se le pregunte nada respecto del director de la miniserie. Y el resto del elenco adhiere unánime.
"Me enamoré de Luis Ortega –afirma Roth–. Hay muchas posibilidades de contar una historia real que además toca lo irreal, y Luis se permitió unas libertades que hicieron fascinante hacer el trabajo: fue una cajita de sorpresas diarias."
"De golpe estamos todos sentados en una mesa con una máscara de Videla, de Menotti, de Gardel, de Perón –recuerda Nazareno– y Luis dice 'yo esto lo había soñado'. Pero no como utopía, sino en un sueño de noche. Luis es una muy buena mezcla entre profesionalismo y transgresión."
"Nunca lo había visto personalmente -sonríe 'Chino' Darín-. Es sumamente caótico, y eso en algunos procesos es enriquecedor: dentro de ese caos él encuentra la creatividad. Predispone a una situación que, sobre todo en tele, es difícil encontrar, que es la capacidad de improvisar, descubrir cosas y romper el molde de lo que uno cree de la escena."
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