Cristina y el sueño por ampliar los márgenes del peronismo

De muchas caras, y de toda una variedad de colores. Así se prefigura el nuevo caleidoscopio político que necesita armonizar y conducir Cristina Fernández, si pretende gobernar a la Argentina en los próximos cuatro años. El estadio de Huracán, el viernes, fue la primera muestra del nuevo perfil que va naciendo con el cristinismo.
La apuesta, que luce hasta superadora de la de su marido, supone un «todo», de kirchneristas y aliados, donde ninguna «parte» tenga tanta relevancia política como para exigir quedarse con el corazón del poder. El poder es mío, en diálogo con la multitud, piensa CFK, y advierte a los dirigentes que quieren hacer de la política “una feria de vanidades”.

   El kirchnerismo cristinista busca ampliar así al peronismo de Perón, basado en los trabajadores, empresarios, jóvenes y mujeres. Ahora Cristina va por la diversidad total y pide a la militancia “no cometer los errores que cometimos nosotros, cuando fuimos jóvenes”. Navegando sobre una nueva ola que recién podrá ser dimensionada con más precisión en las elecciones primarias del 14 de agosto, Cristina expresa el momento de mayor lucidez de la alianza nacional popular con base en el peronismo, aunque no significa que tenga garantizado el éxito.

   La sofisticación política del conglomerado de intereses aplicados para abortar la experiencia que se inició en 2003 está fuera de discusión, y con matices, viene probando su eficacia a lo largo de 200 años de historia nacional. Y el kirchnerismo, por qué no, podría ser alcanzado por ese fuego. Aunque más por errores propios que por virtud de la oposición política de derecha; y de los fragmentos de la izquierda abstracta anti-K, que hoy viven el momento de mayor opacidad y desconcierto de la última década.

   En las horas previas al acto de Huracán se vivió tensión política entre los organizadores. La Corriente de la Militancia, gestora de la movida, informó a la Casa Rosada las condiciones del acto y pidió la presencia de la presidenta. Pero desde Balcarce 50 pidieron cambiar el esquema. Cristina quería que hablara sólo un representante de la juventud, antes que ella. El «Chino» Navarro, del Movimiento Evita, le dijo a este cronista —durante el acto— “solucionamos todo dialogando”. Y así fue. Pero lo que no dijo el «Chino», es que la sangre casi llega al río cuando desde el Movimiento Evita no querían aceptar ninguno de los cambios que pedía la Rosada, e incluso llegaron hasta la amenaza: “El acto lo hacemos igual, si Cristina quiere que venga, y si no quiere que no venga”.

   Cuando el santafesino Agustín Rossi se enteró de que su nombre había sido tirado sobre la mesa como posible orador único que sintetizara a las corrientes organizadoras —único orador antes de la presidenta—, personalmente se encargó de desaconsejar semejante proposición. “Es una propuesta inviable, estamos en plena campaña en Santa Fe, donde somos dos los candidatos kirchneristas. Retiren esa propuesta que es un imposible, y busquen un panel donde estemos todos representados con total amplitud. El acto es para fortalecer a Cristina, y no para el beneficio de ningún sector”, les dijo textuales palabras el «Chivo» desde el teléfono a los jefes del Evita, los creadores del acto.

   Cristina, en esta etapa, cuenta con la extraordinaria ventaja de valerse —y de manera genuina— del recurso «emoción» en sus discursos ante la multitud. De todos los aspectos de un discurso posible, la emoción verdadera, y plenamente justificada, logra enorme productividad comunicativa. Al cabo, el objetivo buscado por todo discurso es comunicar mucho, e intensamente. Y eso fue Cristina el viernes en Huracán, emoción evocativa a Néstor Kirchner, en complicidad con la audiencia.

   Pero entre tanto, la presidenta dejó planteado un concepto, si se quiere novedoso: habló de “frente nacional, popular y democrático”. Las primeras tres palabras pertenecen a la tradición del peronismo y no requieren de mayores explicaciones. Pero el agregado «democrático» sugiere un nuevo desafío para esa construcción política, y también hacia todo el sistema político argentino.

   Si bien el peronismo fue la mayor víctima —en número y en intensidad— de las violaciones a la democracia que perpetró el partido militar —en complicidad con la derecha civil— durante casi 30 años de la vida política en el siglo pasado, el carácter aluvional y la dudosa fama por el débil apego a los circuitos republicanos, hicieron del peronismo un fuerza de diálogo trabado con ciertas clases medias urbanas. Situación que persiste, y que Cristina se propone transformar, en su obsesión por ampliar la base de sustentación del actual proceso político, y también por dotarlo de una construcción política que perdure más allá de su propia existencia.

   El desafío es gigantesco. Parece perseguir una utopía de integración cultural inter clases sociales. Cristina se propone derribar los muros invisibles que separan a los barrios del macrocentro, terminar con la mirada «gorila» desde el centro hacia la periferia. Y también derribar toda glorificación populista cargada de contraprejuicios. Como escribió el extraordinario poeta cubano Silvio Rodríguez, en su «Canción en Harapos»: “Qué fácil es engañar al que no sabe leer, viva el harapo señor, y la mesa sin mantel, viva el que huela a callejuela, a palabrota y taller”.

   Cristina propuso “Nación es igual a pueblo, aunque a algunos les cueste entender”, desafió en Huracán. Pero en el sueño cristinista hay un pueblo educado que puede decir algo más que palabrotas. l

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