La crisis europea: ¿Argentina 2001?

Por Horacio Tomás Liendo

En un interesante reportaje de Luisa Corradini en LA NACION, el miercoles pasado, Daniel Cohen, uno de los más destacados economistas de Francia (aunque nacido en Túnez) afirmó que los europeos están muy cerca de las dificultades que sufrió la Argentina durante el régimen de convertibilidad entre 1999 y 2001 y, ante la pregunta sobre el motivo de la ventaja de Brasil sobre nuestro país, respondió que las razones del despegue de un país suelen ser misteriosas. Puso como ejemplo a la India: "Un día los indios comprendieron que debían aumentar el capital, el trabajo y el progreso técnico, los tres factores de producción que determinan la riqueza de una nación".

Todas las experiencias dejan alguna enseñanza. Quizás los europeos en general y los griegos en particular, hoy en el foco de la tormenta, puedan aprender de nuestros errores y también quizás, ¿por qué no?, algún día podamos aprender de los indios, o de los brasileros, o de los chilenos, o de los uruguayos, o de tantos otros pueblos que encontraron el camino para dejar atrás el sub-desarrollo.

Vale la pena destacar las similitudes y diferencias entre la convertibilidad argentina y el sistema monetario europeo (SME). Mientras la convertibilidad se aplicó a una sola nación en base a una regla interna, el SME se aplica a varias naciones en base a un tratado internacional. Pero al final del día, ningún país miembro puede emitir euros, como nosotros no podíamos emitir dólares ni pesos sin respaldo en dólares.

Constituye un límite infranqueable para financiar el déficit público vía emisión monetaria. El único camino disponible es el financiamiento voluntario. El crédito público se transforma así en el intangible más valioso para quienes renunciaron a la posibilidad de emitir dinero. Mientras que la estabilidad de precios, el aumento de la productividad y de la inversión, son los premios que un ambiente macroeconómico estable permite lograr, reduciendo la pobreza y superando el sub-desarrollo.

El tratado de Maastricht estableció parámetros fiscales estrictos para que todos los países miembros se rigieran por la misma vara. Ninguno puede tener un déficit fiscal mayor al 3% anual sobre su PBI ni la deuda pública puede superar el 60% del PBI. Grecia, según se informa, tendría un déficit del 12% y una deuda que supera su PBI (113%). En el caso argentino, tanto el déficit como la deuda estaban dentro de los parámetros de Maastrich. Si hubiéramos sido miembro del SME no hubiéramos tenido ningún problema. Los tuvimos, porque un pequeño grupo de economistas extranjeros y un importante lobby local minaron la confianza en un sistema autóctono, cuyo mantenimiento dependía de nuestra exclusiva voluntad.

La devaluación (casi el cuatrocientos por ciento), el default, la pesificación asimétrica, el aumento de la deuda (pese a las draconianas quitas a quienes nos financiaron genuinamente), el aumento de la pobreza y la indigencia y la reinstalación de la inflación (que sigue acelerándose), demuestran por qué somos el único país del orbe que eligió este camino. Aunque seguramente los demás son los estúpidos.

Los griegos tienen un problema más grave que el que teníamos en 2001 y si el SME no encuentra la solución, otros países pueden enfrentar problemas similares. Se habla de España, Portugal e Irlanda como los próximos en la lista. Ello, con el agravante de la aceleración de la crisis y la pérdida o disminución del crédito en los países del euro, con el impacto que ello podría tener incluso en Gran Bretaña.

Pero la solución no es la salida del SME, la dramatización, la devaluación, el default, ni la inflación, ya que por los datos cuantitativos disponibles podría ser muy aguda. Tengamos en cuenta que en el caso argentino la pesificación asimétrica implicó un aumento del endeudamiento del orden de los 40 mil millones de dólares, el equivalente al 30% del PBI en un solo instante y sin contrapartida alguna. La caída de los salarios por la devaluación podría provocar una depresión económica como la que vivimos en 2002 con una caída del producto superior al 12% en moneda local y del 66% en divisas.

Si la deuda griega es ahora del 113% del PBI imaginemos a cuánto puede ascender si el producto se devalúa, la situación podría ser explosiva aun sin el efecto de la estatización de la deuda privada (el equivalente local de la pesificación asimétrica). La devastación que una solución a la argentina podría producir en Europa sería mayor a la de la crisis de los años 30, hasta ahora evitada, como bien explica Cohen, porque no se dejó quebrar a los bancos, los Estados incurrieron en déficits y los gobiernos no cayeron en la tentación del proteccionismo. Pero para conjurar los riesgos que subsisten, tampoco los Estados deben caer en insolvencia.

La solución pasa, seguramente, por comprender que las economías no pueden seguir corriendo déficits al ritmo actual, que son necesarias políticas de racionalización del gasto público y que cuando se desconfía del crédito de un Estado se lo debe reforzar con garantías, locales o extranjeras. Al final del día todo es cuestión de tiempo si los acreedores no perciben que van a ser estafados. Localmente los estados no tienen otras garantías disponibles que sus impuestos futuros. Internacionalmente, existen las más diversas ingenierías financieras para mejorar la calidad del crédito público en las que todos ponen algo, pero todos ganan. Gastón Jèze, uno de los más grandes juristas del siglo XX, escribió un opúsculo "La garantía de los empréstitos públicos", 1924, que vale la pena releer.

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