“Salí corriendo y detrás mio vi una llamarada”

“Salí corriendo y detrás mio vi una llamarada”

Patricia Sclavuno, durante una entrevista con El Diario. Relató la espiral de violencia con Gallinger.

 

A Patricia Sclavuno le tiembla la voz al relatar lo ocurrido. Está en un estudio de abogados de Marcelo Turnes y Paula Lastiri junto a Matías, uno de sus hijos. “Él (Roberto Gallinger) es muy violento. Hace 8 años que estamos juntos”, destacó ayer al empezar el reportaje con El Diario.

Gallinger tuvo episodios violentos con familiares, empleados, clientes, abogados y policias. Pero en los últimos tiempos, esa violencia tuvo como blanco a su esposa.

El viernes a la madrugada discutieron otra vez por un tema crítico: él pretendía que ella asumiera prácticas swinger. “Eso me humillaba. Ponía mi teléfono y me llamaban”, relató.

“Le dije que no, que eso debía terminar. Ahí me sacó el celular y me lo rompió”, explicó. Allí la roció con nafta y la aplastó con el cuerpo. Forcejearon y la golpeó. “Le dije, matame. Eso lo paralizó. Se fue a dormir y yo quedé en el sillón”, dijo.

Pero en horas de la tarde de ese viernes, se produjo el ataque más violento. “Cuando se levantó, cerca de las 5 de la tarde, le dije que teníamos que hablar, porque fue gravísimo lo que ocurrió. Le pedí que se internara, como otras veces”, dijo.

“Me gritó, me dijo que me vaya, se puso muy violento. Agarré la cartera y me iba. Ahí me tiró al suelo, me pegó en la rodilla y la muñeca. Vi que venía con un bidón de nafta. Salí corriendo, no sé cómo, y detrás mío, vi una llamarada”, contó la mujer. El césped en el patio quedó quemado.

La mujer escapó en el auto, que tenía las gomas en llanta y pidió auxilio en una ferretería, donde la fue a buscar su hijo Matías. Después fue a la comisaría donde realizó la denuncia.

El agresor permaneció prófugo hasta la tarde-noche del sábado. Al día siguiente, mientras ella permanecía en la Unidad Funcional de Género, donde la derivaron luego de hacer la denuncia, Gallinger le mandó un mensaje al celular de uno de sus hijos, en el cual volvió a amenazarla. “Si declarás, vas a terminar mal”, le escribió, según reveló el fiscal.

Sclavuno no sabe cuándo empezó la violencia, pero cree que siempre estuvo. “Tenía miedo que saliera. Siempre salió. No sé cómo se maneja la Justicia”, afirma.

A la hora de explicar por qué no realizó antes la denuncia, el drama de Patricia se revela en sus palabras. “Cualquiera que nos veía, veía que estábamos bien. Pero él ‘se sacaba’. Pasaba eso. Me decía ‘vos me sacás’. Y como no era algo habitual, pasaba de vez en cuando, lo aceptás”, cuenta.

También se sentía culpable de sus arranques de furia. “El era bipolar. Y yo era la encargada de darle la medicación. Entonces, un día me olvidaba: ‘claro no tomó la pastilla’, entonces lo justificaba”, dice la mujer al relatar ese infierno de violencia.

En la empresa de alarmas trabajan los hijos de ambos. “Esto era un freno para algunas cosas, para ponerle freno”, explica Patricia.

Ahora Gallinger está acusado de intento de femicidio, lesiones graves y daños, según pidió el fiscal Máximo Paulucci. En la audiencia, el juez Fernando Rivarola le dictó la prisión preventiva al empresario mientras dure la investigación. El acusado, con una condena por juicio abreviado, podría por primera vez tener una pena con prisión.

Una condena sin control

“Tuvo una condena. Pero nadie lo controlaba”, dice Patricia Sclavuno. Se refería a la única pena, una prisión domiciliaria de seis meses. La mujer pone la mirada en el piso y afirma: “Lo ayudé a que violara esa condena”.

Roberto Gallinger tuvo innumerables episodios de violencia: con clientas, con empleados, con abogados y con policías. En pleno centro de Santa Rosa, arrolló a un policía en su motocicleta, con un Nissan Terra. Fue en marzo de 2013, cuando le pidió la documentación del vehículo y lo demoró.

Después tuvo un intento de suicidio. “Era una de las estrategias que usaba para presionar”, dijo su pareja. De esa docena de causas, los abogados lograron unificar en una pena única: seis meses de prisión domiciliaria.

“Pero no la cumplió. Salíamos a la quinta. Y viajamos a Mendoza, por el tratamiento de una catarata en el ojo. Nadie lo controlaba”, asegura la mujer.

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