No se va el ícono de Apple, sino el de Silicon Valley

Por: Horacio Riggi Editor de Negocios
En los EE.UU. hay cosas que parecen no cambiar nunca. A pesar del prestigio y respeto que los demás países profesan en su mayoría al periodismo americano, los periodistas estadounidenses ranquean en cuestión de credibilidad, apenas por encima de los vendedores de coches usados. Los empresarios emprendedores, en cambio, están por encima no sólo de los periodistas, sino también sobre los gobernantes. Steve Jobs no sólo es –aún lo es– el ícono de Silicon Valley, sino también uno de los personajes más admirados por sus coterráneos.

Pero la renuncia de Jobs no será algo fácil de digerir para la empresa, y menos para los accionistas de la compañía. Ayer, los inversores demostraron que sin Jobs las cosas no serán igual. Conocida la noticia (cuando ya había cerrado el mercado) las acciones llegaron a caer 7% en minutos.

Nadie habla de derrumbe, pero sin duda la empresa que Jobs fundara con su amigo de secundaria Steven Wozniak en 1976, tendrá que rendir examen de mercado, una suerte de prueba de ácido, para saber cómo sale parada con una economía mundial en recesión y una competencia con los dientes afilados y con ganas de destronar a la empresa sinónimo del iPhone.

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