Concepción vuelve de a poco a la normalidad, luego del drama

Los negocios se animan a abrir y la gente a salir a la calle. Aún faltan remedios, nafta y comida.
Una pelota de fútbol se escapa a la calle y un conductor enojado les grita a dos chicos, que salen corriendo a buscarla. Ellos lo miran sin demasiado interés, toman el balón y siguen concentrados en su juego. La postal no debería llamar demasiado la atención, salvo por un detalle: pasó en Concepción, una ciudad que hace menos de una semana sufrió un terremoto que la dejó en ruinas.

Aquí ya se respira un aire diferente. Si bien las secuelas del terremoto y los saqueos quedarán grabadas a fuego, la mayor ciudad del sur chileno muestra una mejor cara y lentamente van apareciendo signos de una recuperación, que será muy larga y cara.

Al menos, las calles ya no están tan sucias, los bancos no atienden pero los cajeros automáticos entregan dinero; los semáforos comenzaron a funcionar y algunos supermercados se animaron a abrir sus puertas, aunque con restricciones, porque las compras no pueden exceder el equivalente a algo más de 100 pesos argentinos.

Entonces la gente también deja de lado sus temores y vuelve a transitar con algo de tranquilidad. "Desde el sábado no salía, porque tenía miedo. Pero ahora está más tranquilo, y necesito comprar los medicamentos para mi esposo", dijo Luisa Vazquez Ojeda mientras hacía una larga cola en una farmacia. Los remedios son otro bien escaso en estos días de agobio, como la comida y el combustible.

En los barrios de la periferia, pequeñas verdulerías y almacenes volvieron a mostrar señales de vida. No ofrecen cantidad ni variedad, pero sus puertas abiertas son otro signo positivo para los vecinos. En los locales que fueron destruidos por el sismo del sábado, sus dueños improvisan precarias góndolas en las veredas, y venden todo lo que pueden. Y como pueden.

"Necesito trabajar porque la plata se acabó. Y como mi negocio se derrumbó, tengo que atender en la calle", comentó a este diario Nancy Mora, una verdulera de las afueras de Concepción, que se mantiene bajo el control de las Fuerzas Armadas.

El estricto toque de queda se mantiene, y algunos trascendidos indican que se extenderá por una o dos semanas más. Eso no parece molestar a los habitantes, que si bien sólo pueden salir a las calles desde las 12 hasta las 18, ven con buenos ojos la presencia de los soldados, ya que con eso se pudo frenar el vandalismo que convirtió a Concepción en tierra de nadie durante los días posteriores al terremoto del sábado.

Los mayores inconvenientes se les presentan a quienes tratan de ingresar a la ciudad durante las horas en las que rige la medida militar. Antes del mediodía, se forman largas colas de autos y camiones en la entrada a Concepción, y ni siquiera los acoplados cargados con alimentos para ser repartidos entre las víctimas son autorizados para pasar.

"No entiendo a los milicos. En Concepción la gente se muere de hambre y no nos dejan pasar para llevar la comida. Dicen que es por miedo a que nos asalten, pero podrían acompañarnos y llevamos los alimentos más rápido", se quejó uno de los camioneros que tuvo que esperar cuatro horas para entrar a la ciudad. Como él, al menos cincuenta camiones aguardaban la luz ver del ejército para volver a acelerar.

La luz y el agua se reestablecen, y ya alcanzan a más de la mitad de la población. También se fortalecen poco a poco las comunicaciones. Además, ayer el tránsito no mostró el caos de los días anteriores, ni la gente tanta ansiedad para abastecerse. Las filas de vehículos para cargar combustibles son importantes, pero ya no se cuentan por kilómetros.

Mientras tanto, la ayuda alimentaria sigue llegando a algunos sectores, y se suman voluntarios dispuestos a colaborar en una causa que une a todo el país.

Desde el gobierno chileno prometieron que la asistencia llegará a las 54 comunas afectadas por el terremoto, y la propia presidenta Michelle Bachelet llegó ayer a Concepción para inspeccionar que se estuviera haciendo efectiva la distribución de las bolsas cargadas de alimentos de primera necesidad.

Las réplicas, al menos ayer, no se sintieron muy fuerte. Eso también llevó más tranquilidad a la población, luego del caos generado el miércoles por una falsa alarma de tsunami.

De todas maneras, el comentario en las calles y los titulares de los diarios fue justamente la histeria y la desesperación que provocó el anuncio de la llegada de olas gigantes a Concepción.

"No nos pueden hacer eso, tienen que tener más cuidado. ¿Cómo nos van a decir que se viene un maremoto?, ¿no se dieron cuenta de lo que podía pasar? La gente está muy nerviosa, y no fue peor de milagro", relató Héctor Pico, un profesor de secundaria que se llevó desesperado a toda su familia a los cerros, tras escuchar los rumores por la posible llegada del tsunami.

Comentá la nota