El comienzo de la gran noche en la región

El comienzo de la gran noche en la región
Ramón Jure, Orlando Balbo y Carlos Kristensen fueron tres de los muchos detenidos en la zona aquel 24 de marzo de 1976.

El 24 de marzo de 1976 fue miércoles, la Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla ya gobernaba el país y Neuquén tenía designado al interventor militar. En la madrugada de ese día en la casa de la familia Jure, Ramón y Eugenia dormían y sus hijos Jorge (9 años) y Elisa (de 11) hacían lo mismo en sus habitaciones. Hasta que a las 2, un impresionante operativo con policías, civiles y personal del Ejército rodeó el edificio de la calle Pinar e ingresó al departamento para realizar el primero de los secuestros de esa fatídica fecha.

Neuquén era otra, los monoblocks de la calle Buenos Aires esquina Pinar eran casi el límite de la ciudad. Los móviles policiales y el gran número de militares que lo rodearon sorprendieron a los vecinos.

Golpearon a la puerta, Jure, militante peronista, se levantó, abrió y rápidamente la cocina se llenó de extraños. “¿Dónde están las armas”, fue la pregunta repetida. Su mujer pidió que no buscaran en las habitaciones ya que estaban los niños. Oídos sordos hicieron los militares que ingresaron y se llevaron centenares de libros, quizás las únicas “armas” que encontraron.

Los niños ya despiertos se reunieron con sus padres en la cocina, ahí Ramón estaba siendo interrogado especialmente por dos oficiales, uno que quería ser más “cordial” y otro que marcaba su dureza. Varios uniformados vigilaban la puerta.

Jure desapareció un mes. Durante largos treinta días su mujer reiteró las visitas al Comando y a la Comisaría Nº1, donde nunca encontró respuestas. Fue un vecino que llegó con la noticia de que estaba en la U9. “Quedate tranquila, se lo llevaron por peronista”, le dijo el vecino a Jorge, con quien escuchaban una radio uruguaya para poder entender un poco más lo que pasaba en el país.

Balbo

Alrededor de las 9 de aquel miércoles le tocó el turno a Orlando “Nano” Balbo. Tenía 28 años, había sido partícipe activo del proceso de democratización de la Universidad del Comahue en 1973 y del proyecto de alfabetización además de colaborador de la diputada provincial por el Frejuli, René Chaves entre 1973 y 1976. La noche anterior había regresado tarde de Buenos Aires y se quedó a dormir en una casa en el centro donde algunos estudiantes solían reunirse.

Ya estaba despierto para encarar camino a su casa cuando sonó el timbre de la vivienda de Belgrano 470. Pero él no alcanzó ni abrir la puerta, el gran operativo de personas de civil irrumpió y Raúl Guglielminetti lo apuntó con una itaka a centímetros de su estómago.

La puerta ya estaba rota y un grupo importante de oficiales se desparramó buscando armas. “¿Dónde están las armas?”, era la reiterada pregunta, hasta confirmaron que no estuvieran enterradas en el patio.

El despliegue fue espectacular, la calle Belgrano estaba cortada en ambas esquinas y todos los empleados de una empresa estatal que funcionaba en frente lo pudieron observar.

Los golpes no tardaron en llegar sobre el cuerpo de aquel joven de 27 años. Lo metieron primero en un auto, luego nuevamente en la casa y finalmente lo tiraron en el piso de otro vehículo que después de dar unas vueltas lo dejó en la delegación de la Policía Federal.

Allí eran muchos los estudiantes y trabajadores que habían sido detenidos. “Estaba llena la comisaría”, recordó Balbo.

Desde el primer día del golpe militar y durante los siguientes dos años Balbo estuvo encerrado en la U9, recibió torturas en la sede de la Policía Federal que lo dejaron sordo, fue trasladado a la cárcel de Rawson y finalmente tuvo que exiliarse a Italia. Alguna vez afirmó que a partir del 24 de marzo de 1976 en el país se había instalado “el terror cubierto en un plan criminal, que tenía como eje central impedir cualquier reacción de la gente”.

Kristensen

En la vecina ciudad de Cipolletti, aproximadamente a las 18.30 una comisión del Ejército Argentino integrada por uniformados rodeó la manzana del edificio ubicado en Luis María Agote 1409 donde vivía el productor chacarero Carlos Kristensen. El operativo desplegado era enorme. Estaba su mujer, la hija de ella, y el pequeño de ambos que tenía 4 años. Kristensen fue secuestrado y los libros de la profusa biblioteca (ocupaba tres paredes desde el techo hasta el piso) también fueron llevados.

Llegó a la Comisaría 24 de Cipolletti y al día siguiente lo trasladaron a la Delegación de la Policía Federal de Neuquén, donde fue sometido a interrogatorios y golpes. Jorge Ramón “Perro” González lo amenazó de muerte mientras le apuntaba con un arma escondida bajo un papel de diario. Guglielminetti también estaba allí, interrogándolo sobre sus actividades y contactos con grupos políticos. Luego se encontró con Balbo en un sótano de esa sede policial donde también había otras personas que habían sido torturadas.

Su hermano Edgardo cree que el motivo por el cual detuvieron a Carlos fue porque “durante toda su vida, Carlos tuvo el profundo deseo de una sociedad mejor y un mundo más justo para todos”.

Como Balbo y Jure, Kristensen también fue llevado a la U9. Luego de pasar por el centro clandestino de detención La Escuelita y la U6 de Rawson, el 17 de enero de 1979 consiguió el exilio a Dinamarca.

En uno de los poemas que escribió Kristensen -incluido en el libro “Americanto Sur. Oficios patagónicos y salmos del exilio”-, describió así su paso por el infierno del encierro y las torturas: “El alma se acurruca en los rincones,/ en la celda del cuerpo,/ del cuerpo acurrucado,/ en la celda real de cal y canto,/ de reja y carcelero./ El cuerpo está dolido por los palos,/ trastabilla de hambre y de impotencia./ El cuerpo/ tiene sed, tiene frío, tiene hambre/ El cuerpo a solas,/ desenrolla su miedo/ temblando a borbotones./ El cuerpo…/ Y no puede dormir si no lo dejan./ Y no puede yacer si no lo dejan”.

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