La 25 brindó un recital sólido en D-Loft, pero la gran fiesta estuvo abajo, donde una multitud de acólitos de la banda liderada por el carismático Junior Lescano construyó en la madrugada del domingo una postal rockera escasísima por estos lares.
Sí, de entrada hay que marcar que esta vez, la gente de La Vizcaína, que también maneja D-Loft y Morena, más sus socios ocasionales Yamil Baracat y Matías Mosca, consiguieron llenar el recipiente de su ambición: el público acompañó como en pocas ocasiones, y pudo/supo disfrutar de un show compacto de un grupo en el que no abundan las sutilezas (ni sonoras, ni vocales, ni técnicas, ni letrísticas) pero que cumple con su rock cuadrado tributario de los Stones y primo hermano del de bandas argentas que a mediados de los noventa se le pararon de manos a todo el prolijo pop criollo, especialmente Viejas Locas aunque también Jóvenes Pordioseros y Guasones. Más que de discos, La 25 es una banda de vivo, macerada en grandes festivales argentinos, como el Cosquín Rock, y todo ese bagaje se aprecia en el manejo general de los condimentos de la escena.
Dentro de un menú en el que despacharon tema tras tema a lo Divididos, casi sin ‘mimar’ a su público con las típicamente almibaradas palabras de ocasión, no faltaron Mil canciones, No pares, Volver a casa, Chico común, Solo voy, Hasta la victoria siempre y, la última, Chica del suburbano. Títulos que dejan traslucir el ideario temático de la banda, conformado por infinitas noches con amigos y alcohol, chicas que tatúan corazones y viejos códigos barriales como puntas de lanza. Para la feligresía, todo daba rotundamente igual, todos son hits, y los bailaron y poguearon de orilla a orilla del recital. Adrenalina, había como para hacer mermelada. Los matices apenas se asomaron por la emblemática esquina de Brown y Sarmiento, lo que bajaba del escenario atravesaba a la multitud, para regresar con su carga eléctrica potenciada. Pero acaso la mayoría de los concurrentes era de afuera, lo que arrojaría otra foto de la siempre distante relación entre bolivarenses y rock, que por fortuna no ha logrado amedrentar a quienes continúan poniéndole fichas al estilo.
Era curioso observar el viejo boliche de Horacio Alonso, donde durante añares mandaba una coquetería fashion alineada con la de los reductos top de Baires, atestada de banderas de Caraza, Villa Insuperable, Moreno no se vende, etc. Y en remeras, otro muestrario: obviamente de La 25, el Indio, Redondos, La Renga, lucidas por pibes y pibas de flequillo, zapatillas y jeans. Toda una amalgama rockera que fue calentando ‘la olla’ desde temprano, y en paz. También contribuyó a subir la temperatura de la espera la música del boliche, un menú rockero ochentoso-noventoso rico en viejas pepitas de Poison, Los Redondos, Sumo y hasta Prince, ideal para aquellos en cuyos cráneos las canas ya han hecho nido, pero afín a los pibes de ahora.
El show comenzó a la 1.17 de ayer y finalizó una hora y cuarenta minutos después, aproximadamente. La banda quilmeña, que llegó en el marco de su gira Cruz de sal, tocó en formato octeto, con tres guitarras, bajo, batería, teclados y sección vientos con dos saxos. En algún tema se sumó un armoniquista. Atrás, la pantalla proyectaba imágenes alusivas a las canciones y al grupo, al que se vio suelto y confiado, cabalgando en el oficio que le dan sus veinte años en la ruta y su pequeño botín de fogosas canciones que ya han probado su capacidad de llegar, con simpleza y contundencia, hasta las terminales nerviosas de millones de pibes argentinos. Más que hablarles a ellos, La 25 habla como ellos, y canta como ellos.
Bolívar es, generalizando, un pueblo políticamente radical y musicalmente popero (no en vano hay tantas fiestas retro con lo más granado y meloso del pop made in ochentas, que se advierte que han de funcionar porque siguen organizándose), peronismo y rocanrol nunca terminaron de cuajar del todo en nuestra idiosincrasia pueblerina. A La 25 esto no le interesó en lo más mínimo, y cobijada por oleadas de fans foráneos gatilló una noche de rock redonda, si se puede expresar así, seguramente a la altura de las fiestas que brinda en cualquier escenario de capital.
Mientras se especula con varios nombres para el próximo Bolívar Rock (Ciro y Los Persas, Divididos), que la municipalidad postergará para fines de septiembre o para octubre, en D-Loft los fans del estilo vivieron una gloriosa noche preludio del festival.
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